El arrepentimiento de Arabia Saudí en Yemen
La decisión de Arabia Saudí de reanudar la guerra a gran escala en Yemen ha entregado a los hutíes una victoria que no pudieron lograr mediante la diplomacia. El movimiento fortalece la legitimidad hutí, socava la estrategia estadounidense y arriesga arrastrar a Riad a un conflicto que no puede ganar.
Los houthis ganan tanto si luchan como si negocian
Arabia Saudita volvió a entrar en guerra en Yemen en octubre de 2026, y el resultado era casi predecible: los houthis mantuvieron la costa, el gobierno ampliamente reconocido internacionalmente titubeó, y Riyadh se encontró dependiendo de socios extranjeros que apenas podía controlar.
El 10 de septiembre, las fuerzas hutíes tomaron tramos clave del litoral del Mar Rojo en Yemen, incluido el territorio alrededor del estrecho de Bab al-Mandab, el punto de estrangulamiento por el que pasa una parte significativa del petróleo mundial. A principios de octubre, las fuerzas gubernamentales respaldadas por Arabia Saudita habían comenzado a recuperar parte de ese territorio, pero el daño a la credibilidad saudita fue inmediato. Francia envió tropas a Yanbu para proteger la infraestructura energética. Pakistán ya había desplegado entre 30.000 y 40.000 efectivos en Arabia Saudita el año anterior. Estados Unidos se negó a reanudar los ataques aéreos contra posiciones hutíes. El Reino Unido aceptó reabastecer de combustible a las aeronaves sauditas sobre Yemen. Nada de esto cambia el hecho de que el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC), el mandatario elegido por Riyadh, no pudo repeler una ofensiva hutí sin ayuda exterior: un signo de deterioro institucional más que de fracaso táctico.
El mensaje más amplio es más simple e incómodo: cada camino que Arabia Saudita ha recorrido en Yemen desde 2015 ha producido el mismo resultado, con distintos actores llevando la culpa.
Lo que el bombardeo del aeropuerto desató realmente
El evento detonante no fue ningún ataque repentino de los hutíes. Ocurrió el 13 de julio de 2026, cuando un avión civil iraní que transportaba una delegación hutí, asistentes al funeral del ayatolá Ali Khamenei, intentó aterrizar en el aeropuerto internacional de Sanaa. La pista fue bombardeada. El Consejo de Liderazgo Presidencial de Yemen asumió la responsabilidad. Los hutíes culparon a Arabia Saudita. El avión se vio obligado a aterrizar en Hodeida.
Cuatro días después, los hutíes anunciaron un bloqueo contra Arabia Saudita, dirigido a las exportaciones de petróleo a través del estrecho. La tregua que se mantenía desde abril de 2022 había terminado.
Pero la tregua ya estaba deshilachándose. En junio de 2026, el líder hutí Abdul Malik al-Houthi pronunció un discurso que enmarcaba el conflicto en términos puramente yemeníes: no como solidaridad con Gaza ni alineación con Teherán, sino como una guerra contra once años de agresión saudita. Esta fue una recalibración deliberada. El giro previo del grupo hacia la causa palestina había elevado enormemente su perfil y reclutado combatientes, pero también había atraído devastadores ataques aéreos de Israel y Estados Unidos. Israel asesinou a varios ministros del gabinete hutí en agosto de 2025, incluido el primer ministro. Los hutíes habían pausado su campaña contra Israel tras el compromiso declarado de Netanyahu de un cese al fuego en octubre de 2025, aunque Israel continuaba con violaciones diarias. Estaban cubriéndose: intentando mantenerse relevantes sin invitarse al aniquilamiento.
El ataque al aeropuerto de Sanaa cambió completamente los cálculos. Dio a los hutíes un agravio que podían convertir en arma contra su adversario saudita, en lugar de contra el israelí o el estadounidense. Y dio a Riyadh una apertura que no podía resistir: la oportunidad de recuperar la iniciativa mediante la fuerza.
La apuesta de los emiratíes y sus consecuencias
Quizás el movimiento más trascendente en esta cadena de eventos ocurrió meses antes de los combates actuales: la retirada de los Emiratos Árabes Unidos de Yemen en enero de 2026, bajo presión directa de Arabia Saudita.
Hasta entonces, los emiratíes habían sido el principal respaldo del Consejo de Transición del Sur, el movimiento secesionista que controlaba amplias extensiones del sur de Yemen. El presidente del CTC, Aidarous al-Zubaidi, formaba parte del PLC. El arreglo era desordenado y contradictorio: un separatista meridional al frente de un órgano que supuestamente preservaba la unidad de Yemen, pero mantenía cierto equilibrio dentro de la coalición antihutí.
En diciembre de 2025, el CTC de pronto tomó territorio en el este de Yemen, junto a la frontera saudita, en las provincias de Hadramawt y al-Mahra. Arabia Saudita respondió bombardeando buques emiratíes que transportaban armas e insistiendo en que los emiratíes se retiraran por completo. El CTC se disolvió. Al-Zubaidi huyó a los Emiratos. El PLC lo depuró a él y a sus aliados.
El resultado no fue un gobierno yemení más fuerte, sino uno vaciado. Los separatistas del sur, que habían apoyado discretamente al PLC con la esperanza de una independencia futura, ahora se sentían abandonados. Las Fuerzas de Resistencia Popular (PLA), privada de su socio local más eficaz, enfrentó el avance hutí con lo poco que le quedaba de capacidad interna: e insuficiente.
Arabia Saudita eliminó a un competidor en el manejo de influencias y ganó un campo más despejado. Pero el campo seguía siendo Yemen, y Yemen es un país donde los actores externos descubren rutinariamente que el control es una ilusión.
Las tres opciones, y por qué solo una es viable a largo plazo
Riyadh enfrenta actualmente tres alternativas. La primera es persistir por la ruta militar: continuar respaldando al PLC, aceptar la dependencia de socios extranjeros y esperar que los hutíes se rompan. La segunda es cambiar el apoyo hacia el CTC u otras fuerzas del sur, apostando a que un Yemen meridional afín podría contener a los hutíes. La tercera es regresar a las negociaciones: el mismo marco establecido en diciembre de 2023, bajo el cual Arabia Saudita pagaría los salarios del sector público en territorio hutí, facilitaría las restricciones portuarias y aéreas, y aceptaría un papel hutí en un Estado yemení unificado.
La primera opción está fallando. La segunda es políticamente tóxica y estratégicamente cuestionable: un Yemen meridional independiente podría convertirse en una nueva carga, no en un amortiguador. La tercera es la que Riyadh parece más renuente a revisar, precisamente porque se parece a una rendición. Pero la evidencia sugiere que fue el único camino que alguna vez produjo un resultado duradero.
El acuerdo de diciembre de 2023 habría despojado efectivamente de poder al PLC, que dependía de subsidios sauditas y cobertura política. Eso lo hacía impresentable para los aliados de Riyadh dentro de Yemen. También implicaba aceptar el dominio hutí sobre gran parte del país, una realidad que los hutíes han consolidado independientemente de cualquier acuerdo.
El costo humano de una estrategia sin fin
Las cifras del ciclo bélico anterior son lo suficientemente escalofriantes como para servir de advertencia. Entre 2015 y 2022, el bloqueo y la campaña militar de Arabia Saudita contribuyeron a la muerte de decenas de miles de niños por hambre y enfermedad. Los hutíes, asimismo, han sido documentados utilizando soldados menores en tasas significativamente más altas que otras facciones. Han detenido a cientos de activistas, periodistas y figuras de la sociedad civil. Han desviado ayuda humanitaria y secuestrado o atacado a trabajadores humanitarios, acusándolos de espionaje. Múltiples organizaciones humanitarias han suspendido operaciones en territorio controlado por los hutíes como resultado.
Estas no son violaciones abstractas. Son la realidad diaria de millones de yemeníes que ya están al borde de la supervivencia.
Lo que hace que la actual escalada sea especialmente peligrosa es que los hutíes se han fortalecido durante los años de relativa tranquilidad. Ahora fabrican armas dentro de Yemen, usando componentes suministrados por Irán y, según informes, herramientas como Claude, la plataforma de inteligencia artificial de Anthropic, para desarrollar municiones guiadas. Experimentaron con drones tipo barco ya en 2017 y se han mantenido a la vanguardia de la guerra asimétrica. El mismo conflicto que sobrevivieron los ha vuelto más difíciles de derrotar, no más fáciles.
Quién gana, quién pierde y qué sigue
Los hutíes ganan en cualquier medida de este episodio. Mantuvieron su costa del Mar Rojo a pesar de una respuesta militar saudita. Obligarono a una potencia extranjera a un reagrupamiento costoso y públicamente embarazoso. Demostraron que su narrativa —de que son los únicos defensores de la soberanía de Yemen contra la agresión extranjera— se sostiene incluso cuando se pone a prueba contra una coalición que incluye personal estadounidense, británico, francés y pakistání.
Arabia Saudita pierde credibilidad, recursos financieros y flexibilidad estratégica. Pierde al PLC como instrumento confiable. Pierde tiempo: tiempo que podría haberse dedicado a consolidar su posición en el Golfo o a perseguir la Visión 2030 sin el lastre de otra guerra imposible de ganar.
Estados Unidos pierde influencia. La negativa de Trump a intervenir directamente señala que Washington no reabrirá una campaña sostenida en Yemen mientras su atención está fija en otra parte. Ese vacío está siendo llenado por socios europeos y del sur de Asia, ninguno de los cuales tiene interés en el futuro de Yemen más allá de proteger a sus propios ciudadanos e infraestructura.
El resultado más probable no es una victoria decisiva para ninguno de los bandos, sino un conflicto prolongado y desgastante que drena los recursos sauditas, ancla el控制 hutí sobre la costa del Mar Rojo y deja que la población de Yemen soport
e el costo de una guerra que sirve a los intereses de todos excepto a los suyos.
Al Arabia Saudita aparentemente le parece que la diplomacia ha fracasado. La evidencia sugiere lo contrario: que la diplomacia fue la única herramienta que alguna vez estuvo cerca de funcionar, y que la fuerza militar solo ha empeorado el problema.