La victoria de la AfD en Alemania pone al descubierto una alianza discreta de la derecha transatlántica
El sorprendente triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt no es solo un problema alemán: es una señal de que los movimientos de derecha europeos y estadounidenses están convergiendo de maneras que el establishment de Washington aún se niega a nombrar. Elogi openly de Trump por este resultado lo dice todo.
El número que debería aterrorizar a Berlín
El AfD obtuvo el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt el 6 de septiembre. No se trata de un botín de protesta. No es un pico aislado de descontento. Representa un salto de 23 puntos respecto al 21 % que el partido capturó en 2021: una tasa de crecimiento que ningún partido mainstream alemán ha igualado jamás en ascenso.
Mientras tanto, la Unión Demócrata Cristiana de Friedrich Merz se desplomó del 37,1 % al 17,2 %. La CDU no solo perdió terreno. Fue derrocada del primer lugar por el mismo partido contra el cual sus fundadores dedicaron décadas a construir coaliciones de contención.
El resultado parcial le da al AfD 39 de 84 escaños: no una mayoría gobernante, pero lo suficientemente cerca. Más importante aún, el bloque de izquierda BSW, liderado por la disidente Sahra Wagenknecht, ex socialista, logró cinco escaños y ya ha barajado la posibilidad de cooperación. Esa suma produce un gobierno encabezado por el AfD en Sajonia-Anhalt, y probablemente antes de las elecciones federales del próximo año obligue a replantear los cálculos en cada capital estatal.
Lo que los mercados captaron mal — y bien
Merz advirtió el 30 de agosto que una victoria del AfD espantaría la inversión extranjera del estado. El 7 de septiembre, los mercados financieros europeos apenas parpadearon. Los bonos alemanes cayeron levemente. Las bolsas europeas se mantuvieron planas.
Ese silencio es, en sí mismo, una historia. Los inversores podrían estar tasando la realidad de que el AfD ya no es un paria — o podrían estar subestimando lo que sucede cuando un partido de extrema derecha controla el presupuesto de un estado, el aparato policial y un ministerio responsable de atraer firmas extranjeras.
El AfD fue fundado sobre la oposición al euro durante la crisis de deuda europea. Su ideología central defiende un gobierno más pequeño, y en un país agotado por la inflación y la estanflación, el argumento de que el populismo de derecha al menos podría disciplinar el gasto tiene tracción entre algunos observadores empresariales. La línea que se escucha en Múnich y Frankfurt: mejor AfD que una coalición liberal que distribuye subsidios indefinidamente.
Es una lógica frágil. Pero explica por qué los mercados encogieron los hombros mientras la advertencia de Merz se quedaba sin respuesta.
La previa italiana
Italia ofrece un mapa de ruta que el centro europeo ha absorbido con lentitud. Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni comparte la postura intransigente del AfD sobre la inmigración ilegal. Cuando asumió el cargo en octubre de 2022, inversores y aliados temieron inestabilidad. En cambio, gobierna con pragmatismo dentro del marco de la UE, su coalición funciona, y su racha en el poder alcanzó los 1.413 días el 4 de septiembre: la mandatesa continua más larga de un primer ministro italiano desde la Segunda Guerra Mundial.
La normalización de Meloni ha enfriado el rechazo refleja de los partidos de extrema derecha en todo el continente. Si Italia resulta soportable, Alemania se vuelve imaginable. Y esa imaginación es lo que circula por las urnas de Sajonia-Anhalt.
La conexión con Trump que lo cambia todo
Esto es lo que la cobertura de prensa alemana elude en su mayoría: Donald Trump ha elogiado públicamente las ganancias electorales del AfD. No lo encuadró como una preocupación interna alemana. Lo presentó como una victoria para su lado de un movimiento transatlántico.
Esa es la implicación no obvia de esta elección. El ascenso del AfD no ocurre de forma aislada. Es la cara europea de un realineamiento más amplio que la campaña de Trump —y su presidencia si regresa a la Casa Blanca— alienta activamente. Cada tuit de elogio, cada aparición en mitin, cada propuesta política que señala distancia respecto al compromiso con la OTAN y la cohesión de la UE fortalece el argumento que los políticos del AfD sostienen en casa.
La alineación es silenciosa porque la élite de Washington no quiere nombrarla. Llamarlo una alianza obligaría a un enfrentamiento en Berlín, Bruselas y París. Es más fácil tratar al AfD como una aberración y esperar a que pase.
Pero las aberraciones no ganan 23 puntos porcentuales en cuatro años.
Quién gana, quién pierde
El AfD gana el控制 de un estado estratégico del este y una plataforma para demostrar que gobernar con su agenda es posible. BSW gana influencia sin pagar el impuesto de paria. La CDU no gana nada más que la demostración de que su crisis de identidad post-Merkel se profundiza.
Los inversores extranjeros en Sajonia-Anhalt pierden certeza. La UE pierde un estado miembro donde un partido de extrema derecha ahora controla las palancas de política. El movimiento laboral alemán pierde otra fortaleza en el este, donde la desindustrialización y el declive demográfico hicieron que el mensaje del AfD resonara mucho antes de esta elección.
Trump gana una confirmación de que su estrategia de empoderar movimientos aliados en el extranjero está funcionando. Los partidos del centro europeo pierben la prueba de que la contención ya no funciona como estrategia.
Qué sigue
El parlamento de Sajonia-Anhalt debe ahora formar gobierno. El AfD pondrá a prueba si la cooperación con BSW es seria o táctica. Si una coalición se sostiene, Berlín observará de cerca —porque Brandeburgo, Sajonia y Turingia también tienen electorados del AfD esperando.
Las elecciones federales están previstas para el otoño de 2025. Si el AfD se consolida en el 40 % o más a nivel nacional, la pregunta cambiará de si gobiernan a si la CDU puede sobrevivir junto a ellos sin colapsar aún más. Si estancan, la lección para Merz sigue siendo dolorosa: su partido perdió casi 20 puntos sin ganar ni un solo argumento.
Los mercados seguirán tasando la incertidumbre. Algunos inversores se irán. Otros se quedarán y apostarán por el resultado Meloni: que un gobierno de derecha resulte manejable.
La dimensión transatlántica es el pieza que los observantes de habla inglesa más pasan por alto. Esta no es solo una historia alemana. Es una señal de humo de una corriente política que Trump está canalizando y a la que el AfD responde. La pregunta para Washington es si reconoce lo que ha ayudado a crear —o si seguirá tratando las ganancias de la extrema derecha europea como problema de otros hasta que sea imposible ignorarlas.