La vigilancia de Corea sobre los chips de memoria: cómo un fallo de una arrocera japonesa se convirtió en una advertencia
Un periódico coreano rastrea un drama tecnológico geopolítico a través de Akio Morita, fundador de Sony, cuyo enfoque de la tecnología estadounidense de transistores ayudó a desplazar la dominancia de los semiconductores de EE. UU. La historia se lee en Seúl como un espejo para Samsung y SK Hynix.
El titular que no trata sobre arroceras eléctricas
Un diario coreano publicó esta semana una nota sobre un empresario japonés cuyo negocio de arroceras eléctricas fracasó antes de que apostara todo por los transistores y ayudara a desmantelar el monopolio estadounidense en el mundo de los semiconductores. El subtexto, evidente para cualquier lector en Seúl, es que los gigantes coreanos de los chips de memoria —Samsung Electronics y SK Hynix— ahora se enfrentan al mismo tipo de disrupción que sufrieron los estadounidenses en la década de 1980.
La historia gira en torno a Akio Morita, cofundador de Sony, y remonta su origen a la América de los años cincuenta, cuando Bell Labs inventó el transistor y AT&T no vio ningún uso comercial inmediato para él más allá de los audífonos. Morita voló a Estados Unidos, licenció la tecnología y construyó una radio portátil que los consumidores japoneses devoraron. Texas Instruments desarrolló primero el circuito integrado e intentó entrar en el mercado de las minicalculadoras, solo para ver cómo Sharp se adelantaba gracias a un mejor marketing y una estrategia de precios más agresiva.
La moraleja, tal como la enmarca el artículo coreano, es que las empresas estadounidenses ostentaban las patentes fundamentales pero perdieron la carrera armamentista en el mercado de consumo. Japón ganó al tratar los transistores no como curiosidades militares, sino como bloques de construcción para productos que la gente común deseaba.
Qué hay de real en la narrativa
Los hechos aquí son en su mayor parte sólidos. Morita sí licenció la tecnología de transistores de AT&T en 1953, después de que la compañía descartara la oportunidad. El TR-55 de Sony, lanzado en 1955, estuvo entre los primeros radios de transistores exitosos comercialmente tanto en Estados Unidos como en Japón. Sharp sí superó a Texas Instruments en el mercado de las calculadoras electrónicas pequeñas a finales de la década de 1950. El dominio de Japón en los chips de memoria DRAM alcanzó su punto máximo a mediados de los años ochenta, con empresas como Toshiba y NEC produciendo chips que las firmas estadounidenses no podían igualar en precio ni en rendimiento.
La fuente también cita el libro Chip War de Chris Miller, el cual documenta que Fairchild Semiconductor destinaba el 4,5 % de sus ingresos totales y Texas Instruments el 3,5 % en pagos de regalías a Japón durante el apogeo de esa era. Western Electric cobraba pagos similares de los licenciatarios japoneses. No se trataba de sumas triviales: representaban un flujo constante de riqueza desde los innovadores estadounidenses hacia los fabricantes japoneses que transformaban esas innovaciones en productos a gran escala.
La interpretación del artículo sobre la política estadounidense es más discutible, pero precisa en su dirección. Washington inicialmente subestimó la capacidad técnica japonesa de posguerra, en parte porque la estrategia estadounidense buscaba mantener a Japón económicamente contenido después de la Segunda Guerra Mundial. La guerra de Corea invirtió ese cálculo: Japón se convirtió en un aliado de la Guerra Fría que valía la pena reconstruir. Para la década de 1970, los responsables de política estadounidenses estaban tomando una decisión calculada: permitir el acceso de Japón a la tecnología estadounidense a cambio de alineación estratégica, aun cuando las empresas japonesas acumulaban suficiente know-how para competir frontalmente en semiconductores.
El texto coreano se corta en la oración más consequential —aquella que explicaría exactamente a qué cambio de política de los años setenta se refiere el autor—, por lo que ese detalle permanece no confirmado con esta fuente por sí sola.
El punto no dicho de la historia
¿Por qué un periódico coreano publica ahora esta historia en particular? La respuesta se encuentra en lo que ambos lados del Estrecho de Tsushima están sintiendo en este momento.
Corea del Sur produce aproximadamente la mitad de la oferta mundial de DRAM. Samsung y SK Hynix dominan un segmento de mercado que las empresas japonesas alguna vez detentaron por completo. Estados Unidos, a través de la CHIPS Act y la coordinación aliada con Japón y Países Bajos, intenta reconstruir su propia capacidad de fabricación y reducir la dependencia de las fab coreanas para memoria avanzada: precisamente el patrón que se desplegó contra Japón en la década de 1980, solo al revés.
Leída desde Seúl, la historia de Morita no es nostalgia. Es una advertencia disfrazada de biografía. La secuencia es conocida: una empresa estadounidense inventa algo, una empresa japonesa la licencia a bajo costo, la empresa japonesa construye mejores productos a menor precio, la empresa estadounidense pierde cuota de mercado, y para cuando Washington despierta, la brecha competitiva se ha ampliado más allá de una reparación fácil.
La revolución de hoy es que los roles han girado. Corea ocupa ahora el asiento que Japón ocupaba: el productor dominante de chips de memoria con profunda experiencia en manufactura que las empresas estadounidenses no pueden replicar con facilidad. China ejerce presión de la manera en que Estados Unidos lo hizo en su día, mediante controles de exportación, restricciones de inversión y competencia respaldada por el Estado. Japón es simultáneamente un rival en ciertos segmentos y un aliado estratégico en otros.
El problema de la arrogancia
La observación más aguda del artículo coreano versa sobre la sobreconfianza estadounidense, no sobre el brillantez japonesa. Las empresas estadounidenses no perdieron solo por la superioridad técnica japonesa. Perdieron porque se convencieron de que la rivalidad era imposible: de que Japón siempre pagaría regalías, siempre permanecería dependiente, siempre se mantendría en el extremo低端 de la cadena de valor.
Esa convicción se reforzaba con el propio flujo de ingresos por licencias. Cada pago de regalías de Sony, Sharp y Toshiba a Fairchild, TI y Western Electric parecía prueba del vigor estadounidense. No lo era. Era una señal de que las empresas estadounidenses estaban cobrando peajes en lugar de construir fosos.
Morita lo entendió de forma instintiva. Como señala el artículo, creía que las empresas japonesas deberían crear mercados en lugar de perseguir encuestas de consumidores: una filosofía que impulsó la radio de transistores, el Walkman y la PlayStation mucho antes de que alguien se preguntara si la gente los deseaba.
La implicación coreana es directa: Samsung y SK Hynix deben guardarse de la misma complacencia institucional que consumió a las empresas estadounidenses de semiconductores en los años setenta y ochenta. El peligro no es solo la competencia extranjera. Es la creencia de que el dominio actual se renueva por sí solo.
Qué sigue
Estados Unidos ya no está cometiendo el mismo error de política dos veces. La CHIPS Act, los controles de exportación sobre equipo avanzado de semiconductores y el impulso por relocalizar la fabricación representan un esfuerzo concertado para prevenir ese tipo de erosión gradual que derrotó el liderazgo estadounidense en chips de memoria. La pregunta es si esas medidas pueden tener éxito donde falló el enfoque de los años setenta.
Para Corea, la lección tiene menos que ver con la política y más con la actitud. Las empresas que lideran los mercados de chips de memoria lo hacen invirtiendo fuertemente en innovación de procesos, tolerando márgenes ajustados durante ciclos de expansión capital intensiva y tratando cada punto de inflexión tecnológico como una oportunidad, no como una certeza.
El marco que usan los medios coreanos, que presenta el fracaso de Morita con las arroceras eléctricas como preludio de un triunfo en semiconductores, no es accidental. Es un atajo cultural para una historia que las industrias tecnológicas de Asia Oriental se cuentan a sí mismas una y otra vez: el perdedor que se convierte en ganador al ver más lejos, moverse más rápido y negarse a permitir que un desprecio estadounidense defina su techo.
Que esa narrativa siga vigente dependerá de cómo Corea gestione el próximo ciclo de disrupción —desde las arquitecturas de transistores GAA hasta eventuales avances chinos en memoria de nodos legacy—. El pasado es instructivo. Pero no garantiza el futuro.