Esperanzas de paz de EE. UU. se desvanecen mientras Rusia y Ucrania
Mientras diplomáticos estadounidenses viajan entre Oslo y San Petersburgo, Kiev y Moscú sostienen uno de los intercambios más feroces del conflicto. Rusia lanzó 21 misiles balísticos contra Kiev; Ucrania respondió con 630 drones hacia Moscú. La desconexión entre diplomacia y destrucción es evidente.
La guerra sigue librándose sola
Rusia lanzó contra Kiev tres oleadas de al menos 21 misiles balísticos durante la noche del día 22, según calificó Ucrania. A modo de represalia, Kiev envió 630 drones hacia Moscú. Más de diez regiones ucranianas resultaron impactadas. En Kiev murieron dos personas y 34 quedaron heridas, incluidas cinco crianças. En los suburbios de Moscú, dos personas más resultaron heridas por ataques con drones. En la región fronteriza rusa de Bélgorod, un civil fue muerto y otro herido.
Todo esto ocurrió mientras un alto diplomático estadounidense se encontraba en San Petersburgo intentando cerrar un acuerdo.
Qué exige realmente la propuesta de Oslo
El núcleo del plan del enviado estadounidense Whitkof, según informaron fuentes rusas cercanas al Kremlin, es directo y brutal por su sencillez: Ucrania tendría que ceder el control total de la región del Donbás a Rusia. A cambio, Kiev recibiría garantías de seguridad de la OTAN —del tipo de compromiso estilo el Artículo 5— que ha sido el término más discutido desde el inicio de la guerra.
Es, por cualquier métrica, una concesión descomunal. El Donbás no es una zona fronteriza difusa. Es hogar de millones de civiles, gran parte de su corazón industrial, y es territorio por el que Ucrania ha luchado y sangrado por retener. Pedirle a Kiev que lo entregue en bandeja de future promesas no es una negociación. Es un ultimátum disfrazado de diplomacia.
La reacción de Rusia, según el asesor del Kremlin Ulushakof, fue tibie por decir lo menos. Los cambios percibidos en Oslo, dijo, no eran suficientes para satisfacer a Moscú. El encuentro con Putin fue breve. No hubo discusión sustantiva. Whitkof entregó un dossier y se le pidió que esperara.
El problema de la hipocresía humanitaria
Quizá el momento más desconcertante no provino de la sala de negociaciones, sino de sus secuelas. Whitkof elogió públicamente a Putin como un «humanitario» mientras le agradecía por la liberación de un detenido estadounidense de 74 años que estaba en poder de Ucrania. Zelensky respondió en X con lo que solo puede describirse como justa indignación: «Los supuestos humanitarios de Rusia lanzaron tres oleadas de misiles balísticos contra Kiev desde anoche. Se utilizaron veintiún misiles. Lamentablemente, muchos lugares de la ciudad fueron alcanzados y dañados».
El contraste sería casi cómico si no fuera tan lúgubre. Dos días antes o después de bombardear un centro comercial cerca de Kiev, a Putin se le agradecía por un intercambio de prisioneros que canjeó 252 cuerpos rusos por 25 ucranianos —una proporción que ya dice algo sobre quién muere y en qué cantidades.
La respuesta de Zelensky no se trataba solo de imagen. Se trataba de la legitimidad fundamental de enmarcar a un líder que está bombardeando activamente infraestructura civil como un actor humanitario. Ese encuadre, aunque sea accidental, socava la posición moral sobre la cual Ucrania ha construido toda su campaña diplomática.
Por qué Japón lo enmarca de otra manera
El artículo de Yahoo News, con fuentes de Reuters, lleva un énfasis gramatical particular: el esfuerzo de paz estadounidense se describe como algo que ocurre «al margen» del intercambio continuo de ataques. El encuadre en japonés trata la diplomacia estadounidense no como la historia central sino como un hilo paralelo —algo que ocurre junto con la acción real, no que la conduzca.
Esta es una elección editorial reveladora. La cobertura mediática japonesa de la guerra en Ucrania ha enfatizado consistentemente la brecha entre el optimismo diplomático occidental y la realidad militar en el terreno. El encuadre sugiere que los lectores de Tokio —y por extensión, sus responsables políticos— ven las iniciativas de paz estadounidenses como periféricas al conflicto real, no como su posible resolución.
Para los lectores occidentales acostumbrados a ver la diplomacia estadounidense como la palanca principal en cualquier crisis internacional, esto es un correctivo. Obliga a preguntar: si Estados Unidos no puede alinear su producción diplomática con la realidad militar en el terreno, ¿qué sentido tiene la diplomacia?
Quién gana, quién pierde
Rusia gana el intercambio inmediato. Disparó primero, disparó con más fuerza, y absorbió el ataque con drones prácticamente intacto —630 drones lanzados, la mayoría derribados, dos heridos en los suburbios de Moscú. Ucrania no ganó nada estratégico. Infligió daños en territorio ruso pero no pudo alterar la trayectoria de la guerra. La cifra de víctimas civiles en Kiev —niños muertos, familias heridas— es el verdadero costo de esta ronda.
Estados Unidos tampoco gana nada. La propuesta de Whitkof fue rechazada de plano. Sus elogios a Putin fueron un error diplomático que debilitó la credibilidad estadounidense ante Kiev. El vaivén entre Oslo y San Petersburgo no produjo ningún avance, ningún marco, ni siquiera un acuerdo preliminar. El proceso de paz, si es que tal cosa existió, está ahora más lejos de resolverse que antes de comenzar.
Qué pasa después
No hay respuestas fáciles. La demanda territorial —Donbás por seguridad en la OTAN— es un punto de partida imposible para el gobierno de Kyiv. Cualquier líder ucraniano que acepte ceder el Donbás sin luchar lo pierde todo políticamente. Para Putin, la propuesta podría ser incluso demasiado generosa: ya ocupa partes del Donbás y podría creer que puede tomar más.
El problema más profundo es que Estados Unidos negocia desde una posición de menor influencia. Los aliados europeos se fracturan en cuanto a los niveles de apoyo. La atención política estadounidense se desplaza. La ventana para un acuerdo negociado —si es que existe— se cierra, no se amplía.
Lo que deja claro el último intercambio es que la guerra no se acerca a su fin. Está entrando en una fase donde la diplomacia ocurre en paralelo con una violencia que se intensifica, no al servicio de detenerla. Esa es la verdadera lección del intercambio Kiev-Moscú: los cañones suenan más fuerte que las negociaciones, y seguirán haciéndolo durante algún tiempo más.