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Corea, EE.UU. y el superávit de $100 mil millones

Corea del Sur acumula un superávit comercial récord de 100 mil millones de dólares con EE. UU., y Washington responde con aranceles y exigencias energéticas. La verdadera jugada: una inversión de $15.000 millones en gas natural licuado de Alaska que podría redefinir los intereses empresariales coreanos en Estados Unidos.

  • Chung Euisun
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  • gas natural licuado
  • Alaska

El superávit es real. La amenaza, más real aún.

El superávit comercial de Corea del Sur con Estados Unidos está en camino de superar los 100 000 millones de dólares este año por primera vez en la historia. Para finales de septiembre, ya había alcanzado los 84 700 millones, superando con comodidad el récord anual de 55 600 millones establecido hace solo dos años. La tendencia es innegable: un desequilibrio estructural que Washington ya no trata como ruido de fondo.

Lo que hace que este momento sea especialmente agudo no es el superávit en sí mismo. Es lo que Estados Unidos exige a cambio. La administración de Donald Trump está presionando a Seúl para que se comprometa con 15 000 millones de dólares en el desarrollo de gas natural licuado —GNL— en el panhandle de Alaska. Esta no es una solicitud disfrazada de lenguaje asociativo. Es una ficha de negociación arrancada directamente de una amenaza arancelaria. Si se rechaza, Estados Unidos elevará el costo de exportar hacia su cliente único más importante. Si se acepta, una inversión energética coreana echará raíces en Alaska, de la misma forma que lo hizo en refinerías, plantas de energía y construcción de reactores en todo el país.

La aritmética es implacable y la lógica política, transparente. Un superávit de esta magnitud le provee a Washington munición. Trump ya la ha usado. En abril de 2025, la administración propuso un arancel recíproco del 25 % sobre los bienes coreanos. Seis meses después, tras el compromiso de Seúl de 35 000 millones de dólares en inversiones más amplias, la tasa se redujo al 15 %. La lección fue clara: el dinero de la inversión mueve la aguja de la política arancelaria.

Entonces, la pregunta para Seúl es si una nueva inyección de capital en Alaska reducirá nuevamente la amenaza, o simplemente reseteará las expectativas para la siguiente ronda.

El cronograma detrás de la amenaza

Para comprender la presión actual, ayuda rastrear cómo se llegó hasta aquí. De 2017 a 2020, durante el primer mandato de Trump, el superávit anual se mantuvo entre los 11 400 millones y los 17 900 millones de dólares. Bajo Joe Biden, escaló de manera constante: 22 700 millones en 2021, 28 000 millones en 2022, 44 400 millones en 2023 y 55 600 millones en 2024. La aceleración coincidió con un repunte en las exportaciones de semiconductores, impulsado en parte por el boom global de inversión en inteligencia artificial.

En 2025, el superávit descendió ligeramente a 49 500 millones. No porque la demanda cayera, sino por la incertidumbre arancelaria que ya había reconfigurado la planificación corporativa. Este año, la recuperación ha sido brusca e inesperada. Las restricciones de China a las exportaciones de semiconductores, combinadas con la agresiva inversión de capital en IA en Estados Unidos, crearon un vacío de demanda que los fabricantes coreanos de chips llenaron con rapidez.

La administración Trump tomó nota. El 1 de abril de 2025, anunció públicamente que el desequilibrio justificaba aranceles punitivos. En menos de tres meses, Corea del Sur acordó un paquete de inversión de 35 000 millones de dólares. Los aranceles se redujeron a la mitad. Pero la arquitectura del acuerdo importa más que la cifra principal.

Los 35 000 millones se repartieron en varias categorías. La construcción naval recibió 15 000 millones. La inversión estratégica general, 20 000 millones, lo cual incluyó la planta de ciclo combinado de gas Ensignal en Texas y un marco para ocho reactores nucleares nuevos en EE. UU. Eso dejó el proyecto de GNL de Alaska oficialmente indeterminado, mencionado en hojas de datos conjuntas solo como un asunto bajo revisión.

Trump ha pasado semanas tratándolo como un hecho consumado, presionando públicamente a funcionarios y medios coreanos para que enmarquen la inversión como algo inevitable. El mensaje es deliberado. Esta no es política energética. Es apalancamiento.

Quién gana. Quién pierde.

El ganador obvio desde la perspectiva estadounidense es claro: Estados Unidos obtiene un proyecto majeur de desarrollo de GNL sin asumir el riesgo de capital inicial, fortalece sus credenciales como exportador de energía y extrae una concesión política de un aliado del tratado.

El gobierno coreano enfrenta un pasillo estrecho. Rechazar el proyecto de Alaska arriesga una nueva escalada arancelaria. Aceptarlo arriesga críticas domésticas que acusen a Seúl de subsidiar una empresa estadounidense de extracción de recursos con respaldo del sector público, mientras los términos comerciales reales permanecen vagos y sin probar. También existe la complejidad geopolítica: desarrollar GNL en el remoto panhandle de Alaska requiere infraestructura que actualmente no existe a escala, lo que hace que la inversión sea mucho más riesgosa que una simple planta verdefield en otro lugar de Norteamérica.

Para las empresas coreanas, el cálculo es aún más complicado. Constructoras nacionales como GS Engineering y HD Hyundai tienen experiencia internacional, pero el entorno de Alaska es hostil para una ejecución rutinaria. La logística, los permisos y las revisiones ambientales definirán el cronograma del proyecto mucho más que el compromiso de capital. Mientras tanto, empresas japonesas como Mitsubishi Heavy Industries e IHI Corporation poseen relaciones existentes de GNL en Alaska que les otorgan una ventaja de primer movimiento.

El propio superávit comercial de Japón con EE. UU. se contrajo aproximadamente un 23,4 % interanual en la primera mitad de 2026, según los datos disponibles. Esa contracción refleja una estructura diferente: la inversión japonesa en EE. UU. es más antigua, más profunda y más incrustada en cadenas de suministro existentes. La huella de inversión de Corea es más nueva y más concentrada. La comparación resulta incómoda para Seúl, pero útil para Washington como palanca de negociación.

Los números detrás de las negociaciones

Esto es lo que nos dicen los datos:

  • Superávit de Corea del Sur con EE. UU. entre enero y septiembre de 2026: 84 700 millones de dólares.
  • Récord de superávit anual completo antes de este ciclo: 55 600 millones de dólares (2024).
  • Superávit anual proyectado si el Q4 repite las tendencias recientes: aproximadamente 100 000-110 000 millones de dólares.
  • Inversión coreana total anunciada en EE. UU.: 35 000 millones, repartida entre construcción naval (15 000 M), inversión estratégica general (20 000 M) y el componente indefinido de GNL de Alaska.
  • Tasa arancelaria tras el acuerdo de 35 000 millones: 15 %, bajando de los propuestos 25 %.
  • Reducción del superávit japonés en el primer semestre de 2026: aproximadamente 23,4 %, citada por los negociadores estadounidenses como evidencia de que los superávits pueden manejarse mediante compromisos de inversión.

Ninguno de estos números por sí solo explica la tensión actual. Juntos, revelan un patrón. Estados Unidos no está tratando de eliminar el superávit coreano. Está intentando convertir el crecimiento del superávit en compromisos de inversión que beneficien a los sectores energético e industrial estadounidense.

Qué sigue

El resultado más probable es ni el rechazo total ni la aceptación plena del proyecto de GNL de Alaska. Seúl continuará el proceso de revisión, extraerá toda la cobertura política que pueda de la incertidumbre comercial, y negociará garantías de participación corporativa coreana que pueden o no materializarse. La administración Trump seguirá enmarcando el proyecto como una prueba de fiabilidad aliada, particularmente de cara a las midterm de noviembre.

Si la revisión concluye que las condiciones comerciales son desfavorables, Corea podrá señalar la lógica del mercado. Si concluye que las condiciones son aceptables, el gobierno argumentará que aseguró términos favorables para las empresas coreanas. Cualquiera de las dos vías deja espacio para culpa política si algo sale mal, y esa es precisamente la razón por la que la presión persiste.

La historia más profunda no se trata de GNL. Se trata de la transformación del superávit comercial en divisas geopolíticas. La competitividad económica de Corea con Estados Unidos ahora es un insumo directo en la estrategia de negociación bilateral. Eso cambia la relación de una forma que va más allá de los aranceles o las cifras de inversión.

Lo que siga dependerá de cómo Seúl enmarque su superávit ante las audiencias estadounidenses y de cómo Washington decida si el apalancamiento vale el costo diplomático.