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Macron y Carney tejen un puente transatlántico bajo Trump

Francia y Canadá profundizan su alianza en energía, comercio y defensa democrática — un movimiento discreto pero estratégico mientras Washington se vuelve cada vez más impredecible bajo la postura de Estados Unidos primero de Trump.

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Un encuentro diseñado para los titulares

San Pedro y Miquelón es un remoto archipiélago situado a solo 25 kilómetros de la costa sur de Canadá. Durante dos semanas en septiembre de 2026, se convirtió en el territorio francés con mayor carga geopolítica en el Atlántico Occidental.

Emmanuel Macron y Mark Carney se reunieron allí el domingo: la primera visita de un presidente francés al territorio desde Jacques Chirac en 2014, y la primera de un primer ministro canadiense en la historia. La elección del lugar fue deliberada. Las islas se encuentran en el borde de la zona económica exclusiva de Canadá, a la vista de las principales rutas marítimas, y a solo un día de vuelo tanto de Washington como de París.

Además, se hallan dentro de la frontera que Trump dibujó en sus redes sociales apenas días antes.

El expresidente estadounidense publicó una imagen que mostraba Norteamérica y partes de Centroamérica y el Caribe bajo una única bandera estadounidense, incluyendo San Pedro y Miquelón, Groenlandia, Islandia y los territorios franceses del Caribe. Lo llamó «Estados Unidos de América». La publicación no tenía ninguna designación oficial, pero la implicación era innegable: esos lugares pertenecen a los Estados Unidos.

Macron no mordió el anzuelo de forma directa. Ante la pregunta sobre la publicación, se limitó a afirmar que no necesitaba reafirmar la soberanía francesa sobre las islas todos los días por culpa de «ideas extrañas» procedentes del extranjero. Carney fue más incisivo. Enmarcó la reunión en torno a lo que llamó «nuevas tormentas»: el cambio climático, la erosión de las normas democráticas y las amenazas a la soberanía.

La palabra soberanía apareció tres veces en la declaración conjunta.

La energía como estrategia

El resultado más concreto de la reunión tiene que ver con el gas natural licuado.

Los precios domésticos de la energía en Francia están subiendo, una vulnerabilidad política para Macron, que ya enfrenta presión de cara al próximo ciclo parlamentario. Canadá posee algunas de las mayores reservas de GNL sin explotar del mundo. La mayor parte de esas reservas fluye actualmente hacia Asia, donde los precios han sido más altos. Europa, desesperada por reducir su dependencia del gas ruso y estabilizar los precios, ha estado mirando hacia el sur.

Macron pidió explícitamente a Canadá que ampliara sus exportaciones de GNL hacia Europa en lugar de dirigirlas principalmente a Asia. Calificó los proyectos canadienses como «importantes para Europa». Carney no se comprometió a volúmenes específicos, pero el mensaje era claro: no se trata de una conversación comercial. Es un realineamiento estratégico.

Canadá ya suministra electricidad a partes del nordeste de Estados Unidos a través de líneas de interconexión. Ampliar ese modelo para incluir envíos de GNL a puertos europeos representaría un cambio significativo en la geografía energética norteamericana. También reforzaría los lazos entre Ottawa y Bruselas de maneras que Washington no podrá ignorar fácilmente.

La propuesta de miembro asociado

El elemento más provocador del debate giró en torno a la propuesta de la Unión Europea de convertir a Canadá en su primer miembro asociado.

La idea no ha sido adoptada formalmente. La Comisión Europea planteó el concepto como una forma de profundizar los lazos con socios democráticos fuera del continente sin ofrecer la membresía plena. Canadá ha mostrado interés. Macron dijo que Francia apoya la propuesta.

Trump la calificó de «risible» y amenazó con «aranceles serios» y una suspensión del comercio si la UE avanzaba. La amenaza era vaga —el comercio de bienes y servicios entre EE. UU. y la UE supera el billón de dólares anuales—, y los aranceles de esa escala perjudicarían a ambas partes. Pero la señal fue clara: Washington considera que cualquier profundización de las relaciones entre la UE y Canadá constituye un desafío.

Esta no es una idea nueva para Trump. Con anterioridad se burló de los aliados de la OTAN por no gastar lo suficiente, cuestionó el valor de la alianza transatlántica e impuso aranceles al acero y al aluminio canadienses durante su primer mandato. La diferencia ahora radica en el tono. La publicación en redes sociales que redibuja fronteras, aunque sea de forma satírica, cruza hacia un territorio que señala una disposición a poner a prueba los límites de las relaciones con los aliados.

El problema de la ratificación

Nada de esto será fácil.

El Acuerdo Económico y Comercial Global entre la UE y Canadá, el CETA, está en vigor de forma provisional desde 2017. La ratificación plena requiere la aprobación de cada estado miembro de la UE y del Parlamento Europeo. Más de una década después, varios países aún no lo han ratificado, incluida Francia.

La oposición francesa al CETA proviene de intereses agrícolas preocupados por la competencia, sindicatos laborales interesados en las normas y grupos políticos escépticos respecto a una integración más profunda con socios no europeos. El mismo gobierno que ahora aboga por estrechar los lazos con Canadá no ha firmado el marco comercial existente que facilitaría esos vínculos.

La visita de Carney no resuelve ese problema. Pero añade presión política. Si Canadá se convierte en miembro asociado de la UE, Francia enfrentará una crítica interna más intensa por bloquear un acuerdo que su propio gobierno apoya. La fecha, a solo semanas de la Asamblea General de la ONU, sugiere que París quiere colocar el tema en el escenario internacional.

Quién gana, quién pierde

Francia gana credibilidad. Macron se ha posicionado como defensor de la autonomía europea durante años, pero su historial es混合. Este encuentro le ofrece una victoria concreta fuera de la estructura de la UE: una relación bilateral con una democracia rica en recursos que se enmarca explícitamente en torno a valores compartidos e independencia estratégica.

Canadá gana influencia. Ottawa ha estado atrapada entre un socio comercial hostil al sur y una superpotencia regulatoria al norte. Desviar las exportaciones de energía de Asia a Europa, profundizar los lazos con la UE y cultivar una relación personal con Macron le da a Canadá opciones. Eso es valioso tanto si Trump regresa a la presidencia como si no.

La Unión Europea gana un modelo. El concepto de miembro asociado, si prospera, podría replicarse con otros socios democráticos: Japón, Corea del Sur, Colombia. Ofrece una vía para construir una red de economías alineadas sin requerir cambios en los tratados ni negociaciones de adhesión.

Estados Unidos pierde influencia. No de inmediato, no catastróficamente. Pero el mensaje del tuit de Trump con su mapa era que el dominio americano se da por sentado, no se gana. La respuesta de París y Ottawa fue construir alternativas. Así es como se erosiona la influencia.

Qué viene después

El siguiente paso es técnico. La cooperación energética requiere armonización regulatoria, rutas marítimas e infraestructura. La condición de miembro asociado necesita consenso en el Consejo de la UE y aprobación doméstica en Canadá. Ambas son posibles. Ninguna está garantizada.

Lo que resulta más claro es la señal geopolítica. Francia y Canadá están tratando la relación transatlántica como algo que necesita defensa, no como algo que ocurre automáticamente. Esto marca un cambio respecto a la suposición de la posguerra fría de que la seguridad y el comercio a través del Atlántico estaban resueltos.

Macron y Carney se reunieron en una pequeña isla frente a la costa de Terranova y dijeron, sin decirlo directamente, que el viejo orden se deshilacha. La pregunta ahora es si pueden construir algo durable antes de que llegue la próxima crisis.