Cómo los estudiantes serbios derribaron un régimen pro-ruso de 12 años
Una coalición estudiantil nativa digital ganó con mayoría aplastante en las elecciones parlamentarias de Serbia, poniendo fin a más de una década de gobierno pro-ruso y pro-chino. El resultado sacude los Balcanes y redefine la estrategia de la UE.
El día que los estudiantes serbios tomaron el poder
La mañana del 26 de octubre, miles de personas se congregaron fuera del parlamento de Serbia, en Belgrado. No portaban armas ni erguían barricadas: celebraban. La coalición estudiantil conocida como Lista del Estudiante había logrado una victoria arrolladora en las elecciones parlamentarias, asegurando al menos 138 de los 250 escaños de la asamblea con el 52 por ciento de los votos. El Partido Progresista de Serbia, el partido gobernante que había dominado la política serbia durante doce años bajo Aleksandar Vučić, se conformó con apenas 105 escaños y el 39 por ciento de los sufragios.
Lo que ocurrió aquí es más difícil de explicar que cualquier sacudida electoral habitual. No se trató de un partido de la oposición establecido que derrocara a un gobierno desgastado. Fue un grupo松散 ( loosely organized), políticamente inexperto, compuesto por estudiantes, profesores, maestros, médicos, ingenieros y atletas, que ingresó a la arena electoral precisamente porque no tenía nada que perder y todo que demostrar. Corrieron con una plataforma antiderrames, libertad de prensa y auditorías de contratos gubernamentales. No recurrieron a los medios controlados por el Estado —fueron de puerta en puerta por todo el país—. Y excluyeron explícitamente a antiguos políticos de la oposición de sus filas, por temor a que socavaran su credibilidad.
El resultado fue descrito por algunos como un terremoto político. Por casi cualquier métrica, califica como tal.
Cómo un colapso de puente se convirtió en revolución
La cadena de eventos que llevó a este punto comenzó el 16 de noviembre de 2024, cuando el techo de la estación de ferrocarril de Novi Sad, en el norte de Serbia, se derrumbó durante un proyecto de renovación concluido apenas cuatro meses antes. Dieciséis personas murieron. El edificio había sido construido bajo la Inicial de la Franja y la Ruta de China —un detalle que convirtió el duelo en furia—. El colapso reveló un patrón: construcción de mala calidad, adjudicación opaca de contratos y un gobierno que se había acostumbrado a operar sin rendición de cuentas.
Los estudiantes, que manifestaban esporádicamente contra el giro cada vez más autoritario de Vučić, aprovecharon la tragedia. Lo que empezó como un duelo se movilizó en protesta organizada. Durante los meses siguientes, el movimiento ganó estructura. Asambleas estudiantiles universitarias se celebraron repetidamente en todo el país. Poco a poco, se formó una coalición más amplia —maestros, profesionales médicos, ingenieros, atletas y ciudadanos comunes se unieron a las filas—.
Vučić, frente a la presión creciente, dio una jugada calculada en junio. Renunció como presidente anticipadamente y convocó elecciones parlamentarias anticipadas, con la esperanza de transicionar desde la presidencia ceremonial hacia el cargo más poderoso de primer ministro. La ley constitucional le prohíbe un tercer mandato presidencial, y Serbia opera como una república parlamentaria donde el primer ministro ostenta autoridad ejecutiva real. Moverse hacia la jefatura de gobierno debía ser un golpe maestro —una forma de sobrevivir políticamente mientras se mantenía en el poder—.
No funcionó. La Lista del Estudiante presentó candidatos, no protestas. Y los votantes siguieron su ejemplo.
Quiénes ganan, quiénes pierden
El ganador inmediato es Serbia misma —al menos en un sentido teórico—. Doce años de gobierno de Vučić vieron al país desviarse constantemente de la Unión Europea y adentrarse más en la órbita económica y política de Rusia y China. Serbia se unió con entusiasmo a la Inicial de la Franja y la Ruta de China, aceptó subsidios energéticos rusos y mantuvo una postura de neutralidad hacia la guerra de Moscú en Ucrania, incluso mientras sus vecinos en Croacia, Eslovenia y Montenegro se movían firmemente hacia la OTAN y la UE.
La UE reaccionó rápidamente. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, emitieron mensajes de felicitación. Los líderes de la Lista del Estudiante han sinalizado apertura hacia un reequilibrio prooccidental. El mensaje de Bruselas fue claro: el nuevo gobierno de Serbia no será tratado como un paria.
Pero las consecuencias geopolíticas reales se extienden más lejos. Viktor Orbán de Hungría —el líder próruso más prominente de Europa— perdió su agarre al poder en abril tras protestas similares. La victoria de la Lista del Estudiante en Serbia elimina otro baluarte próruso de los Balcanes. Para la estrategia de ampliación de la UE, que se ha estancado frustrantemente durante años, este es un raro momento brillante. Serbia es un país candidato desde 2012 pero ha avanzado poco en las reformas que Bruselas exige. Un nuevo gobierno con verdaderos impulsos democráticos podría finalmente hacer avanzar el proceso de adhesión —o al menos volverlo creíble nuevamente—.
Los perdedores son menos optimistas. La red de clientelismo de Vučić, construida sobre el control de los medios, contratos públicos y designaciones judiciales, ahora enfrenta escrutinio que nunca ha encontrado. Empresas constructoras chinas y proveedores de energía rusos que se beneficiaron de tratamiento preferencial verán disminuida su ventaja. Para Pekín, la pérdida es particularmente dolorosa: Serbia era uno de los pocos países europeos dispuestos a albergar inversión de infraestructura china sin aprobación de la UE, y el proyecto de la Franja y la Ruta en el centro de la tragedia de Novi Sad debía simbolizar la asociación sino-serbia.
El problema de los aficionados
Aquí es donde la euforia debería moderarse. La Lista del Estudiante es victoriosa, pero también está sin probar. La coalición corrió deliberadamente bajo una plataforma de novedad y autenticidad —de ahí la exclusión de políticos experimentados y el énfasis en ciudadanos comunes—. Esa estrategia produjo un triunfo en la noche electoral. No garantiza competencia para gobernar.
Varios problemas estructurales ya son visibles. La Lista del Estudiante opera sin un líder designado, una elección deliberada destinada a prevenir la concentración de poder. En un sistema parlamentario, ese defecto de diseño podría paralizar al gobierno. La convención dicta que el líder del partido o coalición mayoritaria se convierte en primer ministro. Pero sin un líder claro, el proceso de designación podría arrastrarse —o colapsar en disputas internas—. La especulación ya se intensifica sobre quién podría ocupar ese cargo.
Aún más incierto es la carrera presidencial programada para finales del próximo año. El presidente de Serbia, aunque mayormente ceremonial, ostenta influencia significativa sobre política exterior y designaciones de defensa. Si un candidato afín a Vučić gana la presidencia, el nuevo gobierno podría enfrentar resistencia institucional inmediata exactamente sobre las preguntas que más importan: integración a la UE, diversificación energética y relaciones con Rusia y China.
También está la pregunta de qué sucede después del tour de victoria. La Lista del Estudiante prometió auditorías de contratos gubernamentales, libertad de prensa y expulsión de funcionarios corruptos. Cada una de esas promesas es fácil de hacer y mucho más complicada de ejecutar. Auditar miles de millones en contratos de infraestructura —muchos que involucran firmas chinas— podría desencadenar batallas legales y disrupción económica. La libertad de prensa requiere desmantelar un ecosistema informativo estrechamente controlado que Vučić construyó durante más de una década. Y expulsar a funcionarios corruptos significa enfrentar una burocracia que ha aprendido a protegerse a sí misma.
Por qué esto importa más allá de los Balcanes
Las elecciones serbias no deben leerse como un evento aislado. Forman parte de un patrón más amplio que se desarrolla en toda Europa Central y Oriental. En Hungría, el gobierno de Orbán cayó después de años de simpatía prórusa y retroceso democrático. En Eslovaquia, el gobierno de Robert Fico enfrentó protestas masivas por corrupción y libertad de prensa antes de ser obligado a dejar el poder. En Serbia, las mismas dinámicas produjeron un resultado diferente: una derrota electoral limpia en lugar de una confrontación violenta.
Esto importa para la seguridad energética de Europa. Serbia ha sido una ruta de tránsito para el gas ruso hacia los Balcanes, y su alineación con la estrategia energética de Moscú ha socavado los esfuerzos de la UE para diversificar el suministro. Un gobierno serbio prooccidental podría facilitar la construcción de rutas alternativas de oleoductos y acelerar la ruptura de la región con la dependencia energética rusa.
Importa para la estrategia europea de China. Pekín ha invertido pesadamente en los Balcanes a través de la Inicial de la Franja y la Ruta, apostando a que el engagement económico compraría influencia política. Serbia debía ser la joya de la corona de esa estrategia en Europa Sudoriental. La victoria de la Lista del Estudiante sugiere que la inversión puede no traducirse en influencia —o que la influencia siempre fue más simbólica que sustantiva—.
Y importa para la credibilidad de la UE. La ampliación ha sido la promesa más hueca del bloque durante dos décadas. El nuevo gobierno de Serbia exigirá progreso concreto en las negociaciones de adhesión, y la UE necesita entregar. El fracaso en hacerlo podría desacreditar el proyecto entero y empujar a Serbia de vuelta hacia la órbita rusa y china —o peor, inspirar desilusión entre los jóvenes europeos que ven a sus gobiernos como incapaces de reforma—.
Qué sigue
Nadie sabe aún si la revolución estudiantil de Serbia producirá una democracia duradera o simplemente un breve momento de optimismo seguido del caos familiar. Los próximos doce meses serán decisivos. El proceso de designación del primer ministro, la elección presidencial, las primeras negociaciones presupuestarias y la apertura de capítulos de adhesión a la UE pondrán a prueba si la Lista del Estudiante puede gobernar con tanta efectividad como campañó.
Lo claro es que Serbia ha cambiado. Un gobierno de doce años próruso y prochino ha sido derrotado no por resistencia armada ni intervención extranjera, sino por estudiantes que decidieron postularse a cargos de elección. Esa es una historia que merece atención —no solo para los Balcanes, sino para cualquiera que observe el futuro de la democracia en Europa—.