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Cómo el plan de la extrema derecha alemana busca redefinir la identidad alemana

Hans-Thomas Tillschneider está redactando el programa de gobierno de AfD para Sajonia-Anhalt, y parece una revolución cultural envuelta en patriotismo. ¿Qué ocurre cuando el partido que califica la反省 alemán nazi de "culto a la culpa" toma el control de los ministerios de educación y cultura de un estado?

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El zombie en la sala

Hans-Thomas Tillschneider describe el pasado nazi de Alemania como un zombie: una entidad entre muerta y viva que se niega a permanecer enterrada y debilita a los alemanes. No dice querer que los alemanes lo olviden. Pero sus ideas, si se implementan, harían exactamente eso al drenar la actualidad de su urgencia.

Tillschneider, de 48 años, es el arquitecto intelectual de la AfD en Sajonia-Anhalt. Redactó el programa electoral de gobernanza para las elecciones estatales del 6 de septiembre. Si la AfD gana —y las encuestas sugieren que está cerca de lograr una mayoría absoluta—, es probable que dirija un ministerio encargado de escuelas y financiación cultural. Eso le daría más poder sobre la memoria alemana que cualquier figura de extrema derecha en la historia posterior a la guerra del país.

Un revolucionario inesperado

No se parece a un hombre desmantelando la cultura de conmemoración de Alemania. Nacido en Rumania durante la Guerra Fría, en una minoría de habla alemana, educado en Alemania Occidental, posee un doctorado en hermenéutica jurídica islámica y publicó un libro sobre el tema antes de volcarse a la política. En la universidad, declaró a entrevistadores que eligió los estudios islámicos porque eran extraños e inhabituales. Después, tras mudarse al este de Alemania, llegó a retratar al Islam como incompatible con la sociedad alemana.

Esa trayectoria —de académico curioso a nacionalista cultural— es la senda característica de la Nueva Derecha, la red de intelectuales radicales que reinventan ideas extremistas en un lenguaje digerible. Tillschneider estuvo asociado con Der Flügel, la facción más extremista de la AfD, junto con Björn Höcke, quien en 2017 llamó al memorial del Holocausto de Berlín “monumento de la vergüenza” y exigió un giro de 180 grados en la política de memoria. La facción se disolvió formalmente en 2020. Sus miembros solo han ganado más influencia.

El plan maestro

El programa de gobierno que Tillschneider autógrafó es inequívoco. Propone desplazar el énfasis en la educación histórica lejos de la era nazi. Pide recortar la financiación al “arte antialemán”. Avanza una estrategia de “turismo patriótico” para el estado. Promete financiar y restaurar monumentos que “honren los sacrificios de los soldados” en ambas guerras mundiales, de forma equilibrada, “sin juicios políticos mezquinos”.

La frase “más Bismarck, menos Hitler” apareció recientemente en el programa y desde entonces fue retirada: una retirada táctica, no un cambio de convicción. En un festival familiar de la AfD en Querfurt, Tillschneider expuso la lógica con claridad: el pasado nazi debería permanecer en los libros de texto, pero como algo distante, estudiado por su “otredad” en lugar de sentirse como un peso moral vigente.

“Solo porque algo ya no esté presente —dijo—“no significa que se olvide”.

Lo que está describiendo no es olvido. Es relegación.

La falla de Alemania Oriental

Este proyecto arraiga en la ex Alemania Oriental por una razón. Mientras Alemania Occidental emprendía su titubeante balance con el nazismo, la narrativa oficial de la RDA declaraba que el fascismo había sido vencido allí —y que, en todo caso, era producto del capitalismo occidental. Cuando cayó el Muro de Berlín, muchos alemanes del Este experimentaron la cultura de la memoria de Alemania como una imposición occidental, una forma de dominación cultural que se prolongó mucho tiempo después de la reunificación.

Tillschneider abraza este agravio. Los alemanes del Este, argumenta, han ganado perspectiva histórica mediante la revolución pacífica y el colapso de su propio sistema. Los alemanes del Oeste, en cambio, han estado “cocinando en el mismo caldo durante 80 años”.

El sentimiento es generalizado entre los votantes de la AfD en la región. En el festival de Querfurt, una mujer me contó que ya estaba cansada de ser obligada a cargar con culpa por crímenes que no cometió. Otra, un trabajador ferroviario de unos 50 años con una camiseta que decía “Amor a la patria no es un crimen”, afirmó que cualquiera que exprese orgullo por Alemania es inmediatamente tachado de nazi. Muchos asistentes citaron el declive económico, la política de refugiados y la negativa del gobierno a aceptar gas ruso barato como sus razones principales para votar AfD. Pero Tillschneider trata todo esto como síntomas de una sola enfermedad: una “identidad fracturada” producida por décadas de lo que él llama pensamiento antialemán.

Quién gana, quién pierde

Si la AfD forma gobierno en Sajonia-Anhalt, los ganadores serán las instituciones y narrativas que refuercen una versión nacionalista, cargada de etnicidad, de identidad alemana. Los monumentos a los soldados caídos recibirán apoyo estatal. Los planes de estudio de historia se reescribirán para privilegiar los logros alemanes —Bismarck, innovación industrial, avances médicos— sobre los crímenes alemanes. La financiación cultural se desviará de las obras consideradas antialemanas.

El Bauhaus, fundado en Weimar a apenas kilómetros de Querfurt, es la víctima obvia. Sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO y realización cumbre de la arquitectura modernista, el movimiento fue denunciado por el régimen nazi como “degenerado” y clausurado en 1933. Hoy es símbolo de una cultura alemana cosmopolita e internacionalmente conectada —justamente el tipo de cosmopolitismo que rechaza la extrema derecha. Llamarlo “arte antialemán” sería una inversión grotesca, pero esa es la dirección del camino. Cualquier institución que encarnе pluralismo, modernismo o internacionalismo queda vulnerable bajo un ministerio moldeado por la visión del mundo de Tillschneider.

Perderán los estudiantes de Sajonia-Anhalt, que recibirán una versión más estrecha y mitificada de su historia. Perderán las instituciones culturales que no puedan o no quieran performaer patriotismo. Perderá también el consenso ya frágil de Alemania de que el pasado nazi exige un balanceo continuo e intrusivo.

La señal europea

Lo que ocurra en Sajonia-Anhalt importa más allá de Alemania. El enfoque de la AfD demuestra un nuevo manual para la extrema derecha europea: no niegue las atrocidades de forma explícita. No pida la destrucción de los monumentos. En su lugar, reformule la narrativa tan thoroughly que la conmemoración se vuelva opcional, diluida, un hilo más entre muchos en un tapiz de orgullo nacional.

Así es como los purgas culturales triunfan sin parecer purgas. No quemas los libros. RecORTAS el presupuesto de la biblioteca. No prohibes el museo. Rediriges las subvenciones. sostienes conferencias de prensa celebrando la herencia alemana y dejas que las implicaciones hablen por sí mismas.

El húngaro Viktor Orbán ha practicado esto durante años. El gobierno polaco ha seguido el ejemplo. La innovación de la AfD consiste en hacerlo dentro del país donde un proyecto así era impensable —dentro de Alemania misma, donde el acuerdo de posguerra se construyó sobre la convicción de que el orgullo nacional sin rendición de cuentas histórica era precisamente el camino hacia la catástrofe.

La elección que podría cambiarlo todo

Las elecciones del 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt no son un referéndum sobre la democracia. Son un referéndum sobre qué pasado gobernará el futuro del país. Ulrich Siegmund, el candidato principal de la AfD y posible primer ministro, agradeció públicamente a Tillschneider por dedicar “cientos de horas” al manifiesto. “Lo necesitaré durante los próximos cinco años”, dijo. “Estamos haciendo historia juntos”.

El sol se levanta en el este, añadió Siegmund. Pero brillará sobre toda Alemania.

Si eso ocurre, la pregunta ya no será si los alemanes recuerdan el pasado nazi. Será si lo recuerdan como una advertencia —o como un capítulo cerrado, enterrado bajo décadas de celebración patriótica.