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Europa se prepara para la vida después de Merz, y también para las

La fragilidad del gobierno de Merz ya está moldeando las políticas de la UE, incluso si permanece en el cargo. Bruselas desarrolla escenarios de contingencia para una Alemania que ya no puede liderar con fiabilidad.

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La parálisis de Berlín ya está reconfigurando Bruselas —aunque Merz se mantenga

Las celebraciones en Alemania por los problemas políticos de Friedrich Merz son comprensibles. Su partido ha perdido terreno ante la extrema derecha en una serie de elecciones regionales. Su coalición discute sobre la atención social. Los opositores internos están eufóricos.

Pero en Bruselas, el ánimo es mucho más ansioso. Cinco diplomáticos y funcionarios dijeron a POLITICO que varios gobiernos europeos han celebrado sesiones internas para calcular qué sucede si Merz es destituido o dejado de lado en los próximos meses. Ese mero plan de contingencia es una señal: el liderazgo alemán ya no se da por sentado.

Merz puede ser el cancel más débil de los últimos tiempos, pero también es la mayor economía de la UE que habla con una sola voz —al menos cuando lo decide—. Es el principal negociador que impulsa recortes profundos en el presupuesto comunitario propuesto de 2 billones de euros para el marco plurianual de siete años. Es el defensor más decidido de salvar la industria pesada europea de la competencia con Estados Unidos y China. Si se lo elimina o se le debilita significativamente, dos de los debates más trascendentales de la UE pierden a su campeón más firme.

El calendario es peligroso. El próximo marco financiero plurianual debe lograrse antes de fin de año. Francia avanza hacia unas elecciones presidenciales el próximo año que podrían instalar en el poder a Marine Le Pen, conocida eurosceptica. Una Alemania distraída y una Francia radicalizada dejarían a la máquina política de la UE prácticamente sin rumbo precisamente cuando más necesita dirección.

La batalla presupuestaria se endurece, no se suaviza

La debilidad interna de Merz probablemente vuelva las negociaciones presupuestarias más intransigentes, no menos. Dos diplomáticos advirtieron que el cancel está siendo presionado para endurecer sus exigencias de “cientos de miles de millones” en recortes —una posición que deja poco margen para el compromiso precisamente porque cuenta con tan poco capital político en casa—.

Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Austria y Países Bajos ya se coordinan en torno a reducciones del gasto. Polonia y Rumanía se afanan para defender sus ingresos. Nadie que pudiera suceder a Merz como cancel sería más flexible, señaló un diplomático —pero eso consuela bien poco—. Significa que el techo presupuestario podría endurecerse hasta provocar un punto muerto que se arrastre durante años.

Hay una ironía cruel aquí. Los aliados de Merz sostienen que su prestigio en la UE depende de su posición nacional. Fabian Gramling, de la CDU, lo dijo claro: “La fuerza no proviene solo de las grandes apariciones en Bruselas, sino, sobre todo, de la estabilidad, la fiabilidad y la capacidad de imponer decisiones en casa. Precisamente eso es lo que falta en este momento.”

En otras palabras, Merz necesita dar resultados en Bruselas para blindar su posición en casa —pero su urgencia por lograrlo hace imposible el compromiso, lo que debilita aún más su posición—. Se trata de un bucle de realimentación que perjudica a todo el proyecto europeo.

La parálisis política es la verdadera historia

El daño más inmediato no es lo que pueda pasar si Merz cae, sino lo que está pasando ahora mientras está debilitado. La coalición CDU-SPD ya está socavando la capacidad de Berlín para articular posiciones coherentes en asuntos cruciales.

Tome la eliminación del motor de combustión. A lo largo de 2025, los funcionarios alemanes estaban divididos entre ministros de centro derecha que querían descartar la política verde y homólogos de centro izquierda que deseaban conservarla. Berlín no tenía ninguna posición que llevar a Bruselas. La propuesta fue finalmente descartada en el último minuto no por diplomáticos alemanes, sino por los conservadores compañeros de Merz —la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el máximo responsable del Partido Popular Europeo, Manfred Weber—, que acudieron a llenar el vacío que Alemania dejó atrás.

El veto a las redes sociales para menores no fue diferente. Merz respaldó públicamente la idea a principios de año, pero su gobierno pasó más de seis meses sin conseguir ponerse de acuerdo ni siquiera en un límite de edad básico que defender. Seis meses de indecisión sobre una propuesta insignia de von der Leyen, tiempo durante el cual otras capitales fueron llenando el vacío con sus propias posiciones.

Ese es el efecto de segundo orden que la cobertura en inglés suele pasar por alto. No se trata solo de quién ocupa el sillón del cancel. Se trata de una coalición de gobierno que no logra ponerse de acuerdo en las direcciones básicas de política, lo que deja a Berlín como un socio negociador poco fiable. Cuando tu mayor interlocutor no puede generar una posición coherente, todos se ajustan en consecuencia —y ese ajuste casi siempre significa menos influencia alemana, no más—.

La industria y el tema China

El empeño de Merz por priorizar la industria pesada europea por encima de la geopolítica en las cumbres recientes fue otro síntoma de esta dinámica. Alemania perdió unos 124.100 puestos industriales el año pasado, según EY. El gobierno considera que la desindustrialización es un motor directo del apoyo a la extrema derecha AfD y a la extrema izquierda BSW. Otras capitales comparten la preocupación, pero Merz lo ha convertido en su prioridad personal.

Sin embargo, ni siquiera dentro de la propia CDU de Merz existe consenso sobre qué hacer. La ministra de Exteriores, Katherina Reiche, miembro del mismo partido, es considerada más protectora de la relación con Pekín —y de los gigantes industriales alemanes como Volkswagen y BASF, que dependen del mercado chino—. Esa tensión entre una postura comercial dura y la realidad económica se resuelve dentro del propio gobierno alemán y se proyecta en los debates de la UE sobre subvenciones y prácticas comerciales chinas.

El resultado es una Alemania que alarma sobre la competencia industrial pero no logra ponerse de acuerdo en la cura. Para Bruselas, eso es a la vez un problema y una oportunidad. La Comisión puede llenar los vacíos que Berlín deja abiertos, pero la UE también pierde a su defensor más potente para las políticas que más necesita.

Qué sigue

El escenario del peor de los casos —un gobierno alemán de extrema derecha— se desestima ampliamente como improbable a corto plazo. Ninguno de los partidos tradicionales quiere elecciones anticipadas, y la AfD, pese a liderar las encuestas con cerca del 28 por ciento, carece de socios de coalición viables. Una Alemania sin rumbo o gobernada por la extrema derecha no constituye la expectativa de base.

Es más probable un Merz que permanezca en el cargo pero que gobierne de forma cada vez más centrada en lo doméstico, obligado a priorizar la gestión de la coalición por encima del liderazgo en la UE. O un Merz sustituido por un sucesor del CDU o del SPD —alguien que pueda ser más cauteloso, menos impulsado y menos dispuesto a jugar su reputación en batallas europeas reñidas—.

Sea como fuere, la señal que llega de Bruselas es clara: la capacidad de Alemania para anclar la toma de decisiones europea está en cuestión. El plan de contingencia no busca prepararse para un resultado concreto. Se trata de prepararse para una Alemania que ya no puede contarse con la garantía de antes.

Como dijo Thomas Ossowski, embajador de Alemania ante la UE, a sus colegas la semana pasada: “Cada vez que celebramos la unidad alemana, celebramos la unidad europea. Y necesitamos esta unidad ahora más que nunca.”

El problema es que la unidad que él reclama aún no existe en casa —y empieza a notarse en Bruselas.