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Los ataques al Estrecho de Hormuz alcanzan récord mientras Irán

Los ataques a buques cerca del Estrecho de Hormuz han alcanzado un máximo histórico, con Irán atacando navíos a cientos de kilómetros del punto de estrangulamiento. Esta escalada está estrangulando el flujo de crudo y obligando a los compradores globales a replantearse sus cadenas de suministro energético.

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Las cifras de las que nadie habla

Doce buques reportaron ataques cerca del estrecho de Ormuz en una sola semana: la cifra más alta desde que Estados Unidos e Israel iniciaron hostilidades contra Irán. El 11 de octubre solo, seis embarcaciones fueron alcanzadas, estableciendo un récord diario. Esa semana siguió a otras diez agresiones reportadas la semana anterior, y cuatro más llegaron en los días siguientes.

Pero el número principal no cuenta la verdadera historia. Los ataques se desplazan cada vez más lejos del propio estrecho. Un petrolero bajo bandera nicaragüense llamado Petrol Dolphin fue golpeado por drones a más de 250 kilómetros de distancia, cerca del fondeadero de Sohar en Omán. Otra embarcación fue impactada a más de 500 kilómetros de Hormuz, frente a la costa norte de Qatar. Un tercer ataque golpeó las aguas cercanas a Al Jazira Al Hamra, en los Emiratos Árabes Unidos. Irán ya no está defendiendo un punto de estrangulamiento. Está librando una campaña marítima en expansión.

Qué pretende Irán

Martin Kelly, director ejecutivo de Orbital Risk Intelligence, declaró a BBC Verify que Irán ha adaptado su estrategia precisamente porque su control sobre el estrecho se debilita ante la presencia naval estadounidense y de socios. El objetivo, según Kelly, no es solo dañar buques individuales sino disuadir a otros de navegar en absoluto. Cuando los ataques ocurren casi a diario, a veces varias veces al día, el cálculo cambia para los armadores, aseguradoras y charteristas.

Los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Iraní han confirmado que están apuntando a buques más allá del estrecho y anunciaron nuevos patrones de despliegue en toda la región. Su marina advirtió explícitamente que las operaciones no se limitarían a Hormuz. Eso no es postura retórica. Los datos lo demuestran.

El flujo de crudo ya se está contrayendo

Antes de la guerra, aproximadamente 17 millones de barriles diarios transitaban por el estrecho. Para finales de septiembre, esa cifra se había recuperado a unos 15 millones. A partir del 13 de octubre, los datos de Kepler lo sitúan en unos 12,6 millones —y a la baja—. La recuperación que surgió tras el shock inicial del conflicto está estancándose.

Los exportadores árabes del Golfo se han trasladado a un sistema de lanzadera para mantener los petroleros en movimiento. Múltiples embarcaciones más pequeñas cruzan el estrecho y luego descargan en petroleros mayores cerca de la costa de Omán, evitando los tramos más peligrosos. Irán considera estas rutas de transferencia no autorizadas y las ha amenazado. El sistema funciona por ahora, pero agrega costo, complejidad y demora a cada barril que cruza el golfo.

Las solicitudes de escolta de la Marina de EE.UU. se dispararon un 85 % en los primeros diez días de octubre en comparación con el mismo período de agosto. Más protección está comprando tiempo, pero no es gratis y no es una solución permanente.

Quién resulta herido cuando la violencia se expande

El ataque al Petrol Dolphin ilustra cuán extendido se ha vuelto el riesgo. Once miembros de la tripulación india fueron rescatados. Dos permanecen desaparecidos. El buque de contenedores GFS Pride se hundió tras ser impactado por proyectiles no identificados; los 21 tripulantes sobrevivieron. Los IRGC iraníes publicaron un video del hundimiento y afirmaron que la embarcación transportaba 2.500 contenedores de contrabando por una ruta no autorizada. Que esa afirmación resista el escrutinio importa menos que el hecho de que Irán ahora justifica públicamente ataques contra buques comerciales muy lejos de Hormuz.

Cuando los ataques llegan a aguas qataríes y emiratíes, ya no se limitan a las rutas de tráfico que alimentan los mercados globales de petróleo. Tocan las exportaciones de GNL, las rutas comerciales regionales y la red más amplia de transporte marítimo comercial de la que depende cualquier economía importante.

El ángulo de la flota fantasma que la cobertura en inglés está subestimando

Aquí es donde la historia se extiende más allá del Golfo. La guerra ha intensificado un debate que ya estaba en marcha: ¿deberían los compradores fuera de la región, particularmente en Asia, dejar de adquirir crudo iraní por completo, o continuar comprando con descuentos y aceptar el riesgo?

Las exportaciones de Irán han estado mayormente bloqueadas por las sanciones estadounidenses y el bloqueo bélico, pero la flota fantasma —petroleros más viejos operados por estructuras de propiedad opacas, que suelen enarborar banderas de conveniencia— ha mantenido parte de los volúmenes moviéndose por canales informales. Cuando la violencia se intensifica, esas embarcaciones se vuelven tanto más necesarias como más vulnerables. Operan donde los petroleros asegurados dudan en entrar. Transportan carga que los mercados tradicionales han rechazado. Y cuando son alcanzados, como le ocurrió al Petrol Dolphin, la carga humana y comercial recae sobre los participantes menos protegidos del sistema.

Los principales importadores asiáticos —China, India y otros— han comprado históricamente petróleo iraní con descuento a través de estos canales. La escalada actual fuerza una elección más aguda. Continuar obteniendo suministro mediante petroleros de la flota fantasma significa aceptar primas de seguro más altas, desvíos más largos y la posibilidad de ataques directos. Detener las compras por completo significa buscar volúmenes sustitutos a precios más altos en un mercado que ya se está estrechando.

Qué sucede a continuación

La trayectoria inmediata es clara: más ataques, más escoltas, más costos. Las aseguradoras elevarán las primas por riesgo de guerra. Las tarifas de charter subirán. Algunos petroleros simplemente optarán por salir de la región hasta que la amenaza disminuya.

La implicación más amplia es lo que la cobertura en inglés aún no ha conectado plenamente. Esta no es una interrupción local del transporte marítimo. Es una prueba de estrés para la cadena global de suministro energético. El estrecho de Hormuz mueve aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo. Cada millón de barriles por día que deja de cruzarlo ejerce presión alcista sobre los precios en todas partes: Tokio, Shanghái, Mumbai, Róterdam.

Irán ha señalado que la campaña se ampliará. Estados Unidos y sus socios han señalado que mantendrán las rutas abiertas. La pregunta es cuánto tiempo puede sostener cada bando esa postura antes de que los costos económicos y humanos fuercen una recalibración. Para los compradores fuera de la región, el debate sobre la flota fantasma ya no es abstracto. Es la diferencia entre pagar una prima por carga segura o apostar por barriles baratos que pueden nunca llegar.