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El secretario del Ejército acaba de dimitir y revela lo fino que es el liderazgo del Pentágono

La renuncia del secretario del Ejército estadounidense, reportada por el Wall Street Journal y confirmada por agencias japonesas, expone una fractura en el Pentágon de Trump. Con Hegseth y Driscoll enfrentados, la pregunta no es solo quién se queda, sino si el Ejército puede seguir impulsando su agenda de modernización.

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El secretario del Ejército acaba de dimitir

El Wall Street Journal informó el 31 de agosto por la tarde que el secretario del Ejército, Dan Driscoll, presentó su renuncia al presidente Donald Trump. La confirmación, difundida por Kyodo News y recogida por medios desde Akita hasta Osaka antes del 1 de septiembre, fue breve pero sísmica para quienes siguen de cerca la salud del Pentágono de Trump.

La causa declarada son las fricciones con el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Esa es una forma educada de decir que dos personas que comparten techo en el Pentágono no logran ponerse de acuerdo sobre cómo dirigir a las fuerzas armadas más grandes del mundo. Fuentes cercanas al asunto dijeron al Journal que la disputa gira en torno a prioridades en la estructura de fuerzas: específicamente, si el Ejército debe preservar su marco divisional actual y sus programas de fuego de largo alcance, o aceptar una reducción más agresiva que Hegseth habría estado impulsando a puerta cerrada.

Esto no es un normal reacomodo de gabinete. Es una señal de que el liderazgo de defensa en la segunda mandación de Trump es menos cohesionado de lo que ni la Casa Blanca ni el Capitolio quieren admitir.

Quién gana, quién pierde

Quien pierde primero: el Ejército institucional. El secretario del ramo es el rostro civil de la estructura de fuerzas, la adquisición y la preparación operativa. Cuando ese puesto queda vacante, la voz del Ejército en el Consejo de Seguridad Nacional se debilita de inmediato. Las licitaciones se estancan. Las prioridades presupuestarias pierden a su campeón. El viraje del Ejército hacia el Indo-Pacífico —el programa de misiles antiaéreos de muy largo alcance, el concepto Force Design 2030, el marco de operaciones marítimas distribuidas— pierde a su patrocinio ejecutivo.

Pero las pérdidas van más allá de los programas. Un secretario encargado no tendrá mandato para tomar decisiones sobre realineación de fuerzas, ni autoridad para firmar enmiendas de adquisición por miles de millones, ni capital político para defender al ramo frente a las exigencias de los demás departamentos. Los informes de preparación del Ejército para el año fiscal 2026 —que ya muestran preocupantes brechas en reservas de munición y atrasos en mantenimiento— no recibirán el mismo nivel de defensa. Esos documentos pasarán a la Secretaría de Defensa para Adquisiciones y Sostenibilidad sin un campeón a nivel secretarial, y la dinámica del juego cambia.

Quien gana en el papel: Hegseth. Un secretario del Ejército dócil elimina un freno interno a la dirección de la política de defensa. Si la renuncia refleja un desacuerdo genuino y no presión política, también resuelve en silencio el desacuerdo más visible dentro del Pentágono en este ciclo. Hegseth ha construido su marca pública en torno al recorte de gastos y la reestructuración institucional. Que un subordinado resistiera públicamente esa visión siempre iba a ser un problema; uno que ahora ha sido resuelto, de un modo o de otro.

Quien gana en la práctica: nadie en el Indo-Pacífico. El jefe de Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, ahora carece de un contraparte civil con un asiento en la mesa a la par que el suyo. Las decisiones sobre dónde desplegar tropas, qué sistemas financiar y cómo equilibrar los teatros de Europa y el Indo-Pacífico ascienden al secretario de Defensa —un hombre sin experiencia militar y con historial de reorganizar a su propio personal tan rápido como reorganiza doctrina. El propio George ascendió a jefe de Estado Mayor en 2023 tras una tumultuosa audiencia de confirmación; su capacidad para orientar al Ejército durante esta vacancia depende enteramente de si Hegseth le permite operar con autonomía o trata al ramo como un portafolio que reestructurar.

Por qué esto importa fuera de Washington

Tokio está observando. El secretario del Ejército es el principal enlace con las Fuerzas de Autodefensa Terrestre de Japón en cuestiones de estructura de fuerzas, ejercicios conjuntos y la controvertida idea de rotar unidades adicionales del Ejército estadounidense por Okinawa y Kyushu. Una vacante significa que esas conversaciones pasan a un liderazgo interino —personas con autoridad limitada y sin capital político. El Japan Times informó a principios de septiembre que funcionarios de defensa japoneses expresaron preocupación en una sesión cerrada con agregados de la embajada de EE.UU., señalando que el momento resulta especialmente incómodo dadas las negociaciones en curso sobre el copago de costos de apoyo de la nación anfitriona.

El acuerdo de fuerza rotativa —diseñado para desplegar un equipo de brigada combatiente adicional en Japón de manera rotatoria— requiere aprobación a nivel de secretaria para cambios en la estructura de fuerzas y la frecuencia de despliegue. Sin un secretario del Ejército confirmado, esas discusiones entran en pausa. Las FASD, que han estado adaptando su propia posición de fuerzas alrededor de las islas Ryukyu en coordinación con la planificación estadounidense, ahora enfrentan incertidumbre sobre si Washington honrará el cronograma que ambas partes habían estado trabajando.

Seúl también debería preocuparse. El Séptimo Ejército, con base en Corea, responde a través de la cadena de mando de Washington. Esa cadena ahora carece temporalmente de su escalón visible superior. La postura de preparación de la 2.ª División de Infantería —ya tensionada por años de demandas de rotación y brechas en modernización de equipo— no mejorará mientras el Ejército carezca de un secretario confirmado que abogue por sus necesidades específicas. Y el cálculo estratégico más amplio del aliado se desplaza cuando el Ejército de Liberación Popular lee las mismas noticias que todo el mundo.

Beijing lee los mismos boletines. Una disputa pública de liderazgo en el Pentágono no es un desaliento. Los analistas del PLA siguen estos temas de manera meticulosa. El Global Times publicó un comentario el 1 de septiembre cuestionando la coherencia de las estructuras de mando estadounidenses, mientras revistas militares afines al Estado usaron la noticia como evidencia de lo que han argumentado durante mucho tiempo: que las relaciones civil-militares en Estados Unidos se deterioran bajo designados políticos con lealtad institucional limitada.

Los efectos de segundo orden

La renuncia envía ondas expansivas más allá de la cadena de mando inmediata. El Comité de Servicios Armados del Senado, que ya se preparaba para audiencias de confirmación de varias nominaciones al Ejército, ahora enfrenta una dinámica incómoda: cada nominado ulterior será escudriñado a través del prisma de la partida de Driscoll. ¿Fueron cómplices? ¿Avisaron contra las políticas que lo llevaron a renunciar? El proceso de confirmación se vuelve más político, más adversarial y más lento —justo cuando el Ejército necesita una confirmación ágil para cubrir la vacante.

Los contratistas de defensa sienten el frío de inmediato. Lockheed Martin, Raytheon y General Dynamics —los principales beneficiarios de la tubería de modernización del Ejército— observan cómo se obstruye la tubería de liderazgo de su cliente más importante. Los oficiales de adquisición del Centro de Apoyo a Adquisiciones del Ejército comienzan a tratar los requisitos abiertos con más cautela. ¿Para qué firmar una enmienda contractual cuando la persona que podría aprobarla podría estar gone en treinta días? La vacilación se acumula. Los acuerdos que se habrían cerrado en el cuarto trimestre de 2026 ahora se extienden al primer trimestre de 2027.

El Estado Mayor Conjunto también lo nota. El presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dave Thoburn, ahora tiene que navegar la misma crisis con una estructura de apoyo civil más delgada. La planificación de fuerzas conjuntas para el Indo-Pacífico —particularmente la postura marítima integrada que depende de los fuegos de largo alcance del Ejército anclando el diseño de fuerza disgregada— pierde a su principal defensor del Ejército a nivel de gabinete. Los planificadores de Thoburn continuarán trabajando, pero el ranking de prioridades estratégicas se desplaza cuando el patrocinador del ramo desaparece.

Quizás lo más práctico: el comando de reclutamiento del Ejército enfrenta una brecha informativa que no puede controlar. Los sargentos de reclutamiento que atienden preguntas de potenciales reclutas sobre la dirección del Ejército ahora tienen una respuesta inconsistente dependiendo de si hablan con un comandante de batallón o esperan orientación de un Pentágono que no puede hablar con una sola voz. El reclutamiento ya estaba bajo presión a nivel nacional; la inestabilidad directiva no es el entorno que lo soluciona.

El patrón más amplio

El choque Driscoll-Hegseth se enmarca en un patrón visible en toda la segunda mandación de Trump: designados con visiones divergentes sobre lo que debe hacer el ejército, acompañados de una clase media directiva demasiado débil para sostener la línea entre ambos. Hegseth llegó en 2025 con un mandato de recortar desperdicios y remodelar las normas civil-militares. Driscoll llegó con un mandato de financiar los programas más grandes del Ejército desde los años noventa —fuegos de largo alcance, modernización y la postura en el Indo-Pacífico que vino con ello.

Esos no son objetivos inherentemente incompatibles. Se vuelven incompatibles cuando el secretario de Defensa trata a las fuerzas armadas como partidas presupuestarias a reorganizar y el secretario del Ejército las trata como instituciones a preservar. El arreglo funciona solo si un lado gana el debate en silencio. No funciona cuando ambos lados creen que responden al mismo presidente.

Este patrón se ha repetido en forma modificada en múltiples departamentos. El secretario de la Fuerza Aérea ha enfrentado presión similar para recortar la estructura de fuerzas. El plan de construcción naval de modernización del secretario de la Marina ha encontrado escepticismo en la OMB. Pero la partida del Ejército es la más consecuente porque el Ejército es el ramo más vinculado a la presencia terrestre en el Indo-Pacífico —la postura misma que sustenta toda la arquitectura aliada desde Japón hasta Filipinas. Cuando el liderazgo civil del Ejército tambalea, toda la estructura desplegada en avance tiembla.

Qué sigue

El siguiente paso inmediato es un proceso de nominación. El presidente nombrará a un secretario interino del Ejército —probablemente un designado político sin antecedentes en el Ejército— mientras se investiga a un reemplazo permanente ante el Senado. Ese proceso, incluso bajo gobierno unificado, toma semanas. Si senadores opositores toman la partida como evidencia de mala gestión, se alarga más. El presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, Jack Reed, ya emitió un llamado a transparencia, y varios miembros han signalizado que usarán las audiencias de confirmación para sondear las circunstancias de la renuncia.

Durante esa ventana, el alto mando del Ejército —el jefe de Estado Mayor, el comandante general del USARPAC, los líderes de la 2.ª División de Infantería y el I Cuerpo— dirigirán el ramo. Podrán mantener el quehacer diario en movimiento. No podrán cerrar nuevos acuerdos de adquisición ni ajustar la posición de fuerzas sin aprobación civil.

La pregunta a largo plazo es si el próximo secretario del Ejército será alguien que Hegseth tolere o alguien que el cuerpo militar acepte. No siempre son la misma persona. Y el Indo-Pacífico es demasiado grande, demasiado costoso y demasiado vital estratégicamente para dejarlo en manos de un interino por más de unos pocos meses. Si la vacante se extiende más allá de un año —y la historia sugiere que eso es enteramente posible dadas las dinámicas políticas en Washington—, el cronograma de modernización del Ejército se desliza, sus compromisos aliados se vuelven más difíciles de garantizar y el mensaje a amigos y adversarios se enturbia.

La verdadera historia

El titular es una renuncia. La historia debajo trata sobre quién decide en qué debe existir el Ejército de EE.UU. en una era de competencia entre grandes potencias. Hegseth ha dejado clara su posición: el ejército debe ser más pequeño, más ágil y menos institucional. La partida de Driscoll —cualquiera que hayan sido sus contornos privados— deja claro que algunos líderes del Ejército tienen la intención de resistir.

Esa tensión siempre estaba llegando. La pregunta ahora es si el Pentágono puede absorber otro golpe de liderazgo mientras maneja simultáneamente una confrontación limitada con Irán y un creciente despliegue de fuerzas alrededor de Japón y Corea. El Ejército no pidió esto. Pero pagará el precio si Washington sigue demostrando que no puede mantener unido a su propio liderazgo.

Los soldados en Okinawa, las tripulaciones operando los sitios V-LAR que se construyen en Kyushu, los analistas del USARPAC ejecutando escenarios para la disgregación de fuerzas: ninguno eligió este momento. Lo heredaron. Y cuando llegue la próxima crisis —como siempre llega— necesitarán una cadena de mando que hable con una sola voz. Hasta que Washington no resuelva cómo producir una, el vacío de liderazgo del Ejército no es solo una historia de Washington. Es una responsabilidad estratégica, y el mundo a su alrededor ya se está ajustando a esa realidad.