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La muerte de Kusama cierra una era de la historia del arte

Yayoi Kusama falleció a los 97 años, cerrando un capítulo en el arte global. Su fama tardía revela cómo el mundo del arte falló a la artista viva más influyente durante décadas antes de celebrarla.

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El mundo del arte estaba equivocado. Kusama lo demostró.

Yayoi Kusama falleció en un hospital de Tokio el 14 de octubre. Tenía 97 años. El comunicado oficial de su sitio web señalaba que se había convertido en una de las artistas más estimadas y comercialmente exitosas del mundo. Esa formulación importa: reconoce lo que le tomó medio siglo admitir al establishment artístico.

Ella creó las Infinity Mirrored Rooms, aquellas instalaciones inmersivas donde luces de colores rebotan a través de espejos infinitos, atrayendo a millones en museos de todo el mundo. Creó esculturas de calabaza que han alcanzado los millones en subastas. Sus pinturas con puntos aparecían en galerías desde Hong Kong hasta Nueva York. Sin embargo, cuando llegó a Nueva York en 1958, a los 29 años, impulsando el expresionismo abstracto hacia algo radicalmente nuevo —happenings, arte de performance, protestas a lunares—, el establishment apenas prestó atención.

Andy Warhol se inspiró en ella. Donald Judd la consideraba una amiga. Pero ellos eran los iniciados. Ella seguía siendo la outsider: japonesa, mujer, que enfrentaba abiertamente su psicosis y se negaba a ocultar el origen de sus imágenes.

Una pionera que construyó el movimiento y luego fue borrada

Kusama nació en 1929 en una familia disfuncional. Durante la guerra, pasó su infancia cosiendo paracaídas para el ejército japonés mientras experimentaba alucinaciones vívidas: el mundo parecía cubierto de lunares. Esas visiones se convirtieron en su lenguaje visual. Estudió brevemente en una escuela de arte de Kioto y luego mantuvo correspondencia con Georgia O’Keeffe antes de trasladarse a Estados Unidos.

En Nueva York, explotó en la escena artística. Sus esculturas blandas, sus pinturas de redes y sus happenings antibélicos —incluyendo la famosa carta abierta de 1968 al presidente Nixon ofreciendo favores sexuales a cambio de poner fin a la guerra de Vietnam— la ubicaron en el centro del momento contracultural de esa década. Las galerías exhibían su trabajo. Los críticos escribían sobre ella.

Luego, lentamente, se desvaneció.

Alexandra Monroe, conservadora senior de arte asiático en el Guggenheim, escribió en 2018 que la identidad de Kusama como mujer de color de una potencia asiática derrotada, combinada con los elementos psicológicos incrustados en su obra, la excluyeron de la narrativa canónica del arte de vanguardia de los años sesenta. Los historiadores que escribieron esa historia tenían sus razones. Elegiron a otras figuras.

La larga espera

Kusama regresó a Japón a principios de los setenta. En pocos años, desapareció del panorama público. Se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico —donde continúa viviendo por elección propia— y mantuvo un pequeño estudio cerca. Siguió trabajando de forma obsesiva, a menudo sin bocetos previos, produciendo obra a un ritmo que parecía casi compulsivo.

Durante más de una década, a nadie le importó. Sus pinturas de los años cincuenta y sesenta permanecieron almacenadas o en colecciones privadas. El mundo del arte siguió adelante hacia el posmodernismo, el arte conceptual y nuevas voces que no compartían su trasfondo.

Luego, a finales de los años ochenta, todo cambió. Una retrospectiva en 1989 en el New York Cultural Center captó la atención. En 1993, fue seleccionada para representar a Japón en la Bienal de Venecia. Los críticos comenzaron a releer su obra anterior con ojos renovados, reconociendo que había anticipado movimientos que definirían décadas posteriores.

Su mercado la siguió. En mayo de 2022, su pintura temprana Untitled (Net) se vendió en subasta por aproximadamente 10,5 millones de dólares —cerca de 167 millones de yenes actuales. Eso estableció un récord para su obra. Solo en 2023, sus piezas alcanzaron una venta combinada de 190,5 millones de dólares en casas de subasta desde Hong Kong hasta Nueva York.

La fama tardía cambia la forma en que recordamos el trabajo temprano

El reconocimiento tardío de Kusama exige un balance. Cuando el establishment artístico finalmente se puso al día, lo hizo a través de mecanismos que ella nunca pidió: redes sociales, colaboraciones con marcas, exposiciones blockbuster diseñadas para multitudes turísticas. Sus Infinity Rooms se convirtieron en fenómenos de Instagram. Louis Vuitton colaboró con ella. Un documental de 2018, Kusama: Infinity, llevó su historia al público mainstream.

Esta no es una narrativa simple de victoria. Kusama trabajó durante décadas en aislamiento, mayormente reconocida, mientras pares menos conocidos recibían aclamación y apoyo institucional. Su fama tardía expone cuánto le perdió el mundo del arte —y cuánto continua perdiéndose cuando se trata de mujeres, artistas no occidentales y aquellos cuyo trabajo emerge de la enfermedad mental en lugar de modas intelectuales.

La escultura de calabaza en la isla de Naoshima, fotografiada por Kyodo News en octubre de 2022, ahora se erige como uno de los muchos monumentos a una artista que superó cada desprecio. A sus 97 años, había visto cómo sus visiones se convertían en obsesiones globales. Había observado cómo sus lunares se multiplicaban en productos de lujo, paredes de museos y redes sociales.

Lo que significa su fallecimiento ahora

El fallecimiento de Kusama cierra un capítulo que comenzó hace casi un siglo. Fue testiga de toda la trayectoria del arte contemporáneo desde afuera hacia adentro —desde su llegada a Nueva York durante el apogeo del expresionismo abstracto hasta su estatus como la artista viva más comercialmente exitosa de su generación. Vivió lo suficiente para ver que el establishment del que la excluyeron construyó museos en su honor.

Japón está procesando lo que significó su vida. Creció durante la guerra, huyó a un país que apenas la reconoció, regresó a un hogar que la dejó desaparecer y luego resurgió como un ícono global que llevaba la imaginería japonesa al mundo. Su historia no es solo sobre arte. Trata sobre quién se recuerda, quién se canoniza y quién tiene que esperar hasta la muerte para obtener reconocimiento pleno.

Las Infinity Mirrored Rooms permanecerán. Las calabazas seguirán apareciendo en espacios públicos. Su influencia seguirá ramificándose entre artistas que la citan como punto de partida. Pero la verdadera lección reside en la brecha entre cuándo creó y cuándo fue celebrada —una brecha que revela más sobre el mundo del arte que sobre su obra.

Ella siempre estuvo por delante. El mundo finalmente llegó. Luego se fue.