El cancelamiento de los ejercicios EE.UU.-Corea expone una alianza fracturada
La cancelación por parte de Washington de los ejercicios navales conjuntos con Corea del Sur por la guerra de Irán no es solo un conflicto de agendas: es un síntoma de un dilema estratégico que podría redefinir la alianza estadounidense en Asia.
Los ejercicios en el terreno lo dicen todo
Corea del Sur anunció el lunes pasado que Estados Unidos había cancelado el ejercicio Ssangyong, un drill anual de desembarco anfíbio que involucra fuerzas del Cuerpo de Marines de ambas naciones. La razón, según el portavoz del Cuerpo de Marines surcoreano, Han Seung-jeon: Washington informó a Seúl ya en junio de que no podía desplegar tropas debido a “limitaciones en la disponibilidad de fuerzas” vinculadas a la ongoing guerra entre EE.UU. e Israel contra Irán.
Un ejercicio separado, Ulchi Freedom Shield, ya había sido reducido de once días a cinco tras la orden del presidente Donald Trump de recortarlo, citando el costo y la negativa de Corea del Sur a sumarse al conflicto en Irán. Trump también anunció en Truth Social que estaba contactando a Kim Jong Un, calificando los ejercicios reducidos como una señal más efectiva para Pyongyang.
Corea del Norte respondió lanzando diez misiles balísticos de corto alcance la semana pasada y emitiendo un comunicado condenando los ejercicios.
Lo que parece un desacuerdo de calendarios es en realidad una crisis estructural en la gestión de alianzas estadounidenses.
Dos guerras, un ejército, ningún plan
Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han operado durante mucho tiempo bajo un marco de doble contingencia: la capacidad de responder simultáneamente a una crisis en Oriente Medio y otra en el Indo-Pacífico. Esa suposición se mantuvo durante décadas porque las crisis solían ser secuenciales, no simultáneas. Irán y Corea del Norte no presentaban un perfil de amenaza coordinado que exigiera desplazar fuerzas de un teatro de operaciones para sostener el otro en tiempo real.
Ese cálculo ha cambiado.
El sector defensa surcoreano ahora debe planificar la posibilidad de que Estados Unidos no pueda mantener dos compromisos militares creíbles al mismo tiempo. La cancelación del Ssangyong es la primera admisión pública de que esto ya no es teórico. Está sucediendo.
Las implicaciones para Seúl son inmediatas e incómodas. Corea del Sur depende del dissuasión extendida estadounidense para compensar el arsenal nuclear norcoreano. Pero si Washington está estirado en múltiples teatros, la credibilidad de esa disuasión se convierte en una pregunta, no en un dato adquirido.
Esta no es la primera vez que analistas han señalado el problema de la doble contingencia. Ex funcionarios del Pentágono llevan años advirtiendo que la estructura de fuerzas estadounidense no puede combatir créditamente una guerra mayor en una región mientras disuade agresiones en otra. Lo que diferencia este momento es que la advertencia se ha vuelto registro público, visible para un aliado que ahora debe tenerla en cuenta en su propia planificación de defensa.
Seúl ya está recalibrando
Seúl no ha anunciado nada dramático. No ha habido declaraciones oficiales sobre replantearse la alianza o perseguir capacidades defensivas independientes. Pero la realidad operacional cambia más rápido que la retórica.
La propia industria de defensa de Corea del Sur ha alcanzado un punto en el que puede producir sistemas de armas sofisticados —tanques K2, cazas KF-21, sistemas de defensa contra misiles balísticos— sin esperar la aprobación ni los plazos de entrega estadounidenses. Las exportaciones de defensa del país se han disparado por encima de los 14.000 millones de dólares anuales, convirtiéndolo en uno de los diez mayores proveedores de armamento a nivel mundial. Ya no es solo un consumidor de tecnología militar estadounidense; es un competidor en el mercado global de armas.
Ese cambio económico e industrial importa porque modifica la dinámica de poder dentro de la alianza. Estados Unidos ya no puede asumir que Corea del Sur simplemente seguirá las prioridades estratégicas estadounidenses. Seúl tiene sus propios intereses, y no siempre se alinean con Washington.
Hay señales más discretas de esta recalibración. Corea del Sur ha profundizado la cooperación con países que EE.UU. podría considerar socios secundarios: Polonia, Vietnam, incluso Qatar. Ha acelerado el desarrollo de su propia capacidad de ataque de largo alcance, incluyendo misiles de crucero con alcance suficiente para cubrir toda Corea del Norte y partes de China. Estos movimientos son defensivos en intención pero estratégicos en implicación: señalan que Seúl se prepara para un mundo donde la garantía estadounidense es poco confiable.
La acercamiento de Trump con Kim corta por ambos lados
La intención declarada de Trump de mejorar las relaciones con Kim Jong Un suena conciliadora, pero introduce una nueva variable en una ecuación ya inestable. Durante el primer mandato de Trump, se reunió con Kim tres veces. El programa nuclear norcoreano se aceleró después de que la segunda cumbre en Hanoi se derrumbara en 2019. El patrón sugiere que la diplomacia personal de Trump no contiene las ambiciones estratégicas de Pyongyang; más bien las emboldena.
Los últimos comentarios de Trump reconocieron que Corea del Norte posee entre 57 y 120 armas nucleares, dependiendo de a quién se confíe la estimación. Llamó a los ejercicios de guerra “hostiles” mientras simultáneamente reducía su alcance. La contradicción es reveladora.
Si Trump cree que reducir los ejercicios animará a Kim a negociar, está apostando por una estrategia que ya ha fallado una vez. Corea del Norte lanzó diez misiles la semana pasada, un recordatorio de que Pyongyang no interpreta el calor diplomático como sustituto de la presión militar.
Pero las apariencias importan más allá de Corea del Norte. Aliados que observan desde Tokio hasta Manila están sacando sus propias conclusiones sobre lo que ocurre cuando Washington está distraído en otro lugar. Cada cancelación, cada reducción, cada reconocimiento público de opciones limitadas erosiona el fundamento psicológico de la red de alianzas —la creencia de que el compromiso estadounidense es inquebrantable independientemente de las circunstancias.
Efectos secundarios ya visibles
Las repercusiones de la cancelación de los ejercicios se están expandiendo más rápido de lo que los encargados de políticas públicas esperaban. Japón ha acelerado su propia revisión del gasto de defensa, explorando escenarios que asumen una menor presencia naval estadounidense en el Pacífico occidental. Australia está renegociando silenciosamente acuerdos logísticos que permitirían una mayor integración militar australiana con las tropas estadounidenses desplegadas allí, creando efectivamente alternativas al territorio coreano como plataforma de despliegue.
Dentro de Corea del Sur, el debate político se intensifica. Diputados de la oposición exigen transparencia sobre qué más podría omitir Estados Unidos en operaciones conjuntas. El partido gobernante, tradicionalmente más deferente con Washington, está fracturado: algunos miembros reproducen el tono conciliador de Trump hacia Pyongyang, mientras otros advierten que la guerra en Irán se libra a expensas de la seguridad asiática.
Incluso el estado de ánimo del público surcoreano está cambiando. Durante décadas, la población coreana asumió que la alianza con EE.UU. era permanente e inflexible. Los coreanos más jóvenes, que llegaron a la edad adulta durante períodos de retraimiento estadounidense, son más propensos a considerar la idea de independencia estratégica. Las encuestas de defensa muestran un apoyo creciente a que Corea del Sur desarrolle su propia disuasión nuclear, una proposición que conmovería tanto a Washington como a Beijing, pero que refleja ansiedad genuina en Seúl sobre la confiabilidad estadounidense.
Qué sucede después
Es poco probable que la cancelación del Ssangyong sea permanente. Seúl y Washington ya están consultando sobre reanudar el ejercicio, aunque los detalles permanecen poco claros. El Pentágono no se ha pronunciado públicamente.
Pero el precedente importa más que el drill específico. Estados Unidos ahora ha reconocido abiertamente que no puede sostener operaciones militares conjuntas a plena escala con Corea del Sur mientras está involucrado en un conflicto en Oriente Medio. Esa admisión remodelará la planificación de defensa a ambos lados del Pacífico.
Corea del Sur probablemente avance hacia una mayor autonomía estratégica, no dejando la alianza, sino construyendo capacidades que reduzcan su dependencia del despliegue de fuerzas estadounidenses. Japón, el otro socio clave de alianzas de EE.UU. en la región, probablemente esté haciendo cálculos similares. La arquitectura más amplia de las alianzas estadounidenses en Asia, construida sobre la premisa de la preponderancia estadounidense, enfrenta pruebas de tensión para las cuales nunca fue diseñada.
La guerra entre EE.UU. e Israel contra Irán ha creado un efecto dominó que se extiende mucho más allá de Oriente Medio. La cancelación de ejercicios conjuntos no es la causa de ese efecto. Es la señal visible de que las viejas suposiciones sobre la preparación militar estadounidense y la confiabilidad de las alianzas ya se están desmoronando.
La pregunta ya no es si la alianza se adaptará. Es si la adaptación ocurrirá lo suficientemente rápido como para prevenir una fractura más profunda, una para la cual Corea del Norte, China y otros actores de la región ya se están preparando.