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La fractura de la alianza filipina y lo que significa para Washington

El arresto de la vicepresidenta Sara Duterte marca el violento desmantelamiento de la alianza política entre Marcos y Duterte, una ruptura que podría redibujar las alianzas estratégicas del sudeste asiático y poner a prueba la resiliencia de los compromisos de defensa de EE. UU. en el mar del Sur de China.

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La fractura que podría redibujar las alianzas de Asia

Una orden judicial de arresto contra la vicepresidenta filipina, Sara Duterte, no es solo un procedimiento legal. Es el síntoma más visible de un divorcio político que está desgarrando una de las alianzas de mayor calado en el sudeste asiático, y sus consecuencias ya se dejan sentir a través del Pacífico.

Duterte enfrenta cargos por amenazar con asesinar al presidente Ferdinand Marcos Jr., a su esposa y al expresidente de la Cámara, Martin Romualdez. La amenaza surgió durante una conferencia de prensa en línea en 2024, donde Duterte advirtió que si ella era asesinada, esas tres personas deberían ser muertas por un asesino a su vez. Después se retractó, afirmando que se trataba de una preocupación por su propia seguridad y no de una amenaza literal. Un abogado confirmó que tiene la intención de prestar fianza y luchar contra los cargos a través del sistema judicial.

Pero las apuestas van mucho más allá del derecho penal. Duterte ya había sido destituida por la Cámara en mayo por los mismos cargos, sumados a acusaciones de riqueza inexplicable y mal uso de fondos confidenciales del Estado. Su juicio en el Senado, que comenzó en julio, podría terminar con su carrera política por completo. Una condena la inhabilitaría de manera permanente para ejercer cargos públicos, incluida la carrera presidencial de 2028, en la que se la daba como candidata segura.

La alianza que no estaba destinada a durar

Marcos y Duterte se presentaron en las elecciones de 2022 como compañeros de fórmula en lo que analistas calificaron como una fusión fulminante de dos de las dinastías políticas más formidables del país. Marcos aportaba el aparato político de la élite del Partido Liberal y la profunda base norteña de la familia Marcos. Duterte traía consigo el sur de Filipinas: su padre, el expresidente Rodrigo Duterte, había gobernado el sur con puño de hierro durante seis años y comandaba un electorado leal y movilizado.

La alianza siempre fue inestable. Rodrigo Duterte se había posicionado como un populista antioccidental que amenazaba con romper vínculos con Estados Unidos y girar hacia China y Rusia. Marcos, por su parte, heredó una política exterior más cautelosa y rápidamente movilizó un recalibrage hacia Washington tras asumir el cargo.

Para finales de 2023, la grieta ya era pública y brutal. Duterte acusó a Marcos de incumplir las promesas de campaña. Marcos respondió purgando a aliados de Duterte de su gabinete. El rechazo de la vicepresidenta a condenar la agresión china contra buques y pescadores filipinos en el mar de China Meridional se convirtió en un punto de chispa simbólico, una divergencia silenciosa pero deliberada de la postura proestadounidense del gobierno.

Lo que esto significa para Washington

La alianza Marcos-Duterte siempre fue un ejercicio de equilibrio entre dos visiones irreconciliables sobre el lugar de Filipinas en el mundo. Marcos ha pasado su presidencia profundizando la cooperación de defensa con Estados Unidos, ampliando el acceso a bases filipinas bajo el Acuerdo de Cooperación para el Fortalecimiento de la Defensa, y enfrentándose públicamente a las crecientes pretensiones marítimas de China. El padre de su predecesor, Rodrigo Duterte, cultivó relaciones cálidas con Xi Jinping y Vladimir Putin mientras amenazaba periódicamente con denunciar el Tratado de Defensa Mutua entre Filipinas y EE.UU.

El arresto de Duterte coloca a Washington en una posición difícil. Por un lado, la alineación del gobierno actual con los intereses estratégicos de EE.UU. es un alivio. Por otro, una Duterte condenada —o incluso políticamente devastada pero legalmente inocentada— podría reconfigurar las elecciones de 2028 de maneras que sacudan a Filipinas nuevamente de la órbita de Washington. La pregunta ya no es si la alianza se fracturará. Es quién hereda los escombros y qué hace con ellos.

La imagen más amplia: una región que observa

Filipinas no es un caso aislado. En todo el sudeste asiático, las instituciones democráticas están siendo puestas a prueba por líderes carismáticos de mano fuerte, la weaponización de la justicia y la tensión entre los vínculos económicos con China y los de seguridad con Estados Unidos. Tailandia, Myanmar y Camboya han vivido momentos en los que los procesos legales contra rivales políticos se transformaron en instrumentos de consolidación del régimen. Los procedimientos de destitución y arresto en Filipinas son observados de cerca por capitales que van desde Pekín hasta Tokio y Canberra.

El comportamiento de China en el mar de China Meridional se ha vuelto más agresivo bajo Marcos, con repetidos ataques con cañones de agua contra buques de reabastecimiento filipinos y pescadores cerca de los bancos de Scarborough y del Segundo Bajo Thomas. La reticencia del campo de Duterte a condenar esas acciones ha sido interpretada en el extranjero como una señal de que un retorno a la era de Rodrigo Duterte implicaría un enfriamiento significativo de la relación de defensa de Manila con Washington.

Quién gana, quién pierde

En este momento, Marcos y sus aliados tienen la ventaja institucional. Controlan la Cámara, fijaron el calendario de la destitución y los tribunales parecen dispuestos a atender los cargos. Pero las victorias políticas raramente son permanentes en Filipinas. Duterte aún comanda una base electoral leal en el sur, y su padre permanece como una figura simbólica potente, incluso desde una celda en La Haya, donde enfrenta un juicio en la CPI por crímenes contra la humanidad relacionados con las ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo durante su guerra contra las drogas.

Si Duterte es condenada e inhabilitada, Marcos obtiene un camino claro hacia un vicepresidente afín y potencialmente una coalición gobernante más unida. Si es absuelta o escapa a la condena por tecnicismos legales, surge como una figura mártir con un sendero despejado hacia 2028, y la política exterior de Filipinas gira bruscamente de nuevo.

Lo que sigue

El futuro inmediato es incierto. El equipo legal de Duterte ha indicado que prestará fianza y continuará luchando contra los cargos. Se espera que el juicio de destitución en el Senado continúe durante todo el año. Mientras tanto, el juicio de Rodrigo Duterte en la CPI está programado para el 30 de noviembre, sumando otra capa de drama a un escenario político ya volátil.

Para Washington, la aritmética es simple pero incómoda: una Filipinas estable es un socio confiable. Una Filipinas consumida por la guerra política interna es un socio que podría o no honrar sus compromisos cuando más importa. El arresto de Sara Duterte no es el fin de una disputa política. Es la jugada inicial de un concurso que definirá la dirección de Filipinas para la próxima década, y con ello, el mapa estratégico del Indo-Pacífico.