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La victoria del AfD en Sajonia-Anhalt desafia el compromiso

La primera presidencia parlamentaria del AfD desde 1945 quiebra el cerco político alemán de posguerra. Cómo el voto antimafia del canciller Merz choca con la dura matemática de coalición y qué señala para las elecciones federales.

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Una línea de posguerra traspasada

En Magdeburg, Alemania vio cómo se disolvía una frontera. Tobias Rausch, diputado de Alternativa por Alemania (AfD), fue elegido presidente del parlamento estatal de Sajonia-Anhalt el martes. La votación fue secreta, el resultado, inevitable, y el simbolismo, sísmico. Por primera vez desde la fundación de la República Federal en 1949, un partido de extrema derecha ostenta el mazo de un legislativo estatal alemán.

Las matemáticas detrás del triunfo narran la fractura de una corriente principal. El AfD obtuvo el mayor número de escaños en los comicios del 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt, pero le faltaron tres para alcanzar la mayoría absoluta. Para formar gobierno, necesitaba socios. En lugar de acercar a los Demócratas Cristianos (CDU) o a los Socialdemócratas (SPD), ambos manteniendo un inquebrantable “cerco sanitario” contra el AfD, los populistas de derecha giraron hacia los diez diputados del Partido de la Izquierda. Una alianza entre flancos opuestos, impensable hace una década, ahora domina la cámara.

El canciller Friedrich Merz respondió con una contundente condena moral. “Quien vota al AfD está jugando al juego de los extremistas y socavando la credibilidad”, afirmó en un acto en Berlín el miércoles. “En cualquier caso, eso es incompatible con los valores de mi partido”.

El lenguaje era familiar. Lo que no lo era, el contexto. Merz no proclama un principio desde una posición de fuerza. Lo hace desde el fondo de las encuestas.

La trinchera de la aprobación

Una encuesta de la emisora pública ARD difundida a principios de este mes reveló que solo uno de cada diez alemanes está satisfecho o muy satisfecho con la gestión de Merz. Se trata de la nota más baja registrada para un canciller desde que comenzaron los sondeos en 1997. Su coalición de gobierno, una frágil alianza semáforo formada por SPD, Verdes y FDP, parece cada vez más quebradiza. La CDU, su propio partido, ya se situa por delante a nivel nacional, a la espera de la siguiente prueba electoral.

Esa prueba llega antes de lo previsto. Sajonia-Anhalt fue una derrota; Berlín, un desastre. El 20 de septiembre, el Partido de la Izquierda duplicó su resultado anterior en la capital, impulsado por una crisis de la vivienda tan aguda que se convirtió en el único tema de la campaña. Su candidata líder, Elif Eralp, hija de padres turcos que huyeron del golpe de Estado de 1980, prometió nacionalizar las asociaciones privadas de vivienda, una medida respaldada en un referéndum de 2021 por el que el 58 por ciento de los votantes aprobó. Eralp está a punto de convertirse en la primera alcaldesa del Partido de la Izquierda en Berlín, un resultado que duele dos veces: arranca de las manos de la coalición una ciudad con mayoría socialdemócrata y entrega una plataforma a un partido que Merz ha tratado durante mucho tiempo como parte del espectro extremista.

El marco de la “extremidad” de Merz ahora debe cubrir ambos extremos de la palestra política a la vez. El enemigo tradicional de la CDU es el AfD; el enemigo del SPD en el gobierno suele ser el Partido de la Izquierda. Merz intenta colapsar ambas distinciones en una sola binaria: leales al orden democrático liberal o ajenos a él. Los votos en Magdeburg y Berlín sugieren que esa binariedad está perdiendo poder descriptivo.

Los cálculos de la coalición

¿Qué significa esto para las elecciones federales, previstas para otoño de 2025? La aritmética es despiadada.

Si el AfD continúa su ascenso —y muchas encuestas lo sitúan a dos puntos de la CDU—, Merz se enfrenta a una elección tajante. Puede intentar aislar al AfD por completo, apostando a que una futura gran coalición con el SPD o incluso un pacto de centro derecha con los liberales siga siendo capaz de alcanzar la mayoría. O puede comenzar la lenta y peligrosa tarea de distinguir entre la ala electoral del AfD y sus facciones más extremistas, probando si el cerco sanitario se puede flexionar sin quebrarse.

Ninguno de los dos caminos es fácil. El primero requiere que la CDU acepte un largo período en la oposición, una perspectiva dolorosa dada su ventaja actual en las encuestas. El segundo arriesga legitimar a un partido convicto de hacer uso de discurso de odio y cuyas servicios de seguridad interior consideran que parte de su estructura constituye una amenaza extremista de derecha verificada. Las declaraciones de Merz el miércoles fueron claras: ninguna coalición con el AfD. “Quien vota al AfD está jugando al juego de los extremistas” no es un lenguaje que deje espacio para la cooperación parlamentaria.

Pero la pregunta más profunda es si Merz puede gobernar con las herramientas que tiene a su disposición. La victoria del Partido de la Izquierda en Berlín demuestra que el sentimiento antiestablishment no es propiedad exclusiva de la extrema derecha. Los costes de la vivienda, que han aumentado casi un 30 por ciento en las ciudades alemanas durante los últimos cinco años, constituyen un agravio unificador. La campaña de Eralp captó un reservorio de descontento que se extiende a lo ancho de todo el espectro político, un descontento al que la CDU de Merz ha tenido dificultades para responder más allá de promesas genéricas de estabilidad económica.

El eco europeo

El nuevo presidente del parlamento de Sajonia-Anhalt no ganó en un vacío. El avance del AfD hace eco de una deriva más amplia hacia la derecha en toda Europa: ganancias similares en Francia, Países Bajos e Italia han reconfigurado el centro de gravedad continental. Sin embargo, el caso alemán es distintivo por el tabú de posguerra. El cerco sanitario nunca fue solo una táctica política; fue un compromiso constitucional, un frenos de seguridad contra la recurrencia histórica de gobiernos extremistas.

Cuando esa barandilla de seguridad se traspasa —no por una ley federal, sino por un presidente del parlamento estatal—, se impone una rendición de cuentas. El compromiso de Merz de luchar contra el extremismo pasa a ser ya menos una postura retórica que un problema operativo. ¿Cómo se combate un movimiento que ha dominado el proceso electoral sin entregarle los instrumentos del Estado?

La respuesta podría estar en Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado de Alemania, donde los electores acuden a las urnas en abril. Una ganancia del Partido de la Izquierda o del AfD allí señalaría que la trayectoria actual se está acelerando. Una recuperación de la CDU sugeriría que el cerco sanitario aún puede mantenerse, aunque sea apenas.

Mientras tanto, el índice de aprobación de Merz, del 10 por ciento, seguirá siendo una silenciosa condenación. Ha declarado la guerra al extremismo. Pero en un país donde tanto la extrema derecha como la extrema izquierda están traduciendo la frustración electoral en escaños, la propia supervivencia política del canciller podrá depender de demostrar que el centro sigue siendo capaz de lograr resultados.