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Un juez, un club de hostesses y la prueba del Estado de derecho en Corea

El procesamiento de un juez senior por supuestos entretenimientos en clubes de hostesses pone al descubierto cómo la rendición de cuentas judicial y la presión política chocan en Corea del Sur, especialmente cuando la Corte Constitucional enfrenta una crisis histórica de designaciones.

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Un juez en el centro de dos crisis

La nueva agencia anticorrupción de Corea del Sur ha imputado a un alto juez por alegaciones de que aceptó entretenimiento con伴服务 de clubes para señoritas, un paso que podría sonar rutinario en un país acostumbrado a procesamientos de alto perfil, pero que cobra un peso inusual dado quién está en el banquillo de los acusados.

Ji Gwi-yeon, juez jefe de sala del Tribunal Distrital del Norte de Seúl, enfrenta cargos bajo la Ley de Prohibición de Solicitudes Frívolas por supuestamente haber organizado y pagado alrededor de 4 millones de wones (aproximadamente 2.800 dólares) en alcohol y servicios de伴服务 en un pub de reserva exclusiva en Cheongdam-dong, uno de los distritos de entretenimiento más exclusivos de Seúl. El incidente, ocurrido en agosto de 2023, involucró a dos abogados que dividieron la cuenta con él, y la cuota de cada hombre ascendió a aproximadamente 1,36 millones de wones, muy por encima del umbral de 1 millón de wones que desencadena responsabilidad criminal automática según la ley vigente, independientemente de si se realizó algún acto oficial a cambio.

Que Ji esté ahora en juicio es relevante por razones que van mucho más allá de los números. Hasta hace poco, era uno de los jueces que presidían el caso de traición contra el expresidente Yoon Suk-yeol, un procedimiento que se ha convertido en el juicio políticamente más cargado de la historia moderna de Corea del Sur. Y al mismo tiempo está envuelto en una crisis institucional separada que ha paralizado la corte más alta de Corea del Sur.

Cómo estalló el escándalo

Las alegaciones surgieron por primera vez en mayo de 2024, cuando miembros del partido gobernante, el Partido Democrata, publicaron fotografías que mostraban a Ji sentado en el establecimiento de Cheongdam-dong junto a los dos abogados. Las imágenes llegaron en un momento de extrema vulnerabilidad política: Ji era miembro titular del panel que escuchaba los cargos contra Yoon, el expresidente conservador, por haber liderado una insurrección durante la declaración de ley marcial en diciembre de 2024.

La coyuntura convirtió casi de inmediato una investigación de corrupción rutinaria en un punto de inflammación política. Figuras de la oposición argumentaron que las fotografías eran un golpe político diseñado para socavar a un juez que atendía uno de los casos más trascendentales de la década. Los seguidores del Partido Democrata respondieron que ningún funcionario público debería estar por encima del escrutinio, especialmente aquel que ejerce poder judicial determinante durante una crisis nacional.

La Comisión de Lucha contra la Corrupción y Derechos Civiles, conocida en coreano como Gongsucho, pasó los siguientes 473 días investigando. Los fiscales obtuvieron registros de llamadas de taxi, datos de transacciones financieras del establecimiento y realizaron citaciones repetidas. Ji ha negado consistentemente cualquier irregularidad, diciendo a los investigadores que no tiene memoria de los incidentes.

Es notable que la Comisión Descartara cargos de soborno por separado. Su razonamiento fue restrictivo pero significativo: los dos abogados que cenaron con Ji no tenían casos activos ante su tribunal, y una victoria que habían conseguido en su sala de justicia casi una década antes estaba demasiado distante en el tiempo para establecer un quid pro quo. Una segunda reunión en el mismo local en septiembre de 2024, que involucró un gasto total de 4,16 millones de wones, tampoco fue procesada; esta vez porque la cuota por persona quedó por debajo del umbral legal de 1 millón de wones.

Así que el caso que avanza es una violación técnica: aceptar entretenimiento por encima del límite legal —más bien que una alegación de fallos comprados y pagados. Esa distinción dominará el juicio, y dominará el debate político en torno a él.

El panorama general: un tribunal sin corte

Para entender por qué esta historia importa más allá de las habituales noticias de corrupción, hay que mirar lo que le está pasando a la Corte Constitucional de Corea del Sur en este momento.

El tribunal ha estado incapacitado para celebrar sesiones o emitir decisiones durante meses porque el sucesor de Yoon, el presidente Lee Jae-myung, se ha negado a nombrar reemplazos para varios magistrados cuyos períodos vencieron. La crisis se escaló después de que la Corte Constitucional anuló disposiciones clave de un paquete legislativo que impulsaba la agenda de políticas de la era Moon Jae-in, y el ejecutivo respondió simplemente sin cubrir las vacantes. En el último recuento, el tribunal de nueve miembros tenía menos de la mitad de sus miembros confirmados, lo que lo hacía funcionalmente incapaz de conocer los casos que definen los marcos democráticos de Corea del Sur.

Esto no es una disputa institucional abstracta. La Corte Constitucional está programada actualmente para dictaminar sobre la constitucionalidad de leyes que determinan el equilibrio de poder entre la presidencia y la Asamblea Nacional, incluyendo disposiciones que regulan decretos de emergencia, supervisión parlamentaria y el alcance de la autoridad fiscal. Sin quórum, esas cuestiones quedan suspendidas en una limbo legal.

En este vacío entra el procesamiento de la Comisión Anticorrupción contra un juez que se sentó en el tribunal de traición contra Yoon. El mensaje, ya sea intencional o no, es inconfundible: las instituciones destinadas a controlar el poder ejecutivo también están sujetas al escrutinio, y las personas que las integran no son inmunes.

Quién gana, quién pierde

El ganador inmediato es la Comisión, que ha pasado años consolidando su credibilidad como órgano anticorrupción independiente que puede investigar a cualquiera —incluidos jueces y expresidentes—. La condena de un juez jefe de sala envía una señal clara de que la oficina toma en serio su labor, incluso cuando la conducta subyacente se parece más a la socialización elitista habitual que a un desfalco manifiesto.

El perdedor es la confianza institucional en el sistema judicial. Los tribunales de Corea del Sur ya adolecen de baja confianza pública, y el procesamiento de alto perfil de un juez que preside un caso políticamente sensible profundizará la percepción de que el poder judicial está comprometido o es objeto de selección arbitraria, y en un país donde ambas ideas a menudo se tratan como intercambiables.

Para el Partido Democrata, las consecuencias son complejas. Los legisladores del partido publicaron las fotografías originales, posicionándose como defensores de la transparencia. Pero el procesamiento también arriesga socavar la legitimidad de los proceedings de traición, que el partido considera una piedra angular de su proyecto político. Si el juez que ayudó a condenar a Yoon es condenado él mismo por un delito de corrupción, todo el caso adquiere un aura de venganza política, exactamente la narrativa que las fuerzas conservadoras han estado promoviendo desde que comenzó la crisis de la ley marcial.

Qué sigue

El juicio de Ji se desarrollará bajo el procedimiento penal ordinario. No está en custodia: la Comisión lo imputó sin arresto, una postura estándar para casos de cuello blanco donde el acusado no se considera un riesgo de fuga. Pero las consecuencias políticas se jugarán en un cronograma completamente diferente.

La crisis de designaciones en la Corte Constitucional es improbable que se resuelva antes de que concluya el juicio. El presidente Lee no ha mostrado indicio alguno de acelerar las confirmaciones, y el opositor Partido del Poder Popular controla suficientes escaños para bloquear cualquier nombramiento precipitado. Eso significa que el tribunal probablemente permanecerá por debajo del quórum al menos durante la segunda mitad de 2026, dejando a Corea del Sur sin su árbitro final sobre las preguntas constitucionales más trascendentales de la década.

Mientras tanto, el procesamiento de Ji podría impulsar una reflexión más amplia dentro del poder judicial. Si la investigación de la Comisión descubre un patrón: jueces aceptando entretenimiento de abogados que comparecen ante sus tribunales — el marco legal actual, que traza su línea divisoria en 1 millón de wones por transacción, podría sufrir presión para endurecerse. El diseño actual de la ley, que trata idénticamente una bebida de 1,01 millones de wones y un festín de 10 millones, mientras exime completamente a uno de 999.000 wones, es cada vez más difícil de defender en el discurso público.

La pregunta más importante, sin embargo, no es lo que dice la ley sobre los clubes para伴服务. Es si los coreanos verán este procesamiento como evidencia de que la rendición de cuentas finalmente está alcanzando los niveles más altos del poder, o como otra arma en una guerra política que ya ha vaciado a las instituciones supuestamente situadas por encima de ella.