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Corea del Norte tensiona los lazos de defensa entre Japón y Corea del

La nueva serie de misiles balísticos de Pyongyang, tras la prueba hipersónica de Seúl, profundiza un peligroso ciclo de escalada que podría impulsar una mayor coordinación defensiva entre Tokio y Seúl o revelar las grietas dejadas por la diplomacia de Trump.

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La racha de misiles de Corea del Norte pone a prueba los lazos de defensa entre Japón y Corea del Sur

Corea del Norte disparó el lunes múltiples misiles balísticos hacia sus aguas orientales, lanzándolos desde las proximidades de Pyongyang —la misma zona donde en los últimos años ha usado su aeropuerto como principal sitio de lanzamiento. El movimiento, confirmado por el Estado Mayor Conjunto de Corea del Sur y por el Ministerio de Defensa de Japón, añade otro capítulo a una racha prolongada de pruebas de armas que no da señales de frenarse.

Lo que hace relevante este momento no son solo los misiles en sí, sino lo que revelan sobre el cambio en el equilibrio de poder en el este de Asia y la tensión que ejercen sobre la arquitectura de seguridad construida desde la Guerra Fría.

Un ciclo de escalada

El calendario es significativo. El lanzamiento norcoreano se produjo días después de que Corea del Sur realizara una prueba de vuelo de su primer arma hipersónica de desarrollo doméstico —un sistema diseñado para viajar al menos cinco veces la velocidad del sonido y evadir las arquitecturas existentes de defensa antimisil. El presidente Lee Jae Myung calificó la prueba como un paso importante para fortalecer las capacidades de defensa convencional de Corea del Sur.

Pyongyang respondió al mismo tono. El 3 de octubre probó lo que describió como un misil intermedio hipersónico capaz de penetrar las defensas de Corea del Sur y Japón. El lanzamiento del lunes se enmarca en el mismo patrón: un intento de demostrar capacidad y enviar un mensaje claro a Seúl y Tokio de que no pueden depender de sistemas de defensa estáticos para garantizar su seguridad.

El círculo ahora se retroalimenta. Cada prueba invita a una respuesta; cada respuesta justifica otra prueba, y la diplomacia —ya congelada— se desvanece aún más en segundo plano.

Las explosiones de minas

Las tensiones llevaban meses caldeándose, pero se agudizaron el mes pasado cuando tres soldados surcoreanos resultaron heridos en explosiones de minas terrestres cerca de la fuertemente armada frontera entre las dos Coreas. El ejército surcoreano y el Mando de las Naciones Unidas, liderado por Estados Unidos, concluyeron que los dispositivos habían sido plantados por Corea del Norte. Pyongyang negó toda responsabilidad y se burló de las exigencias de Seúl de una disculpa.

El incidente puso al descubierto una brecha que Corea del Norte ha estado ensanchando: la frontera sigue siendo una zona activa, y la ausencia de cualquier canal de comunicación entre las dos capitales significa que no hay forma de desescalar incluso provocaciones menores antes de que se desenreden.

Kim Jong Un ha paralizado toda la diplomacia y cooperación con Corea del Sur desde hace años, describiendo a su vecino como un enemigo permanente. Hasta ahora ha rechazado los acercamientos del presidente Donald Trump para reactivar las negociaciones —que se rompieron en 2019—, exigiendo que Washington abandone su “política hostil” y deje el desarmamento nuclear como condición previa. Ninguna de las dos partes ha cedido.

El dilema de Seúl

Para el presidente Lee, el cálculo se vuelve cada vez más incómodo. Prefiere el acercamiento con Corea del Norte y ha templado su retórica incluso mientras crece la ira pública por las explosiones de minas. Pero la racha de misiles balísticos lo fuerza a elegir: apostar con mayor firmeza por una diplomacia que parece no llevar a ninguna parte, o inclinarse hacia una línea más dura que arriesga una mayor escalada.

Lee ha intentado transitar por un camino intermedio. Ha pedido fortalecer las defensas convencionales de Corea del Sur mientras reduce la dependencia de Estados Unidos —una señal de que Seúl ya está pensando en cómo sería un mundo sin cobertura estadounidense garantizada. Ese razonamiento se volvió más urgente en agosto, cuando Washington decidió unilateralmente reducir un importante ejercicio militar junto a Corea del Sur. Trump justificó el recorte citando su “muy buena relación” con Kim, una afirmación que generó alarma entre el establishment de defensa de Seúl.

La reducción de ejercicios no fue solo un gesto simbólico. Los entrenamientos conjuntos son la columna vertebral de la interoperabilidad entre las fuerzas surcoreanas y estadounidenses, y reducirlos envía el mensaje de que el compromiso estadounidense de disuasión extendida en la región podría ser más transaccional que estructural.

El factor Japón

El Ministerio de Defensa de Japón confirmó que al menos dos de los misiles del lunes cayeron fuera de su zona económica exclusiva, pero la trayectoria de los lanzamientos norcoreanos cada vez más pone el territorio japonés al alcance de sistemas más avanzados. El misil intermedio hipersónico probado el 3 de octubre fue diseñado explícitamente para evadir las defensas de Corea del Sur y Japón —un objetivo dual que señala la conciencia de Pyongyang del vínculo estratégico entre ambos aliados.

Tokio y Seúl han avanzado hacia una coordinación de defensa más estrecha en los últimos años, impulsados en parte por la amenaza norcoreana compartida. Pero la dinámica actual complica esa trayectoria. Si Seúl percibe que Estados Unidos se retira de sus compromisos de seguridad, podría buscar vínculos bilaterales más profundos con Japón —o priorizar una postura de defensa más independiente que podría tensar el marco de la alianza.

El resultado opuesto también es posible: una provocación norcoreana lo suficientemente grave como para desencadenar una respuesta unificada de ambas capitales podría acelerar una integración defensiva de maneras que preocupan a Beijing y alteran el equilibrio estratégico en el Pacífico Occidental.

Qué sigue

El riesgo inmediato es la escalada incremental. Corea del Norte tiene todo el interés en continuar probando mientras no enfrente consecuencias y mientras la diplomacia permanezca estancada. Corea del Sur y Japón tienen todo el interés en responder con su propio fortalecimiento de capacidades, lo que a su vez valida la narrativa de Pyongyang sobre la amenaza externa.

El riesgo estructural es más preocupante. La decisión de Estados Unidos de reducir los ejercicios en agosto sugiere que la disuasión extendida en Asia Oriental podría ser más condicional de lo que han asumido los aliados. Si Seúl y Tokio concluyen que las garantías de seguridad estadounidenses no son confiables, la región podría entrar en una nueva fase de carrera armamentista —una en la que ambos países persiguen de manera independiente sistemas de entrega con armamento nuclear, armas hipersónicas y arquitecturas de defensa antimisil que antes estaban fuera de la mesa.

Ese escenario marcaría un cambio fundamental. También haría que el ciclo actual de pruebas de misiles se sintiera menos como juego del abismo y más como los movimientos iniciales de un nuevo orden regional.

Por ahora, los misiles siguen volando. Pyongyang lanza. Seúl prueba. Japón monitoriza. Washington observa. Y los canales diplomáticos permanecen cerrados.