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La guerra de Tigray en Etiopía se reaviva: La alianza que podría fragmentar al país

Los enfrentamientos entre las fuerzas tigrayanas y el ejército federal se han reactivado en Mekelle, deshogando cuatro años de paz frágil. Una nueva coalición rebelde y disputas territoriales sin resolver amenazan con una guerra civil más amplia y el desbordamiento regional.

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Calles de Mekelle se llenan de pánico nuevamente

Combientes tigrayos patrullan de nuevo por las calles de Mekelle. Los residentes, que creían haber escapado de los horrores de la guerra 2020-2022, ahora compran víveres en viajes apresurados, temiendo un retorno a un conflicto a gran escala. Las redes de internet y móviles están interrumpidas, dejando a una sociedad mayormente sin efectivo sin poder acceder a sus cuentas bancarias porque los cajeros automáticos dejaron de funcionar hace meses. La escena es un recordatorio claro de lo delgada que se ha vuelto la apariencia de paz.

Los enfrentamientos estallaron la semana pasada entre las fuerzas regionales de Tigray y el ejército nacional, extendiéndose rápidamente a las regiones vecinas de Afar y Amhara. Ambos lados se culpan mutuamente de iniciar la escalada. El TPLF afirma que respondió a ataques con drones federales; el gobierno sostiene que fueron las tropas tigrayas quienes tomaron primero los aeropuertos. De cualquier manera, el Acuerdo de Pretoria —un tratado de paz mediado por la Unión Africano en noviembre de 2022 que puso fin a la devastadora guerra de dos años— se está desmoronando.

¿Por qué ahora? Cuatro líneas de fractura irresueltas

El colapso no ocurrió de la noche a la mañana. Desde hace más de seis meses, las relaciones entre el gobierno del Primer Ministro Abiy Ahmed y el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF) se han deteriorado. Cuatro cuestiones centrales permanecen sin resolver:

Tigray Occidental: Durante la guerra, las fuerzas regionales de Amhara tomaron territorios fértiles en el oeste de Tigray. Cientos de miles de tigrayos étnicos fueron desplazados y ahora viven en campamentos. El TPLF reclama la devolución de las tierras y el retorno de los desplazados. Adís Abeba insiste en que el futuro del territorio debe decidirse por referéndum. Esta disputa no es meramente territorial: se trata de identidad, memoria y quién controla la tierra que sostuvo la economía de Tigray durante décadas.

Desarme: El gobierno acusa al TPLF de entregar solo armas obsoletas a los monitores de la UA mientras oculta arsenales modernos. La confianza es tan baja que la verificación resulta casi imposible sin garantías de terceros de los cuales ninguna parte cree que sean imparciales.

Gobernanza: Bajo el Acuerdo de Pretoria, una administración interina fue designada por Abiy. Las tensiones por su influencia estallaron antes de las elecciones generales de mayo, que no se celebraron en Tigray. El TPLF luego restauró su administración de preguerra, disolviendo a los designados de Abiy. Los empleados públicos ya no reciben salario, los servicios se paralizan y los cimientos económicos de la región se desmoronan.

Legitimidad: Durante gran parte de la historia moderna de Etiopía, el TPLF —antiguo grupo insurgente marxista que ayudó a derrocar al régimen militar en 1991— dominó la coalición gobernante. Cuando Abiy disolvió esa coalición y formó el Partido de la Prosperidad en 2018, marginó efectivamente al TPLF, a pesar de que los tigrayos conforman solo alrededor del 6% de la población de Etiopía. El enfrentamiento actual es, en parte, una lucha por quién tiene la capacidad de definir el futuro político de Etiopía.

La Alianza por la Supervivencia: un cambio de juego

Quizás el desarrollo más trascendental sea la formación de la Alianza por la Supervivencia a principios de septiembre. El TPLF se unió a otros seis movimientos armados, incluyendo la milicia Fano de Amhara y el Ejército de Liberación de Oromia (OLA), para crear una coalición cuyo objetivo compartido es derrocar al gobierno de Abiy.

Esta alianza resulta notable porque sus miembros tienen diferencias profundas, a menudo amargas. Fano y el TPLF combatieron en bandos opuestos durante la guerra civil; aún discrepan sobre el oeste de Tigray. La OLA lleva años combatiendo al gobierno federal en Oromia. Sin embargo, todos comparten un único objetivo: expulsar a Abiy. Funcionarios del TPLF señalan que no quieren repetir el aislamiento que los dejó vulnerables en 2020. Analistas advierten que la alianza podría resultar difícil de sostener una vez que la amenaza inmediata contra Abiy disminuya, porque los intereses subyacentes de sus miembros permanecen divergentes.

Para Adís Abeba, la alianza constituye la prueba de un intento coordinado de desestabilizar el país. El gobierno también ha acusado a Eritrea de apoyar a grupos armados dentro de Etiopía, afirmación que Asmara niega. La relación entre Etiopía y Eritrea ha sido volátil desde la secesión de Eritrea en 1993, y se deterioró aún más durante la guerra reciente cuando tropas eritreas combatieron junto a fuerzas etíopes. Hoy, ambos vecinos se encuentran nuevamente en desacuerdo, en parte por el empuje etíope por acceder a puertos eritreos, incluido el estratégico puerto del Mar Rojo de Assab, ubicado a solo 60 km de la frontera. Abiy ha insinuado la posibilidad de tomar Assab por la fuerza, levantando el fantasma de una guerra regional más amplia.

Consecuencias humanitarias y vulnerabilidad en una sociedad sin efectivo

El impacto humanitario ya es severo. La interrupción de los sistemas de pago digital en una sociedad sin efectivo ha dejado a las personas imposibilitadas de acceder a sus ahorros vitales. Las compras de pánico han disparado los precios y tensionado el suministro. La UA estima que alrededor de 600.000 personas murieron durante la guerra anterior, muchas de hambre después de que Tigray quedara aislado del mundo exterior. Un retorno al conflicto podría desencadenar una nueva hambruna, especialmente si las rutas de ayuda se bloquearan nuevamente.

Informes indican que fuerzas federales han estado empleando drones contra posiciones tigrayas. El gobierno afirma que responde a ataques y defiende el territorio federal, pero la verificación independiente resulta difícil. En un poblado, drones impactaron dos escuelas que funcionarios locales dijeron habían sido usadas como bases militares por tropas etíopes durante la guerra. No está claro si esas instalaciones continúan utilizándose. Mientras tanto, el TPLF ha estado reclutando forzosamente a jóvenes varones, tensionando aún más la capacidad de la región para absorber otra ola de violencia.

Los esfuerzos diplomáticos chocan contra un muro

La Unión Africana, la ONU y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) han solicitado una cesación inmediata de hostilidades y un retorno a las conversaciones. La UA ha pedido al expresidente nigeriano Olusegun Obasanjo, su enviado especial para el Cuerno de África, que se involucre urgentemente con las partes. Pero la diplomacia se estanca porque la confianza entre Adís Abeba y Tigray es prácticamente nula. La formación de la alianza rebelde ha complicado el panorama, dificultando identificar un único interlocutor y generando temores de que cualquier acuerdo pudiera empoderar a una coalición que busca desmantelar la estructura estatal actual.

Quién gana, quién pierde y qué sigue

Si los enfrentamientos se escalan, los perdedores serán los etíopes comunes, especialmente en Tigray, Amhara y Afar, ya agotados por años de guerra y desplazamiento. El gobierno arriesga perder el control de amplias extensiones de territorio mientras la alianza se expande. El TPLF podría recuperar influencia, pero al costo de destruir aún más la región que alguna vez gobernó. Los países vecinos podrían verse arrastrados: Eritrea podría intervenir contra el gobierno federal, mientras que las facciones en guerra de Sudán se encontrarían en bandos opuestos del conflicto de Tigray, añadiendo otra capa de inestabilidad regional.

La implicación no evidente es que la Alianza por la Supervivencia representa un cambio estructural en la política etíope. No se trata simplemente de una cooperación táctica; señala que múltiples movimientos armados creen que el orden constitucional establecido tras la guerra de 2020 ya no puede acomodar sus aspiraciones. A menos que las causas raíz —disputas territoriales, verificación del desarme, legitimidad de gobernanza y distribución de recursos— se aborden mediante un diálogo inclusivo, el riesgo de una Etiopía fragmentada crecerá.

Las capitales occidentales, incluidas Estados Unidos y el Reino Unido, han reaccionado con lentitud, centrándose más en las guerras de Ucrania y Gaza. Esa demora importa. Sin un compromiso diplomático urgente y acceso humanitario, la crisis podría espiralarse hacia una guerra civil multifrente con consecuencias que se extenderán mucho más allá del Cuerno de África.

Las próximas semanas serán decisivas. Si la llamada de la UA por un cese al fuego prospera y las conversaciones reanudan, aún podría existir un camino de regreso a Pretoria. De lo contrario, Etiopía podría enfrentar su conflicto más peligroso desde 2020, y el mundo podría ser testigo demasiado tarde.