Gaza un año después: la tregua que nunca llegó
Un año después del acuerdo de alto el fuego impulsado por Trump, Israel controla el 70% de Gaza, ha matado a más de 1.400 palestinos y prometió una reconstrucción que nunca llegó. La paz que Washington anunció no tiene nada que ver con la realidad.
El acuerdo que terminó sin terminar nada
Hace un año, el presidente Donald Trump se paraba en el centro de una fotografía que quería recordar: el momento en que Israel acordó un alto el fuego en Gaza y Hamás liberó a sus rehenes restantes. El acuerdo, negociado en lo que Washington enmarcó como un triunfo diplomático, entró en vigor el 10 de octubre de 2025. La palabra “paz” estaba en todas partes en el ciclo informativo.
No ha durado.
Las fuerzas israelíes han ampliado su control terrestre a aproximadamente el 70 por ciento de Gaza, según el reporte del corresponsal de NPR Anas Baba desde la franja. Más de dos millones de palestinos ahora están aprisionados en un corredor cada vez más reducido a lo largo de la costa mediterránea. Una fuerza internacional de mantenimiento de paz prometida nunca llegó. Los fondos de reconstrucción no siguieron. E Israel continúa llevando a cabo ataques aéreos y operaciones terrestres —incluyendo asesinatos selectivos de comandantes de Hamás— dentro de un territorio que ahora ocupa con creciente permanencia.
Más de 1.400 palestinos han sido asesinados en ese tiempo. Cerca de 500 eran mujeres y niños, según el Ministerio de Salud de Gaza.
Lo que Washington llamó un alto el fuego se parece cada vez más a un conflicto congelado vestido con otro lenguaje.
Quién gana, quién pierde, quién decide
Los ganadores inmediatos del enmarcado del acuerdo fueron quienes pudieron señalar una firma y declarar que la guerra había terminado. Los perdedores inmediatos fueron las personas que viven dentro de Gaza, donde la violencia pasó de bombardeos implacables a un ritmo más lento e incierto —lo suficientemente intermitente para revertir el hambre, pero persistente como para mantener a la gente muerta y desplazada.
Israel se beneficia del statu quo de maneras que complican narrativas simples. Logró algo que dijo que no podía hacer durante el combate activo: consolidar el control militar sobre la mayor parte del territorio de Gaza mientras enfrentaba una presión internacional reducida. Las marcas de la zona amarilla que Baba documenta en Bureij —barreras que impiden a los palestinos entrar en grandes extensiones de tierra— señalan una anexación de facto del espacio, si no de soberanía. No haber fuerza de mantenimiento de paz significa no haber control externo sobre esa expansión. No haber reconstrucción significa no instituciones palestinas para重建, no catalizador económico para cambiar el cálculo.
Hamás, por su parte, ha sobrevivido como organización a pesar del continuo enfoque israelí sobre su liderazgo. El asesinato de Izz al-Din al-Haddad, líder del ala militar de Hamás, en un ataque aéreo el 16 de mayo de 2026, fue un golpe táctico. Pero la presencia del grupo en la franja —visible en la imagen de Baba de un niño estrechando la mano de militantes durante las celebraciones del Eid— sugiere que no ha sido erradicado, solo gestionado.
Estados Unidos obtiene el cobertura política de haber “terminado” una guerra sin comprometerse con lo que viene después. Ese es el trato de un alto el fuego sin fuerzas de mantenimiento de paz, sin reconstrucción y sin horizonte político.
La aritmética humanitaria
El hambre en el norte de Gaza, declarada por expertos respaldados por la ONU durante la guerra, ha sido revertida. Más alimentos están entrando en la franja ahora que la fase intensa de bombardeos ha disminuido. Productos frescos han regresado a las calles de la Ciudad de Gaza. Las oraciones del Ramadán se realizaron en público. Los niños jugaron en trampolines en Beit Lahia. Un árbol de Navidad fue decorado por primera vez desde que comenzó la guerra.
Estos momentos de normalidad son reales. Importan. Pero coexisten con una cifra de muertos continua y una población que permanece mayoritariamente en tiendas de campaña.
Aproximadamente 1,5 millones de personas viven en refugios improvisados, según la ONU, después de que los ataques israelíes destruyeron casi todos los edificios en el territorio. La lluvia invernal hace que esas tiendas estén húmedas y frías. Las organizaciones de ayuda aún necesitan permiso israelí para entrar en ciertas áreas. Israel prohibió a más de 40 organizaciones internacionales de ayuda traer personal o suministros a partir de finales de diciembre de 2025 —una medida que comprimó aún más un sistema humanitario ya tensionado.
La aritmética es esta: la gente ya no muere de hambre al mismo ritmo, pero siguen siendo asesinados. Tienen comida pero no hogares. Han cesado de estar activamente sitiados en el sentido bélico, pero permanecen confinados a un territorio bajo control militar creciente sin estrategia de salida.
Lo que vio la región — y lo que Washington omitió
El efecto secundario más significativo del alto el fuego podría no estar en Gaza misma sino en cómo remodeló el posicionamiento regional. El rol de Egipto ha sido sutilmente elevado. Miles de palestinos desplazados se reunieron bajo banderas egipcias para una transmisión pública de la Copa Mundial en la Ciudad de Gaza en julio de 2026 —un gesto que señaló la relevancia continuada de El Cairo como mediador y vecino, incluso mientras Estados Unidos se atribuía el mérito del acuerdo.
El torneo mismo, y la facilidad con que los habitantes de Gaza se reunieron para mirar, sugirieron una población buscando normalidad donde pudiera encontrarla. Pero también destacó la posición geográfica y diplomática de Egipto: el país que controla el cruce de Rafah, que ha albergado conversaciones de paz, al que los palestinos recurren cuando otras puertas se cierran.
La apuesta de Washington era que un alto el fuego crearía espacio para un acuerdo a largo plazo. La evidencia de los últimos doce meses sugiere que creó espacio para el endurecimiento. Israel ha tenido un año para consolidar el control sin los costos diplomáticos de una guerra a escala completa. Hamás ha tenido un año para reorganizarse entre los escombros. Ninguna tercera parte ha tenido la autoridad o la voluntad de imponer un cronograma.
Qué sucede después
La estructura del arreglo actual es inestable por diseño. Un alto el fuego sin aplicación, sin reconstrucción y sin proceso político no es un camino hacia la paz —es una pausa sin fecha de expiración ni condiciones adjuntas.
Si el patrón continúa, Israel mantendrá su control expandido indefinidamente, y Gaza se convertirá en un territorio bajo administración militar permanente con una población civil que no tiene a dónde más ir. Ese escenario eleva la probabilidad de violencia renovada desde dentro de Gaza misma, no de un enemigo externo sino de una población que ha aceptado un año de esto como normal.
Si hay un camino diferente, requeriría exactamente lo que ha faltado durante doce meses: una fuerza internacional con mandato, dinero de reconstrucción con attached strings a la gobernanza palestina, y un marco político que trate el futuro de Gaza como negociable en lugar de predeterminado.
Ninguna de esas condiciones está en el horizonte. El alto el fuego se ha mantenido en el sentido de que la guerra no ha retornado completamente. Pero no se ha mantenido en ningún sentido productivo significativamente. Es una tregua que se ha convertido en una situación —y las situaciones, a diferencia de los acuerdos, tienden a desmoronarse cuando el mundo deja de mirar.