El debate por el golpe de Chun reaviva temores en Corea del Sur
La negativa de un legislador a que el ex dictador Chun Doo-hwan cometiera un golpe ha provocado una tormenta política, exponiendo fracturas sobre la verdad histórica y la responsabilidad democrática en Corea del Sur.
La chispa que encendió un polvorín
Cuando Kim Tae-gyu, miembro del conservador Partido del Poder Popular, apareció en una transmisión por YouTube el mes pasado, no planeaba desatar una crisis nacional. Al comentar la película de 2015 Assassination, que narra la resistencia de activistas coreanos a la dominación colonial japonesa, el presentador le hizo una pregunta aparentemente académica: ¿el alzamiento de 1979 del ex dictador Chun Doo-hwan contra el poder fue una «rebelión» (내란) o algo más? La respuesta de Kim fue tajante: «No lo creo». Añadió que calificarlo como un golpe de Estado definitivo era prematuro y que la evaluación histórica necesitaba mayor escrutinio.
En pocos días, el comentario se convirtió en un terremoto político. El gobernante Partido Democrático actuó con rapidez para presentar una moción disciplinaria que buscaba la expulsión de Kim de la Asamblea Nacional. El martes, la Comisión de Operaciones de la Asamblea votó por unanimidad —16-0— para avanzar con la resolución de expulsión. Sin embargo, los miembros del partido de la oposición salieron del recinto antes de la votación, tachando a los demócratas de partido de «silenciamiento verbal». El presidente de la comisión, Han Byung-do, no dudó en sus palabras: «Defender a quienes pisotearon el orden constitucional es un acto que renuncia voluntariamente a la cualificación como legislador».
Esto no es solo una disputa por las palabras de un político. Es un enfrentamiento crudo sobre la deuda pendiente de Corea del Sur con su pasado autoritario, y un recordatorio nítido de lo frágil que puede ser la verdad histórica cuando cambian las corrientes políticas.
¿Quién es Chun Doo-hwan y por qué importa?
Chun Doo-hwan llegó al poder mediante un golpe militar en diciembre de 1979, aprovechando el caos tras el asesinato del presidente Park Chung-hee. Su régimen reprimió con dureza toda disidencia, siendo más infame su orden de disparar contra civiles durante el Levantamiento de Gwangju en mayo de 1980. Tras una transición tambaleante hacia el gobierno civil, Chun fue juzgado, declarado culpable de rebelión y malversación, y condenado a muerte (pena luego conmutada a cadena perpetua). Falleció en 2021, pero su legado legal está resuelto: el Tribunal Supremo confirmó la condena por rebelión y los hechos quedaron consagrados en los libros de texto y en la ceremonia estatal.
El comentario de Kim Tae-gyu —sugerir que calificar las acciones de Chun como un «golpe de Estado» requería un debate histórico adicional— cuestionaba efectivamente ese consenso legal y moral. Para muchos coreanos, eso no es solo revisionismo; es un asalto al cimiento de la democracia que construyeron a gran costo.
La aritmética política de la expulsión
El camino hacia la expulsión es empinado. Según las reglas de la Asamblea Nacional, retirar a un legislador requiere dos tercios de la totalidad de los miembros —200 de cada 299. El Partido del Poder Popular cuenta con 109 escaños, muy por debajo de ese umbral. Sin deserciones del bloque gubernamental o apoyo de los partidos de la oposición, la resolución llegaría muerta al plenario. No obstante, el avance unánime en la Comisión de Operaciones indica una disposición a sondear las aguas políticas.
El procedimiento también exige un «período de deliberación» de 20 días, que Han Byung-do soslayó llevando el tema a votación de forma anticipada. Su justificación: «Si dejamos pasar esto sin censura, no podremos condenar a quienes cometieron intentos peligrosos de pisotear la democracia». El partido en el poder lo acusa de excederse en el procedimiento; la oposición lo ve como una urgencia necesaria.
Se complica el panorama con el hecho de que la Comisión Especial de Ética de la Asamblea, normalmente el primer paso en los procedimientos disciplinarios, permanece sin financiamiento e inactiva. La maquinaria política está atascada, en reflejo de una parálisis institucional más amplia.
El campo de batalla ideológico
El enfrentamiento no es solo legal; es cultural. Los legisladores de la oposición argumentan que negar hechos históricos consolidados no es una expresión libre legítima. «Los hechos confirmados por fallos judiciales firmes y por el Tribunal Constitucional no se comparan con la libertad general de expresión ni con la expresión cultural», afirmó Park Ki-taek, representante del Partido Democrático. Advertió que los comentarios de Kim constituían «un intento de desestabilizar nuestra sociedad arrastrando nuestras normas acordadas al ámbito de la interpretación».
El partido gobernante responde que el comentario de Kim está protegido por la libertad de expresión. «¿Desde cuándo se ha convertido el Partido Democrático en un partido que «silen cia» las bocas?», preguntó Kim Sung-hoi, miembro del Partido del Poder Popular. «¿Acaso es dignidad de un partido en el poder solicitar de inmediato la expulsión por un tropiezo verbal en una respuesta durante una transmisión?» Algunos dentro de su facción incluso invocaron al difunto alcalde Park Won-soon, quien alguna vez afirmó que en una democracia verdadera se debería ser libre de vitorear al fundador de Corea del Norte, Kim Il-sung, en la Plaza Gwanghwamun.
Esa analogía desató indignación. Los oponentes lo vieron como una falsa equivalencia: elogiar a un dictador totalitario no es lo mismo que cuestionar a un rebelde condenado. La comparación también puso al descubierto una fractura más profunda dentro del conservadurismo: entre quienes quieren dejar atrás el pasado y quienes sienten la obligación de defenderlo, por incómodo que sea.
Ecos globales de la negación histórica
La lucha de Corea del Sur no es única. En toda Asia y más allá, las naciones debaten cómo recordar los crímenes autoritarios. En Polonia, los debates sobre la colaboración con los nazis durante la guerra siguen polarizando la política. En Japón, la ambigüedad oficial sobre las mujeres de confort y la agresión bélica alimenta fricciones diplomáticas. En Turquía, la negación del genocidio armenio sigue siendo política de Estado. En cada caso, los líderes políticos han usado el revisionismo histórico para movilizar bases, desafiar las instituciones liberales y重塑ar la identidad nacional.
Lo que distingue a Corea del Sur es la claridad de sus veredictos legales. La condena de Chun no fue impugnada; fue ratificada por los tribunales más altos. El tema no es incertidumbre fáctica, sino voluntad política. Cuando un legislador en ejercicio cuestiona una historia asentada, señala que el consenso es vulnerable a la erosión desde el propio campo conservador.
Quién gana, quién pierde
A corto plazo, el Partido Democrático gana la ventaja moral. Enmarca el episodio como una defensa de la democracia frente al nihilismo histórico. Las encuestas de opinión probablemente favorecen el esfuerzo de expulsión, aunque muchos ciudadanos también pueden verlo como teatro político.
El Partido del Poder Popular enfrenta tensiones internas. Los hawklets consideran que el comentario de Kim es una opinión honesta; los moderados temen que dañe la credibilidad del partido. Algunos miembros, como Kim Min-jeon, han pedido una «reflexión más cuidadosa sobre cómo los ciudadanos interpretarán las palabras de un político». Otros, como Yoon Yong-geun, sostienen que la expulsión por un tropiezo en una transmisión es un abuso de poder.
El propio Kim Tae-gyu se convierte en un símbolo: del derecho a la libre expresión para sus aliados, del revisionismo peligroso para sus enemigos. Si sobrevivirá políticamente dependerá de si el partido en el poder se distancia de su comentario o se aferra a él.
Qué sigue
La resolución de expulsión ahora avanza hacia el pleno de la Asamblea, donde probablemente fracasará. El partido gobernante carece de los votos, y las deserciones parecen improbables. Incluso si pasara, el costo político sería enorme: acusaciones de persecución partidista, mayor erosión de la confianza en las instituciones.
Pero el verdadero daño puede ser simbólico. Al introducir el estatus de un rebelde condenado al debate público, el incidente normaliza la cuestionabilidad de verdades históricas que Corea del Sur dedicó décadas a cimentar. También revela cuán rápidamente el consenso legal puede socavarse mediante ataques retóricos.
De aquí en adelante, el caso podría inspirar desafíos similares en otros ámbitos. Si un legislador puede negar una condena confirmada por el Tribunal Supremo sin consecuencias, ¿qué evitará que otros cuestionen crímenes de guerra, atrocidades coloniales o crímenes autoritarios? El precedente trasciende a Corea.
La vigilancia que la democracia exige
La democracia de Corea del Sur fue forjada en la lucha contra la dictadura. Sus instituciones —los tribunales, las asambleas, una prensa libre— existen para proteger esa libertad conquistada a duras penas. Pero las instituciones por sí solas no bastan. Requieren una ciudadanía dispuesta a defenderlas y representantes que respeten las verdades que los unen.
El comentario de Kim Tae-gyu no fue hecho en un vacío. Provino de un partido que ha avanzado constantemente hacia el revisionismo histórico, echando eco de tendencias de extrema derecha a nivel global. Ya sea minimizando la brutalidad colonial japonesa o glorificando a dictadores militares, el impulso es el mismo: reescribir el pasado para ajustarlo a la política del presente.
La votación de expulsión, cual sea su resultado, es una prueba de tensión. Plantea si Corea del Sur todavía puede trazar líneas alrededor de la verdad histórica, o si esas líneas ya se están desvaneciendo.
Como advirtió Han Byung-do: «Si dejamos pasar esto sin censura, no podremos condenar a quienes cometieron intentos peligrosos de pisotear la democracia». La pregunta no es solo sobre un legislador. Se trata de qué tipo de sociedad elige ser Corea, y si aún cree en los hechos que la sostienen.