La mayor apuesta presupuestaria de Japón en la historia: ¿crecimiento o peligro fiscal?
La solicitud presupuestaria de Japón por 143 billones de yenes rompe récords, pero oculta una estrategia más profunda: sustituir el gasto de emergencia por asignaciones permanentes. La verdadera prueba será si el mercado cree que el primer ministro Takai puede impulsar el crecimiento sin reavivar la debilidad del yen.
Las cifras que silenciosamente lo reorganizan todo
El Ministerio de Hacienda de Japón acaba de publicar las solicitudes presupuestarias preliminares de todos los organismos gubernamentales, y la cifra principal es imposible de ignorar: 143,6 billones de yenes. Se trata de la solicitud más alta de la historia del país, por cuarto año consecutivo, y supera en más de 20 billones a los 122 billones asignados en el presupuesto inicial de este año.
Para un observador de mercados sumergido en las ansiedades fiscales japonesas, esa brecha grita imprudencia. Para el gobierno de Takai, es prueba de algo completamente distinto.
La tensión entre ambas lecturas es el drama central de la política económica japonesa en este momento, y importa mucho más allá de las fronteras de Tokio.
El truco contable que nadie cuestiona lo suficiente
La ministra de Hacienda, Satoki Katayama, ha tenido cuidado de replantear la comparación. Argumenta que la base adecuada no es el presupuesto inicial de este año aislado, sino la suma del presupuesto suplementario del año pasado y el presupuesto inicial de este año combinados. En esa métrica, la nueva solicitud es solo unos 2,5 billones de yenes mayor. No un aumento dramático, dice.
El argumento es técnicamente defendible. Japón ha estado ejecutando presupuestos suplementarios cada otoño desde la pandemia, cada uno superior a 10 billones de yenes, para paliar las presiones del costo de vida y los estímulos económicos ad hoc. Agruparlos en un total acumulado hace que la solicitud de este año parezca menos explosiva.
Pero el marco oculta tanto como revela. Los presupuestos suplementarios en Japón son políticamente convenientes precisamente porque soslayan el escrutinio fiscal habitual: son medidas de emergencia que se han vuelto rutina. La ambición declarada del gobierno de Takai es terminar con ese hábito. Los gastos permanentes por política de Estado deben vivir en el presupuesto inicial, donde puedan debatirse, modificarse y sujetos a rendición de cuentas. Ese es un objetivo de reforma legítimo.
No obstante, desplazar gastos de los presupuestos suplementarios a los iniciales no genera dinero nuevo. Cambia dónde aparece el dinero, no cuánto se compromete en realidad. Si el gobierno está gastando realmente 20 billones de yenes más en términos reales que hace un año, el ejercicio contable que Katayama lleva a cabo no hace más pequeña la brecha fiscal. Simplemente la desplaza a una partida diferente.
Lo que el gobierno está intentando hacer realmente
La administración Takai denomina a su enfoque “política fiscal activa y responsable”. La frase es deliberada. Señala un quiebre con la ortodoxia posterior a 2012, que consideraba la consolidación fiscal como un fin en sí misma, y también una reprimenda a los patrones de gasto impulsados por la crisis que definieron los años de la pandemia.
La lógica es lo suficientemente directa. Las empresas no pueden planificar la inversión de capital alrededor de presupuestos suplementarios que llegan de forma impredecible cada otoño. Si deseas estimular el crecimiento, necesitas certidumbre. Poner el dinero en el presupuesto inicial permite que las firmas se comprometan con proyectos con cierta confianza de que los fondos realmente llegarán.
Esa es una teoría sólida. El riesgo práctico es que la deuda pública de Japón ya supera el 250 % del PIB, el yen se ha mantenido persistentemente débil y los tipos de interés a largo plazo están subiendo. Sumar 20 billones de yenes en nuevos compromisos de gasto a ese escenario, y el mercado tiene todo el incentivo para preguntarse si el crecimiento se materializará lo suficientemente rápido como para justificar la deuda.
Quiénes ganan y quiénes pagan
Los beneficiados de esta postura presupuestaria son evidentes. El gasto en defensa probablemente continuará su senda alcista. Las subvenciones a semiconductores y la industria avanzada siguen siendo prioritarias. Los programas de transición energética, que desde hace mucho luchaban por conseguir financiación, ahora se encuentran dentro de un enveloppe mayor. Los gobiernos regionales y los ministerios que presentaron solicitudes esperando crecimiento verán reflejadas sus aspiraciones en la cifra agregada, aunque las asignaciones individuales varíen.
Los perdedores son más difíciles de nombrar con precisión, pero más trascendentales. Los hogares ya apretados por la inflación persistente no verán alivio si el gobierno prioriza el gasto orientado al crecimiento sobre los subsidios directos a los precios. El yen asume el riesgo directamente: cada yen adicional tomado prestado en una moneda que los mercados han vendido repetidamente podría acelerar la depreciación. Los tenedores de bonos a largo plazo enfrentan la amenaza más silenciosa: si la confianza se erosiona, los rendimientos suben y los costos de servicio de la deuda del gobierno consumen una cuota mayor de los ingresos.
Qué observarán los mercados globales a continuación
Los inversores internacionales no prestan atención a los marcos contables de Katayama. Están vigilando el yen. Si la solicitud de 143 billones de yenes señala que Japón está dispuesto a ejecutar déficits más amplios mientras el Banco de Japón permanece atrapado entre la normalización gradual de tipos y una inflación que se niega a mantenerse contenido, la moneda absorberá la presión. Un yen más débil encarece las importaciones, lo que alimenta aún más la inflación, lo que constriñe al banco central, lo que refuerza la dependencia del déficit. Ese no es un pronóstico alarmista. Es el caso base si el crecimiento no se materializa.
El escenario alternativo requiere que el gobierno de Takai demuestre que este gasto realmente catalice ganancias de productividad: no solo producto, sino producto por trabajador. El crecimiento de la productividad de Japón ha estado casi plano durante dos décadas. Ninguna cantidad de aumentos presupuestarios soluciona eso por sí solo. Pero si el presupuesto puede estructurarse para recompensar la innovación, la participación laboral y la reforma estructural, la historia de la deuda cambia. Si no puede, los números simplemente se convierten en una pila más grande de promesas sobre una base demográfica en contracción.
La verdadera prueba no es la cifra
La cifra de 143 billones de yenes dominará los titulares. Es un récord, y los récords atraen la atención. Pero la pregunta real es si este presupuesto refleja una estrategia coherente o simplemente una escalada de viejos hábitos con roupa nueva.
Poner fin a la dependencia de los presupuestos suplementarios es una reforma genuina. Si el dinero reemplaza medidas temporales por otras permanentes que realmente estimulen el crecimiento —o si simplemente se convierte en gasto permanente sin resultados permanentes— determinará si los mercados recompensan este enfoque o lo castigan. El yen decidirá primero. El resto seguirá después.