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La medida de la SEC y el Big 10 por prohibir a jugadores profesionales va más allá de la elegibilidad

La SEC y el Big 10 prohibieron por unanimidad que atletas con vínculos con la NFL compitan en sus escuelas: una medida que parece tener menos que ver con la equidad y más con generar presión política para una intervención federal en los deportes universitarios.

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La prohibición es un arma, no un principio

Hace dos días, la Big Ten declaró que cualquier atleta que firmara un contrato con la NFL, apareciera en una lista profesional o se declarara elegible para el draft como subgraduado sin retirar su nombre perdería la elegibilidad en las universidades miembros. La SEC siguió horas después con un lenguaje que iba más allá, nombrando explícitamente también a la NBA y a la WNBA.

A primera vista, esto parece una decisión política sobre equilibrio competitivo. En la práctica, es algo completamente distinto.

El momento no es casual. La medida cautelar dictada por la jueza federal Susan Illston —que concedió un quinto año de elegibilidad a la clase de reclutamiento de 2022 y, lo que es crítico, protegió a jugadores como DaeQuan Wright de LSU, ex tight end de los Cleveland Browns— generó un caos inmediato. Conferencias que habían pasado décadas trazando líneas rojas alrededor del amateurismo de pronto encontraron que sus planteles estaban sujetos a renegociación por orden judicial.

En lugar de aceptar la resolución, las dos conferencias más poderosas del fútbol universitario eligieron enfrentarla de frente. Y al hacerlo, le entregaron a los defensores del Proyecto de Ley para Proteger los Deportes Universitarios exactamente la palanca que necesitaban.

Quiénes son los realmente afectados

Seamos claros sobre quiénes son los afectados y quiénes no.

DaeQuan Wright es el ejemplo nombrado, pero la norma tiene un alcance mucho más amplio. Cualquier atleta que se haya declarado elegible para el Draft de la NFL y haya regresado a la universidad —una práctica cada vez más común a medida que los jugadores prueban el mercado profesional antes de comprometerse— ya no sería elegible en las instituciones de la SEC o de la Big Ten. Lo mismo aplica para los atletas que firmaran incluso contratos profesionales nominales, o que hubieran aparecido en listas de la G League o de filiales.

Esto no es hipotético. El combine y el proceso del draft de la NFL atraen a miles de atletas universitarios a través de un filtro que, por su naturaleza, implica contactos con organizaciones profesionales. Muchos de esos atletas toman decisiones de última hora para regresar a la escuela en lugar de arriesgarse a no ser seleccionados. Hasta ahora, ese camino estaba abierto.

LSU, previsiblemente, tiene la intención de ignorar la nueva regla de la SEC y añadir a Wright a su plantilla. La conferencia ha autorizado al comisario a imponer penalizaciones, lo que configura un choque que casi con certeza terminará nuevamente en los tribunales federales. Si la medida cautelar se mantiene, LSU gana. Si la SEC aplica su regla, el caso se amplía de nuevo.

Mientras tanto, el anuncio de la Big Ten de que está “evaluando posibles normas que restrinjan a atletas profesionales en otros deportes” señala que esto no se limita al fútbol americano. El alcance es deliberadamente amplio, y el mensaje es intencional: las conferencias trazan una línea que ninguna afiliación profesional puede cruzar.

La maquinaria política detrás de la jugada

Esto es lo que no dicen las declaraciones públicas, y lo que los medios deportivos en inglés raramente examinan: este cambio de política existe para crear las condiciones para una acción del Congreso.

El Proyecto de Ley para Proteger los Deportes Universitarios, que actualmente avanza por los canales legislativos, otorgaría a los deportes universitarios una excepción antimonopolio estrechamente diseñada. Esa exención, entre otras cosas, permitiría a las conferencias establecer normas uniformes sobre elegibilidad, compensación y reclutamiento de jugadores sin enfrentar desafíos bajo la Ley Sherman. Para los comisarios de las Power Five y su aparato de cabildeo, esta es el escudo regulatorio que han buscado durante años.

Pero para venderlo ante el Congreso, los defensores del proyecto necesitaban una crisis. La medida cautelar de Illston la proporcionó —o al menos, la percepción de una crisis. De pronto, los programas élite se veían obligados a reconsiderar si atletas con experiencia profesional podían competir en sus canchas. Para el legislador promedio, eso se veía como desorden. Para quien haya seguido la litigación en los deportes universitarios desde la decisión Alston, se veía como el siguiente paso predecible en una trayectoria legal de larga duración.

Las conferencias no están equivocadas al oponerse a la resolución. Pero tampoco son honestas sobre por qué se oponen, ni sobre lo que esperan lograr.

Lo que esto significa para el pipeline de talentos

Despojado del encuadre político, las implicaciones prácticas para el fútbol universitario son brutales.

Los jugadores que se declaran elegibles para el Draft de la NFL y luego regresan a la universidad —una estrategia usada por muchos subgraduados que buscan mejorar su valor— ya no podrán hacerlo en escuelas de la SEC o de la Big Ten. Algunos irán a otro lugar. Otros firmarán contratos profesionales de inmediato. Otros más descartarán la universidad por completo.

Para programas como LSU, que ha construido sus propuestas de reclutamiento alrededor del desarrollo de jugadores y la flexibilidad de la vía profesional, esto representa una desventaja competitiva frente a escuelas de conferencias que no adopten reglas similares. La brecha entre el bloque SEC/Big Ten y el resto de la División I se ampliará, no se reducirá.

Esa es la consecuencia no intencionada de una política que finge proteger la integridad mientras en realidad consolida el poder. Las conferencias más fuertes establecen los términos. El resto se ajusta o se adapta. Y los jugadores —a quienes se presentaba como los beneficiarios declarados de la Exención del Quinto Año— absorben el costo.

La pregunta más amplia de gobernanza

La SEC y la Big Ten están jugando ajedrez mientras el resto de los deportes universitarios aún discute sobre damas. Al unificarse alrededor de una prohibición dura a atletas afiliados a lo profesional, han creado una posición negociadora unificada —una que les da el máximo apalancamiento frente a cualquier compromiso congresional.

Si el Proyecto de Ley para Proteger los Deportes Universitarios se aprueba, consolidará el control de las conferencias sobre las reglas de elegibilidad de maneras que la ley antimonopolio previamente impedía. Si falla, las conferencias aún logran algo: fuerzan el tema de vuelta a los tribunales, donde históricamente han perdido terreno pero tienen ganancia política si la litigación se arrastra.

Ningún resultado beneficia a los jugadores. Pero ambos benefician a las conferencias.

La pregunta ahora no es si DaeQuan Wright jugará en LSU. Es si la SEC aplicará su regla, si la medida cautelar lo cubre, y cómo se verá la próxima ronda de litigio cuando las conferencias pongan a prueba los límites de lo que el Congreso esté dispuesto a dejarles hacer.

El cielo no se está cayendo. Pero la máquina de dinero hace ruido, y ha estado trabajando hacia este momento por un tiempo muy largo.