La boicot que habla más fuerte que el discurso de Netanyahu
Delegados de todo el mundo se retiraron antes de que el primer ministro de Israel pudiera iniciar su discurso en la ONU. Lo que pareció un protocolo se convirtió en un referéndum sobre el aislamiento.
El sonido de una sala que se vacía
Netanyahu aún no había abierto la boca. El primer ministro israelí aún se dirigía al podio en la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando ocurrió algo inusual: delegaciones enteras comenzaron a salir. No eran rezagados. No eran retrasados ajustando su agenda. Fue un éxodo coordinado que se desarrolló en tiempo real, visible en las cámaras en vivo que paneleaban por el cavernoso recinto.
Cuando ya se encontraba frente a la asamblea, grandes-extensiones de asientos permanecían vacíos —un silencio más fuerte que cualquier repudio desde un podio. Colombia, Bolivia y Chile lideraron la salida desde América Latina. Tanzania, Sudáfrica y Malasia siguieron desde África y el sudeste asiático. España, Irlanda y Noruega rompieron con sus contrapartes europeas, saliendo juntos en un gesto que requirió coordinación alguna delegación logra por accidente.
Kyodo News informó que la salida ocurrió el 24 de septiembre de 2026, apenas horas antes de que comenzara el debate general. Las imágenes se difundieron rápidamente tanto en redes sociales como en cadenas de noticias. Lo relevante no fue el número de países que se fueron —superó las dos docenas—, sino el hecho de que se fueron antes de que comenzara el discurso. No era una protesta contra palabras específicas o posiciones políticas. Era una protesta contra el propio orador, representada en el gesto diplomático más antiguo disponible: la negativa a compartir espacio.
El discurso que vino después
La comparecencia de Netanyahu giró en torno a Irán. Declaró que el régimen iraní colapsaría, encuadrando la inestabilidad regional como trazable, en última instancia, a las ambiciones nucleares de Teherán y su patrocinio de fuerzas proxy. Advirtió que Israel no toleraría un arma nuclear iraní y sugirió que la trayectoria actual apuntaba inevitablemente hacia la caída del régimen. Que la predicción resulte acertada o no es irrelevante para el panorama diplomático: la cronología convirtió el discurso en un mero posdata. La salida ya había marcado la narrativa antes de que se pronunciara un solo argumento sustancial.
El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, aprovechó el momento, emitiendo una declaración en la que afirmaba que las acciones de Israel amenazaban la propia existencia del pueblo palestino. “Lo que hemos witnessed hoy no es simplemente una salida”, dijo Abás. “Es el mundo reconociendo que no puede haber normalidad junto a la ocupación y el castigo colectivo.” Protestas estallaron fuera de la sede de la ONU en Nueva York, donde más de mil manifestantes marcharon coreando exigencias de arresto contra Netanyahu. Los cánticos de “alto las bombas” resonaron por el Midtown mientras la policía formaba barreras a lo largo de Constitution Avenue. El espectáculo exterior reflejaba el vacío interior.
Lo que hace distintivo este momento no es la hostilidad —Israel enfrenta críticas en foros internacionales con regularidad—, sino la escala y la coordinación de la revuelta diplomática. Salidas previas de la ONU han sido esporádicas y limitadas. Esta estuvo sincronizada entre regiones, lo que sugiere ya sea comunicación directa entre delegaciones o una lectura compartida de los acontecimientos que no dejaba lugar a la ambigüedad.
Quiénes salieron y por qué importa
La salida no se limitó a países con grievances evidentes contra Israel. Varias naciones europeas se sumaron al éxodo, rompiendo con el patrón de apoyo cauteloso que ha caracterizado su comportamiento en la ONU en los últimos años. El ministro de Asuntos Exteriores de España había pasado meses mediando entre Washington y las capitales europeas sobre política de armas, intentando tejer un hilo que permitiera mantener la cooperación militar con Israel mientras respondía a la indignación doméstica. La salida puso fin efectivamente a ese acto de equilibrio. Una vez abierta la puerta, el argumento de la contención pierde fuerza.
Durante meses, los gobiernos europeos han equilibrado la cooperación de seguridad con Israel frente a la presión doméstica por las bajas civiles en Gaza. Este momento sugiere que el equilibrio se ha inclinado. Las encuestas en todo el continente muestran mayorías en Francia, Alemania e Italia que ahora favorecen controles más estrictos de armas a Israel. Los políticos que antes deferían a los argumentos de seguridad ahora calculan las consecuencias electorales. La salida les da cobertura.
La delegación del Sur Global fue aún más conspicua. Países de África, América Latina y el sudeste asiático —muchos de los cuales han mantenido relaciones diplomáticas formales con Israel— participaron en la salida. El embajador de Brasil lo calificó como “una reafirmación del orden multilateral que los estados poderosos han socavado durante años”. La delegación de Indonesia salió junto a la de Malasia, una señal de dos de las democracias más grandes de mayoría musulmana del mundo de que la solidaridad religiosa ya no constriñe su postura de política exterior.
Su presencia señala que la carga humanitaria de la guerra ha transformado la forma en que estos gobiernos calculan su posicionamiento internacional. El silencio ya no es una opción cuando las imágenes son tan persistentes y las cifras de víctimas continúan escalando. La salida también fue un mensaje para sus propias poblaciones: no seremos cómplices mediante nuestra asistencia.
El costo del aislamiento es acumulativo
El aislamiento diplomático no llega como un evento único. Se acumula a través de pequeñas decisiones: votos retenidos, declaraciones suavizadas, reuniones declinadas. La salida fue la punta visible de una tendencia mucho más profunda, una que ha estado construyéndose desde la solicitud del fiscal de la CPI en 2024 de órdenes de arresto y las medidas provisionales de la Corte Internacional de Justicia que ordenaron a Israel prevenir actos de genocidio en Gaza.
La campaña militar de Israel en Gaza ha atraído esos desafíos legales y la creciente presión de aliados para restringir transferencias de armas. Cada uno de estos desarrollos erosiona el escudo diplomático que rodeó al país durante décadas. La salida de la ONU es tanto síntoma como acelerador —una confirmación pública de que la coalición de apoyo de Israel se está deshilachando en los bordes, y un catalizador que hace que futuras fragmentaciones sean más fáciles de repetir.
Los desacuerdos internos de la Unión Europea sobre ventas de armas ilustran el mecanismo en acción. Los estados miembros no pueden ponerse de acuerdo sobre una posición unificada, así que recurren a gestos simbólicos. Las salidas son diplomacia barata. No cuestan recursos pero señalan claramente. Para gobiernos que buscan distanciar-se de Israel sin romper del todo los lazos, el asiento vacío es la herramienta perfecta —negable, proporcional y fotogénico. Pero la acumulación de tales gestos cambia la arquitectura misma de la alianza. Cuando cada interacción se convierte en una performance de distancia en lugar de cooperación, la relación pierde su propósito funcional.
Lo que Israel pierde más allá del podio
El daño inmediato es reputacional. El daño a largo plazo es estructural. La arquitectura de seguridad de Israel depende de alianzas —cooperación militar, intercambio de inteligencia, cobertura diplomática en el Consejo de Seguridad. Cada salida, cada abstención, cada repudio público hace esas alianzas marginalmente menos confiables. La pregunta no es si Estados Unidos vetará otra resolución, sino si otros aliados seguirán tolerando el coste político de proteger a Israel.
Estados Unidos sigue siendo el socio más importante de Israel, y el apoyo estadounidense no ha flaqueado en los niveles más altos. El Bidenha continuado envíos de armas a pesar de la resistencia del Congreso. Pero incluso Washington enfrenta presión política doméstica. Más de cuarenta miembros del Congreso han pedido públicamente restricciones a las transferencias de armas. La protesta fuera de la ONU, con sus llamados al arresto, refleja un ánimo que los políticos no pueden ignorar indefinidamente. El electorado estadounidense es joven, activado y cada vez más hostil al apoyo incondicional a la conducta de Israel en Gaza.
Para los estados vecinos, el cálculo también cambia. Los acuerdos de normalización con Israel siempre estuvieron condicionados a progresos hacia un Estado palestino. Los Acuerdos de Abrahán fueron vendidos a socios del Golfo como una vía de influencia, no como un final. Cuando esa perspectiva se desvanece —como parece estar ocurriendo—, el coste político de mantener lazos aumenta. El rey de Jordania advirtió que la normalización sin un horizonte político creíble se volvería insostenible. La salida es una señal a esos gobiernos: el mundo se mueve, y ustedes también deberían. Cada día de silencio es más difícil de justificar.
El acuerdo de normalización con Arabia Saudita, la pieza central de la reestructuración regional, pende en particular equilibrio. El príncipe heredero Mohammed bin Salman nunca se ha comprometido públicamente a proceder. En los pasillos, Riyadh ha señalado que el camino adelante requiere concesiones concretas sobre Gaza y Cisjordania. La salida refuerza el mensaje de que el entorno internacional es hostil al negocio como de costumbre.
Qué viene después
La predicción de Netanyahu sobre el colapso de Irán puede dominar los titulares de mañana, pero la salida perdurará más. La memoria histórica en la ONU registra momentos de solidaridad y momentos de abandono. Este fue uno de los segundos, y será referenciado en salas de formación diplomática y libros de texto durante décadas.
La revuelta diplomática moldeará las opciones de Israel en tres áreas. Primero, estrategia militar —cuando la legitimidad internacional se erosiona, la tolerancia para operaciones prolongadas se reduce. Estados Unidos puede seguir suministrando armas, pero cada vez más las acompañará de condiciones, exigiendo evidencia de cumplimiento con el derecho humanitario internacional. Segundo, diplomacia regional —las perspectivas de normalización con Arabia Saudita y otros estados del Golfo se enfrían, empujando a Israel hacia una postura regional más precaria. Tercero, política doméstica —Netanyahu enfrenta una coalición de gobierno que se beneficia de una mentalidad de asedio, pero el aislamiento externo eventualmente presiona incluso las estructuras políticas más fortificadas. El argumento de que la presión fortalece la resolución tiene límites; en algún punto, el aislamiento se vuelve un pasivo que los opositores explotan.
También existe una cuarta consecuencia que merece atención: la normalización de las salidas como tecnología diplomática. Una vez que un gesto demuestra ser efectivo —una vez que los gobiernos ven que salir genera titulares sin coste—, se vuelve más fácil repetir. Futuros controversias verán el mismo patrón. El piso de la ONU pierde su función como espacio de engagement y se convierte en una arena de retirada performática.
Los asientos vacíos en la Asamblea General no fueron el comienzo del declive diplomático de Israel. Fueron un checkpoint. Lo que sucede después determina si la tendencia se revierte o se acelera —y si la institución que supuestamente debía prevenir exactamente este tipo de fragmentación aún puede sostenerse.