El viaje de Trump a Oriente Medio podría redefinir la guerra contra Irán antes de las midterms
Con la guerra contra Irán estancada ya hace meses, Trump lleva su caso a seis aliados del Golfo en Nueva York — un movimiento que podría inclinar a Washington hacia la escalada o la retirada justo antes del plazo de las midterm de noviembre.
La decisión que Trump no puede posponer
Donald Trump declaró el 17 de septiembre a Axios que enfrenta una elección definitoria respecto a la guerra con Irán: si lanza un ataque a gran escala destinado a desmantelar el régimen iraní o si da un paso atrás. No anduvo con rodeos: lo calificó de “decisión importante” y añadió que “podría pasar cualquier cosa” en lo que respecta a su persona. Las apuestas, en claramente, van más allá de una única operación militar.
Pero el detalle más interesante se esconde en la logística. Trump viajará el 22 de septiembre a Nueva York con seis líderes del Golfo —los reyes y emires de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Kuwait y Omán— para escucharlos directamente antes de tomar una decisión. Dijo que quiere saber dónde se ubican sus aliados y qué piensan que exige la situación. Washington, señaló, ha protegido intensamente a estos países. Ahora les pide consejo antes de cruzar una línea.
El marco de esta invitación es en sí mismo una señal. Trump no convoca a los líderes a Washington, donde el protocolo y la distancia podrían suavizar una petición incómoda. Los trae a Nueva York, donde el escenario es más performático y la presión de una dinámica grupal podría jugar a su favor. Una conversación uno a uno con Riad o Abu Dabi le daría a cada líder espacio para oponerse en privado. Una mesa redonda en Manhattan comprime el disenso y fuerza un alineamiento público, o al menos un silencio público.
Por qué esta reunión importa
La guerra con Irán comenzó a finales de febrero y se ha estancado en un punto muerto que nadie en la administración Trump parece ansioso por reclamar como victoria. Trump ha insistido públicamente en que el conflicto terminará pronto, pero aún no ha terminado. Persiste un bloqueo naval. El ejército de EE. UU. patrulla el Estrecho de Hormuz, pero los envíos de energía se mantienen muy por debajo de los niveles previos a la guerra y los precios del petróleo siguen elevados. La campaña de presión económica continúa, pero también la parálisis.
Ese punto muerto es precisamente lo que hace trascendente la reunión del 22 de septiembre. Los seis estados del Golfo no son espectadores neutrales: son los países más directamente amenazados por una represalia iraní y los más dependientes del estrecho de Hormuz para su propia supervivencia. Su lectura de la guerra moldea cómo Washington evalúa los riesgos de una escalada. Si Trump ignora sus aportes, arriesga aislar a los mismos aliados que necesita para cualquier operación militar sostenida. Si les presta atención excesiva, podría encontrarse constreñido frente a una opción que algunos dentro de su círculo consideran necesaria.
El grupo en sí mismo es revelador. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos llevan el mayor peso, pero Qatar, Baréin, Kuwait y Omán aportan cada uno un cálculo distinto. Qatar alberga una importante instalación militar estadounidense y ha mantenido canales abiertos con Teherán incluso mientras coordina con Washington. Omán ha servido históricamente como intermediario informal entre Estados Unidos e Irán, papel que desempeñó durante los esfuerzos de desescalada de 2019. Su inclusión sugiere que Trump es plenamente consciente de que los canales secundarios aún pueden importar, incluso en tiempos de guerra.
El reloj de las legislativas
La variable más urgente es el tiempo. Trump no ha dicho si tomará su gran decisión antes o después de las elecciones de medio término de noviembre. Pero fuentes dentro de la administración sugieren que, si no se logra un acuerdo de cese al fuego con Irán para entonces, Trump podría reanudar las operaciones de combate a gran escala. Ese vencimiento es ahora la fuerza estructural que moldea cada cálculo en Washington, Riad y Abu Dabi.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ya ordenó al ejército mantener sus niveles actuales de tropas en Oriente Medio hasta fines de año, preparándose para la posibilidad de una campaña renovada. Un funcionario le dijo a Axios que sostener esta postura de forma indefinida es impráctico y que la administración debe eventualmente decidir cuál es su objetivo final. El mensaje es claro: la preparación está en marcha, pero la indecisión tiene fecha de caducidad.
La dimensión política no puede separarse de la militar. Una operación militar exitosa antes de las legislativas sería un regalo para la campaña de Trump: un momento definitorio que podría cambiar el sentimiento electoral. Una operación torcida o una retirada apresurada sería veneno político. La administración ahora navega entre dos peligros electorales: parecer débil si la guerra se arrastra sin resolución, y parecer imprudente si escala sin respaldo aliado.
Quién gana y quién pierde
Si Trump actúa según el consejo de sus aliados del Golfo y elige la contención, el ganador inmediato es el statu quo, y el perdedor a largo plazo es la credibilidad de la administración. La guerra está en marcha desde hace meses sin resultados decisivos, y una pausa continuada sin negociación enviaría la señal de un agotamiento estratégico, no de una paciencia calculada.
Si Trump ignora a los aliados y ordena un ataque a gran escala, los estados del Golfo pagarán las consecuencias secundarias primero: misiles iraníes, enjambres de drones y ataques de-proxy que apuntan a la misma infraestructura que Washington prometió proteger. El consejo de los aliados no es abstracto; es una evaluación de seguros. Ignorarlo no elimina el riesgo.
También existe un efecto de segundo orden que pocos en Washington han absorbido plenamente. Una escalada estadounidense contra Irán enviaría ondas de choque por los mercados energéticos globales mucho más allá de la perturbación de Hormuz ya existente. Irán controla la costa norte del estrecho, pero una campaña estadounidense a gran escala podría provocar que los aliados e socios iraníes en toda la región —Hezbolá en Líbano, fuerzas hutíes en Yemen, redes de milicias en Irak y Siria— abran frentes adicionales. La guerra podría expandirse de un enfrentamiento bilateral a un conflicto regional multiteatral que ninguna administración puede contener en semanas.
Irán permanece en contacto directo con Estados Unidos y, según el propio Trump, aún desea un acuerdo. Esa paradoja —luchar mientras se negocia— es la contradicción central de esta guerra. Significa que la escalada nunca es puramente militar y que la desescalada nunca es puramente diplomática. Cada golpe redefine la mesa de negociación, y cada pausa redefine la postura de fuerzas.
Qué sucede después
La semana del 22 de septiembre marcará la trayectoria. Las conversaciones de Trump con seis líderes del Golfo revelarán si Washington percibe a sus aliados como alineados o ansiosos, solidarios o resistentes. Las respuestas determinarán si la administración avanza hacia una salida diplomática antes de las legislativas o hacia una escalada militar que redefina el conflicto por completo.
Cada camino conlleva riesgo. Un acuerdo firmado bajo presión de plazo podría desmoronarse rápidamente, dejando a la administración peor posicionada que antes. Una operación militar lanzada sin consenso aliado podría fracturar la coalición que hace viable la presencia estadounidense en el Golfo. La administración Trump ha pasado meses evitando una declaración clara de victoria o derrota. La pregunta ahora es si puede permitirse seguir evitándola.
La guerra que comenzó en febrero ha alcanzado un punto en el que la inacción es en sí misma una decisión, y la reunión de septiembre es el momento en que Washington elige qué versión del fracaso prefiere.