Cómo la muerte de Yayoi Kusama transformará el mercado del arte y el soft power de Japón
La muerte de Yayoi Kusama a los 97 años cierra la era de la artista viva más famosa del mundo. El mercado y las dinámicas culturales que influenció ya están cambiando; lo que venga después definirá su verdadero legado.
El final de una era y el comienzo de algo más
Yayoi Kusama falleció el 14 de agosto en un hospital de Tokio a causa de un fallo multiorgánico, a los 97 años. El anuncio llegó apenas dos semanas después, lo que sugiere que la fundación quería que el mercado y el público sintieran la noticia como un balance deliberado, no como un filtrón. Cualquiera que sea la cronología, la consecuencia es innegable: la artista viva más famosa del mundo ya no está, y los ecosistemas construidos alrededor de su presencia entran en territorio inexplorado.
David Zwirner la llamó «sin duda, la artista viva más famosa del mundo» el año pasado. Ese título ahora pasa a otra persona, pero el aparato institucional y comercial que Kusama construyó a lo largo de ocho décadas no se desvanece. Se consolida. Y se recalibra para un mercado póstumo que funciona con reglas distintas.
El mercado la revaluará
La muerte de Kusama desata una dinámica inmediata de reevaluación. Las casas de subasta ya comenzaron a ajustar sus estimaciones. Las obras que oscilaban en el rango previo a agosto enfrentarán una nueva psicología de ofertas: no solo escasez, sino la contundencia de la mano del artista. Cuando Kusama pintaba sus lienzos de Infinity Net o la serie My Eternal Soul a gran escala (produjo aproximadamente 900 entre 2009 y 2021), seguía viva, trabajando, produciendo. Los compradores adquirían de un flujo de producción activo. Ese flujo se ha detenido.
Los datos museísticos refuerzan lo que el mercado ya sabe. La retrospectiva que se inauguró en la Fondation Beyeler el año pasado reunió a 480.335 visitantes en el Museum Ludwig antes de cerrar este mes, la exposición más exitosa en la historia de esa institución. La temporada 2024-25 de la National Gallery of Victoria atrajo a 570.537 visitantes, la exhibición de entradas más concurrida en la historia de ese museo. No se trata de cifras de asistencia cualquiera. Representan una demanda institucional que supera la oferta, y una demanda que se intensifica —no se disipa— después de la muerte.
El homenaje público de Tim Cook demuestra que la reconocibilidad de Kusama se extiende muy más allá del mundo del arte: es una resonancia transversal que profundiza aún más su gravedad comercial. Cuando un magnate tecnológico y un coleccionista de galería mencionan a la misma artista, están hablando de un capital cultural que trasciende cualquier segmento de mercado.
El piso de subastas pondrá a prueba su legado
La trayectoria de Kusama en el mercado secundario durante la última década mostró un ascenso constante, con obras que regularmente superaron la marca de los 10 millones de dólares. La venta de octubre de 2023 de su Accumulation of Stamps No. 7 de 1960 por 9,1 millones en Christie’s Nueva York confirmó su estatus entre las artistas más coleccionadas vivas. Ese tipo de desempeño históricamente se acelera de manera póstuma, como ocurrió con Basquiat, Haring y Warhol después de sus muertes.
Pero el caso de Kusama contiene un obstáculo. Su producción tardía ha sido vasta. La serie My Eternal Soul por sí sola comprende aproximadamente 900 pinturas. La serie Every Day I Pray for Love, que comenzó después de 2021, continúa el patrón. Los mercados póstumos pueden saturarse cuando el volumen de producción es alto, incluso si proviene de una sola mano. La pregunta ahora es si la institución —la Yayoi Kusama Foundation— gestionará esa producción con cuidado o la dejará inundar el mercado. Cómo controle la fundación la procedencia, la publicación y el acceso a exposiciones en los próximos años determinará si Kusama se convierte en otra leyenda sobreproducida o en un ícono curado.
Asia ocupa su asiento, largamente esperado, en la mesa
La biografía de Kusama contiene un detalle estructural que el periodaje en inglés rara vez enfatiza: nació en 1929 en Matsumoto, prefectura de Nagano, dejó Japón en 1957 y se estableció en Nueva York en 1958, años antes de que la mayoría de los artistas japoneses ganaran tracción en instituciones occidentales. Realizó pinturas de Infinity Net, esculturas blandas e instalaciones de espejos durante el mismo periodo en que el expresionismo abstracto dominaba el mundo del arte neoyorquino. No llegó tarde a esa escena. Estuvo ahí, trabajando junto a ella, a veces por delante.
Hidenori Ota, quien representa a Kusama en Japón desde 1988, declaró a The Art Newspaper que buscó desde el principio situar su obra dentro de la historia del arte estadounidense de posguerra y del modernismo. Encargó a la curadora Alexandra Munroe escribir sobre Kusama para una exposición de 1988 en la Fuji TV Gallery. Ese esfuerzo dio frutos: lentamente, gradualmente, a lo largo de cuatro décadas. Kusama representó oficialmente a Japón en la Biennale de Venecia en 1993, veintisiete años después de su instalación no autorizada de 1966, Narcissus Garden, donde colocó 1.500 esferas plateadas reflectantes fuera del pabellón italiano y las ofreció a 2 dólares cada una bajo un letrero que decía «Tu narcisismo a la venta». Los organizadores de la Bienal detuvieron la venta. Regresó como delegada oficial décadas después.
El arco importa. La muerte de Kusama no solo cierra una carrera. Confirma lo que el mundo del arte global ha estado admitiendo a regañadientes durante años: que los artistas japoneses de posguerra fueron centrales en el desarrollo del arte contemporáneo, no periféricos. Su presencia en las principales colecciones de museos ahora fuerza una reexaminación de las narrativas historiográficas que durante mucho tiempo la trataron como una excepción más que como un precedente.
El poder blando de Japón tiene un nuevo avatar
Japón ha invertido con fuerza en poder blando cultural durante las últimas dos décadas —a través del anime, exposiciones de diseño, promoción culinaria y alianzas institucionales—. La reconocibilidad global de Kusama representa la exportación más efectiva que Japón ha producido en el ámbito cultural. Sus lunares y sus salas de espejos son atajos visuales que no requieren traducción. Un adolescente en Nairobi, un coleccionista en São Paulo, un ejecutivo tecnológico en Cupertino: todos saben quién es Kusama.
Su muerte transforma la manera en que el aparato cultural japonés abordará ese poder blando. Las instituciones que han construido programación relacionada con Kusama en torno a su presencia vital —las exposiciones inmersivas, las colaboraciones de marca, las alianzas museísticas— ahora deben decidir si continúan escalando ese modelo o pivotean. El Stedelijk Museum de Ámsterdam inaugurará el tramo final de la gran retrospectiva el 11 de septiembre, posicionándola deliberadamente como un tributo póstumo. Esa decisión por sí sola señala la dirección: la marca de Kusama de acceso cultural se expandirá, no se contraerá, después de su muerte.
La dimensión de salud mental que nadie ignorará
Kusama se convirtió en residente voluntaria de un hospital de salud mental en Tokio en 1977 y vivió allí hasta su muerte. Hablaba con franqueza sobre las visiones y alucinaciones que alimentaban sus repetidas redes, lunares y formas orgánicas. Ota la describió como excepcionalmente fuerte, seria y directa: moldeada por sus adolescentes años formativos durante la Segunda Guerra Mundial, poseedora de lo que él llamó una energía casi «loc», pero también de alguien que trabajó extraordinariamente duro.
Su disposición a enmarcar la lucha mental no como un pie de página biográfico sino como la fuente misma de su visión artística es parte de por qué su obra resuena tan ampliamente. En una era donde el discurso sobre salud mental es cada vez central en la conversación cultural, el legado de Kusama lleva peso más allá de la estética. Transformó la marginalización —como mujer, como identidad japonesa en Occidente, como experiencia de salud mental— en valor cultural positivo. Esa transformación importa a audiencias que se ven reflejadas en ese arco.
Qué ocurre después
La gran retrospectiva se traslada al Stedelijk de Ámsterdam el 11 de septiembre. Más exposiciones seguirán. Los resultados de subasta establecerán nuevos referenciales. La Yayoi Kusama Foundation determinará cómo se gestionan su archivo y sus obras restantes.
Una cosa es clara: la muerte de Kusama no disminuye su huella cultural. La cristaliza. El mercado, las instituciones y el público global interpretarán ahora todo lo que ella creó a través del prisma de la contundencia. Para una mujer que pasó su vida insistiendo en que el amor puede salvar al mundo, el balance póstumo se medirá no solo en precios de subasta y cifras de asistencia, sino en cuán honestamente el mundo vea a la artista que se negó a ser ignorada.