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El ultimátum de Trump a Irán en la ONU: por qué el silencio de Seúl dice mucho

La amenaza de 'aniquilación o acuerdo' de Trump a Irán ante la Asamblea General de la ONU revela un escenario diplomático donde la postura reservada de Corea del Sur es, en sí misma, un mensaje. La guerra en Oriente Medio está reconfigurando alianzas de maneras que la cobertura en inglés apenas ha seguido.

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La silla vacía en la primera fila

Donald Trump se presentó ante un pleno Salón de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 22 de septiembre y trazó una línea en la arena que definirá la política exterior estadounidense durante el resto de su mandato —y probablemente más allá—. El objetivo era Irán. El mensaje, brutalmente simple: negocien un acuerdo para noviembre o enfrenten la aniquilación.

Pero la imagen que perdurará más allá del discurso no fue Trump mismo. Fue el único representante iraní que permaneció sentado durante toda su intervención, mientras todos los demás miembros de la delegación de Teherán ocupaban otros asientos en la sala.

Esa sola figura —un diplomático manteniendo su puesto mientras el ser más poderoso del planeta amenazaba con destruir su país— es un detalle pequeño pero significativo que revela hasta qué punto se han deteriorado las relaciones entre Estados Unidos e Irán, y lo frágil que es cualquier camino de regreso desde el abismo.

Las matemáticas detrás de la amenaza

La retórica de Trump siguió un patrón que estableció durante su primer mandato: máxima presión acompañada de plazos abiertos. Los ataques militares estadounidenses e israelíes de febrero de 2024 sobre territorio iraní hicieron que los precios globales del petróleo se dispararan. Sus índices de aprobación resbalaron. Ahora, con las elecciones intermedias de noviembre a la vista, la coyuntura no es casual.

Señaló que un acuerdo podría cerrarse después de las intermedias —no antes, no después de un ciclo electoral completo, sino justo en la ventana cuando la presión política es mayor—. La implicación es clara: se le da a Irán aproximadamente ocho semanas para producir resultados, con todo el peso de la fuerza militar estadounidense como apalancamiento.

Las negociaciones a las que Trump aludió se condujeron a través de Steve Witkoff, su enviado para Medio Oriente, quien sostenso tres horas de conversaciones con la delegación iraní en la ONU. Witkoff las describió como constructivas y prometedoras. Los medios estatales iraníes confirmaron que el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, se reunió con Witkoff. Teherán no ofreció ningún otro comentario.

El silencio de ambas partes es elocuente. Cuando ninguno de los dos bandos está dispuesto a sacar detalles al registro público, usualmente significa que las conversaciones están yendo por terreno delicado —o que no están yendo a ninguna parte.

Lo que la prensa coreana sigue y los medios occidentales pasan por alto

Los diarios financieros y políticos de Corea del Sur han cubierto el discurso de Trump con una urgencia inusual. El servicio en coreano de la BBC informó sobre el evento dentro de la primera hora tras la intervención, una velocidad que refleja cuánto monitorea Seúl con agudeza los desarrollos en Washington que tocan a Irán.

La razón es estructural: Corea del Sur es el tercer mayor consumidor de petróleo del Medio Oriente en el mundo, y su seguridad energética depende de las rutas marítimas estables del Estrecho de Hormuz. Cualquier escalada en las tensiones entre Estados Unidos e Irán no es una preocupación abstracta para Seúl —es una amenaza económica inmediata.

Pero la prensa coreana también está siguiendo algo más sutil: cómo se ha posicionado el gobierno del presidente Lee Jae-myung sobre la cuestión. Lee, quien se reunió con Trump en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ha sido cuidadoso al evitar comentarios públicos sobre Irán. Su gobierno, en cambio, se ha centrado en las dimensiones económicas —comercio, cadenas de suministro y energía—, dejando que Washington maneje la arquitectura de seguridad.

Esto no es indiferencia. Es una elección calculada. Corea del Sur comprende que Estados Unidos ve a Irán principalmente a través de un prisma de seguridad, mientras que Seúl experimenta las consecuencias a través de un prisma comercial. Al mantenerse en silencio en la dimensión militar y ser vocal en la económica, la administración de Lee se está posicionando como un mediador indispensable en lugar de un aliado pasivo.

El ángulo de Green Bay

Mientras todos se enfocaron en Irán, Trump firmó un acuerdo con Dinamarca para ampliar la presencia militar estadounidense en Groenlandia. El tratado reafirma la soberanía danesa sobre el territorio, pero concede a Estados Unidos “acceso sin precedentes” al espacio aéreo y al territorio groenlandés. Es un recordatorio impactante de que, mientras la retórica de Trump se centraba en Irán, su administración está consolidando simultáneamente el control estratégico estadounidense en todo el Ártico y el Atlántico.

Los dos movimientos no son unrelated. Fortalecer el flanco norte mientras se aplica presión máxima en el flanco sur crea un movimiento de pinza —no solo militar, sino diplomáticamente—. A los aliados en Europa y Medio Oriente se les está recordando quién fija los términos.

Guterres frente a Trump: dos visiones del orden mundial

Antonio Guterres, el secretario general de la ONU, utilizó su último discurso antes de dejar el cargo este año para advertir que el mundo se está fracturando a lo largo de líneas de falla que ninguna potencia individual puede salvar. Pidió interdependencia mutua e instó a las superpotencias a reconocer los límites de su poder.

Trump dedicó todo su discurso a desmantelar esa premisa. Llamó a la ONU una organización impulsada por “burócratas globalistas no elegidos”, rechazó el concepto de gobierno mundial y declaró que Estados Unidos no toleraría que ninguna potencia hostil se arraigara en el hemisferio occidental. Desestimó las preocupaciones sobre la inteligencia artificial como alarmismo promovido por “globalistas” y rebautizó a la IA como “Super Inteligencia” —un cambio semántico que reveló más sobre su relación con la tecnología que cualquier declaración de política podría hacerlo—.

El contraste entre ambos discursos no es meramente retórico. Representa un desacuerdo fundamental sobre si las instituciones multilaterales tienen algún papel en una era de competencia entre grandes potencias.

Qué sigue

Las sillas vacías de la delegación iraní sugieren un régimen que está calculando sus opciones en lugar de participar de buena fe. El único diplomático que permaneció puede haber sido una señal deliberada —una manera de decir que, incluso en la defensa, Irán tiene representantes que se niegan a abandonar sus puestos.

Para Corea del Sur, las apuestas son concretas. Los precios del petróleo determinarán si las proyecciones económicas de Lee se mantienen. El marco trilateral entre Estados Unidos, Corea y Japón, que ha sido la piedra angular de la estrategia de Seúl en el Indo-Pacífico, enfrenta pruebas de estrés cada vez que Washington emprende acciones unilaterales en Medio Oriente. Si Irán responde contra activos estadounidenses en la región, las compañías navieras coreanas que operan en el Golfo Pérsico se convertirán en víctimas colaterales.

El calendario de las elecciones intermedias le da a Trump aproximadamente seis a ocho semanas para convertir amenazas en resultados. Si para noviembre no surge ningún acuerdo, la pregunta cambiará de si Irán negociará a qué hará Estados Unidos a continuación —y si sus aliados, incluida Corea del Sur, serán arrastrados o encontrarán la manera de trazar un curso propio.

La respuesta a esa pregunta definirá no solo la próxima administración, sino la próxima década de la política de alianzas en Asia.