Nepal Da por Muertos a Miles de Desaparecidos por Inundaciones
Nepal ha reducido el plazo para declarar legalmente muertos a las víctimas de inundaciones desaparecidas de 12 años a 45 días, una medida que desbloquea compensaciones para miles de familias pero también refleja la cruda realidad de que la mayoría de los restos nunca serán encontrados.
El veredicto de los 45 días
Las familias se reunieron en un templo hindú en Katmandú el mes pasado y celebraron rituales fúnebres por sus muertos usando muñecas en lugar de cuerpos. Fue un recurso exigido por la tradición religiosa: sin un cadáver, el alma no puede alcanzar la salvación. Una semana después, una de esas mujeres, declarada muerta mediante el ritual, fue rescatada con vida de entre los escombros diez días más tarde.
Esa contradicción resume la brutal aritmética que Nepal se ve obligado a hacer hoy. El 10 de octubre, el gobierno anunció que el plazo legal para declarar muerta a una persona desaparecida en desastres se reducía de 12 años a aproximadamente 45 días. Los sobrevivientes de las inundaciones que desaparecieron el 26 de agosto alcanzaron ese umbral exactamente en esa fecha. La implicación es nítida: más de 5.000 personas están a punto de convertirse, ante la ley, en fallecidas confirmadas.
Solo 1.455 han muerto oficialmente. Solo 112 cuerpos han sido recuperados y entregados a sus familiares. Los 5.285 restantes son fantasmas en un sistema legal que ya no desea esperar por ellos.
La trampa de la compensación
La motivación detrás del cambio es comprensible, aunque no necesariamente empática. Bajo el marco existente de Nepal, las familias de los desaparecidos no podían reclamar beneficios por defunción, heredar bienes ni transferir títulos. Catorcecientos cuerpos frente a cinco mil nombres vacíos significaban que aproximadamente 5.000 hogares permanecían atrapados en un purgatorio burocrático, sin acceso a ayuda gubernamental que, en teoría, estaba disponible pero bloqueada legalmente por la ausencia de un certificado de defunción.
El nuevo decreto cambia eso. Las familias afectadas ahora pueden reclamar 200.000 rupias nepalesas (aproximadamente 1.500 dólares) por el primer familiar fallecido, más 100.000 rupias por cada familiar adicional, además de cobertura de gastos funerarios hasta 25.000 rupias. Para comunidades donde el ingreso per cápita anual ronda los 1.200 dólares, ese dinero no es simbólico. Es supervivencia.
Pero también es una rendición. Declarar legalmente muerta a una persona tras 45 días es, en la mayoría de los sistemas legales del mundo, una medida extraordinaria reservada para accidentes aéreos, tsunamis y guerras, eventos donde la recuperación resulta físicamente imposible. Nepal está aplicando ese estándar a una inundación en terreno montañoso donde los cuerpos pueden aparecer meses o incluso años después, sepultados bajo deslizamientos o arrastrados a gargantas infranqueables. La ley no está descubriendo a los muertos. Está decidiendo, de manera administrativa, que ya no tiene intención de buscarlos.
La búsqueda ha terminado (por ahora)
El Centro Nacional de Operaciones de Emergencia de Nepal confirmó el 5 de octubre que las actividades de rescate y búsqueda estaban transitando hacia una fase de reconstrucción. La urgencia por los nueve trabajadores surcoreanos desaparecidos —tres de SK D&C y seis de Doosan Enerbility, todos atrapados en el sitio del proyecto hidroeléctrico Trishuli-1 Superior— ahora se integra a esa decisión más amplia.
Se espera que las operaciones de búsqueda se reduzcan este fin de semana. El obstáculo no es el equipo ni la voluntad, sino el calendario: la festividad de Dasain comienza el 11 de octubre, la celebración más grande del país, lo que hace casi imposible mantener los niveles de personal local requeridos para labores de rescate en montañas. La maquinaria pesada seguirá operando en las zonas de escombros, pero la ventana para encontrar sobrevivientes está efectivamente cerrada.
Este cronograma importa más allá del caso coreano. Nueve ciudadanos surcoreanos representan una fracción de los desaparecidos, pero su historia ha atraído la atención internacional y planteado preguntas sobre responsabilidad corporativa. Cuando terminen las operaciones de búsqueda, la carga de explicar qué ocurrió en un sitio que fue inundado sin advertencia recaerá en los contratistas y el gobierno nepalí. El proyecto UT-1 se ubica en una región donde el colapso glaciar y del suelo desencadenó la ola inicial de la inundación, un patrón que los científicos del clima han señalado como cada vez más frecuente en el Himalaya.
Quiénes ganan, quiénes pierden
Los ganadores inmediatos son las familias. Un certificado de defunción desbloquea pagos de seguros, reclamos de pensiones, transferencias de propiedades y la compensación gubernamental, modesta pero vital. También, en un sentido cultural, permite el cierre —o al menos las estructuras rituales que lo proporcionan. Los funerales con muñecas descritos por Reuters y Yonhap fueron actos de agencia desesperada; la reforma legal otorga a esos actos reconocimiento estatal.
Los perdedores son más difíciles de nombrar porque aún no existen como ciudadanos visibles. Las más de 5.000 personas cuyas muertes ahora se presumen desaparecerán de los registros públicos como desaparecidos y reaparecerán como fallecidos. Sus historias —dónde estaban, qué hacían, si alguno podría haberse salvado— dejan de investigarse. La imperfección estadística de declarar muertas a más de 3.800 personas basándose en un umbral de 45 días nunca se resolverá. Algunos regresarán. Algunos cuerpos aparecerán años después. El sistema legal simplemente ha elegido dejar de llevar la cuenta.
También hay una perdedora a largo plazo: la credibilidad de la arquitectura de respuesta ante desastres de Nepal. La inundación se originó por un massive deslizamiento de tierra desencadenado por el colapso glaciar y del suelo cerca de la frontera con el Tíbet el 26 de agosto. La avalancha resultante barrió río abajo, destruyendo carreteras, puentes, aldeas y el sitio de construcción hidroeléctrica en rápida sucesión. Que el gobierno ahora necesite acortar su propio cronograma legal para brindar ayuda básica sugiere un sistema sobrecargado incluso antes de recibir los recursos adecuados.
Qué sigue
La reforma de Nepal refleja un patrón observado en otras naciones en desarrollo tras inundaciones y terremotos catastróficos: cuando la recuperación supera a la burocracia, la ley se flexiona. Bangladesh realizó ajustes similares tras los desastres de monzón de 2020. Pakistan redujo los plazos de espera después de las inundaciones de 2022. En cada caso, la lógica humanitaria era sólida: las familias no pueden esperar doce años por dinero que necesitan para sobrevivir en el presente.
Pero el precedente es trascendental. Una vez que la presunción de muerte a los 45 días se normalice para desastres climáticos, establecerá un precedente que otros países propensos a peligros pueden adoptar. La pregunta es si el atajo legal viene con salvaguardas: procesos de revisión independientes para las familias que cambien de opinión, mecanismos para la devolución de la compensación si una persona declarada muerta regresa, y reportes transparentes sobre cuántas defunciones declaradas resultan luego ser casos recuperables.
Hasta ahora, ninguna de esas salvaguardas aparece en el anuncio de Nepal. La orden fue emitida, la fecha alineada y las puertas a la compensación abiertas. Cinco mil nombres vacíos están a punto de convertirse en cinco mil muertes oficiales: no porque se hayan encontrado los cuerpos, sino porque el gobierno decidió que ya no podía permitirse seguir buscando.
Los funerales con muñecas en el templo Pashupatinath fueron actos de fe. El decreto legal es un acto de agotamiento. Ambos son respuestas a una crisis que no muestra señales de mitigación mientras el Himalaya se calienta.