world 6 min de lectura

La apuesta de Zelenskyy en el G20 y lo que revela el rechazo de Moscú

Zelenskyy ofreció reunirse con Putin en el G20 de Miami. Moscú lo descartó, exigiendo que Kyiv acudiera a ellos. Este ping-pong diplomático revela quién marca el ritmo de una guerra que se niega a terminar.

  • Trump
  • crisis de fertilizantes
  • diplomacia energética
  • G20
  • guerra de Ucrania

La oferta que en realidad no trata sobre la sede

Volodímir Zelenski no presentó su reciente entrevista con Deutsche Welle como un avance. Respondía a una pregunta directa: ¿se reuniría con Vladímir Putin en la cumbre del G20 en Miami este diciembre, si ambos líderes fueran invitados? Su respuesta: por supuesto. No porque confíe en el presidente ruso. Porque confía en la imagen de verse sentado en la misma mesa.

La respuesta rusa llegó en horas. El portavoz del Kremlin, Dishmiri Peskov, calificó la idea de “imposible”. El ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, que hablaba desde Nueva Delhi donde asistía a una reunión del BRICS, fue aún más tajante: si Zelenski quiere reunirse, que vaya a Moscú. Eso, dijo Lavrov, ya sería un gesto de buena voluntad por parte de Rusia.

Lo que suena a petty posturing territorial sobre dónde se sientan dos hombres es en realidad una competición sobre quién establece las condiciones para todo lo que viene después.

Moscú gana manteniendo la puerta cerrada

Putin ha rechazado reiteradamente las conversaciones directas con Zelenski desde que comenzó la invasión a gran escala en febrero de 2022. Cada vez que Ucrania o sus aliados occidentales barajaban la idea de una cumbre, Rusia insistía en condiciones que hacían imposible aceptarlas sin coste político para Kiev: el reconocimiento de los territorios anexados, el estatus neutral, la desmilitarización. Nada de eso ha cambiado.

La insistencia en que cualquier encuentro tenga lugar en Moscú cumple un propósito claro: convierte la cita en apariencia de rendición y no de diplomacia. Que Zelenski cruce las puertas del Kremlin sería una imagen que Putin sabe que tiene un peso enorme en la política interior rusa, donde la guerra sigue enmarcada como una operación militar especial contra un Occidente hostil. También sería veneno para Zelenski en Ucrania, donde cualquier apariencia de capitulación ante la puerta de Rusia podría fracturar el frágil consenso que mantiene unido a su gobierno.

Al exigir Moscú, Rusia no intenta organizar una reunión. Intenta que la propia idea de una encuentro parezca ilegítima antes de siquiera discutirla.

Zelenski da un giro

La apertura de Zelenski en Miami es inteligente precisamente porque esquiva todas las trampas que Moscú ha tendido. El G20 es un foro multilateral. Una reunión allí no sería una cumbre bilateral organizada en la capital rusa: sería un encontronazo de líderes en territorio neutral, rodeados de fotógrafos de todos los grandes medios del planeta. Eso cambia la geometría por completo.

También lo enmarcó correctamente: “Lo que yo le diría, lo que él me diría, eso no es importante. Lo que importa es el resultado”.

Este es un líder que habla no de ceremonia sino de señal. El presidente ucraniano sabe que el terreno de batalla ha cambiado. Dijo a DW que Ucrania está en una posición militar más fuerte que el año pasado, lo que le da margen en cualquier mesa de negociación. Más importante aún, parece estar posicionándose para una arquitectura diplomática posterior a Trump antes de que la transición estadounidense se endurezca en política.

La variable Trump que nadie está considerando debidamente

Donald Trump habló por teléfono con Putin el 8 de diciembre. Los enviados de Trump, Jared Kusher y Steve Witkoff, visitaron tanto Moscú como Kiev a principios de este mes. Zelenski calificó las visitas duales como una “señal positiva”, precisamente porque incluían la capital ucraniana, no solo la rusa.

Esto es lo que la cobertura en inglés ha pasado en gran medida por alto: los viajes de Kushner y Witkoff no fueron rutinarios. Fueron misiones de reconocimiento. Ninguno de los dos es diplomático de carrera, y ninguno tiene un mandato oficial de negociación. Lo que están haciendo es trazar los parámetros de un posible acuerdo antes de que alguien se siente en una mesa formal.

El interés de Trump por un acuerdo rápido está ampliamente documentado. Pero los acuerdos rápidos favorecen al lado que controla más territorio: Rusia. La estrategia de Zelenski parece ser forzar la conversación a la luz pública, a foros multilaterales, donde la presión estadounidense y europea pueda aplicarse simultáneamente en lugar de en canales secretos donde Ucrania no tiene asiento.

La reunión de diciembre con Trump que Zelenski anunció es la siguiente pieza. Si el presidente ucraniano puede obtener un marco de Washington que vincule la ayuda a un cronograma diplomático concreto, la exigencia rusa de Moscú pierde su poder. La pelota pasa al court de Zelenski, y de repente Putin tiene que responder públicamente a una propuesta específica en lugar de esconderse tras objeciones procesales.

El campo de batalla cuenta una historia diferente

Mientras los diplomáticos cambian cumplidos y condiciones, la guerra se escala, no se desescala. Rusia y Ucrania han ampliado los ataques a larga distancia en las últimas semanas. Las bajas civiles han aumentado hasta niveles no vistos desde los primeros meses de la invasión —cuatro personas más muertas durante la noche en ciudades del sur y centro de Ucrania solo en el día de esta publicación.

Esta contradicción es la característica definitoria del momento actual: la diplomacia se intensifica al mismo tiempo que la violencia se intensifica. Ese patrón suele señalar una de dos cosas. O bien ambos lados creen que pueden mejorar su posición antes de que comiencen las negociaciones, o bien ambos lados saben que un acuerdo está llegando y compiten por moldear los términos.

El desaire ruso a las conversaciones preliminares del 8 de diciembre —calificándola de “demasiado pronto” para hablar de sede y fechas— sugiere que Moscú todavía no cree que necesite comprometerse. Pero la aparición de Lavrov en el BRICS y las visitas de Kushner sugieren que la dirección rusa está simultáneamente preparándose para una vía diplomática que públicamente niega desear. Esa tensión no puede durar.

Qué ocurre después

El G20 en Miami es el 13 y 14 de diciembre. La asistencia de Putin sigue sin confirmarse. Si no va, la oferta de Zelenski se evapora teatralmente pero no gana nada. Si va y aún así se niega a reunirse, la imagen es condenatoria de una manera que décadas de propaganda no pueden reparar completamente, especialmente con Trump observando y grabando.

Si Putin asiste y Zelenski también está allí, incluso sin una sesión bilateral, el espacio aéreo compartido se convierte en una historia. Y las historias importan más que los tratados en las etapas iniciales de cualquier proceso de paz.

El resultado más probable es algo más caótico: rechazo público continuo por parte de Moscú, contacto privado a través de intermediarios, y una reducción gradual de posiciones que ningún líder puede claiming como crédito propio. Así es como terminan las guerras cuando ninguno de los dos lados puede ganarlas: no con un apretón de manos en un escenario, sino con agotamiento disfrazado de diplomacia.

La jugada de Zelenski en Miami no cambia esa trayectoria. Pero la expone. Y en un conflicto donde Rusia ha pasado tres años controlando la narrativa, la exposición es en sí misma una forma de resistencia.