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Corea del Sur apuesta por submarinos nucleares a cambio de mayor gasto en defensa: y eso podría redefinir la alianza

El presidente Lee Jae-myung ofreció a Trump mayores contribuciones en defensa a cambio de acelerar la cooperación en submarinos nucleares, un acuerdo que señala el giro urgente de Seúl hacia una disuasión más soberana. Las implicaciones van mucho más allá de la relación Seúl-Washington.

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El audaz comercio de Seúl

En una reunión de 30 minutos en un hotel de Manhattan durante la Asamblea General de la ONU, el presidente surcoreano Lee Jae-myung presentó una propuesta que habría sido impensable hace solo dos años: aumentar el gasto en defensa y que Estados Unidos acelere las conversaciones sobre submarinos de propulsión nuclear para la República de Corea.

No se trataba de una petición envuelta en una vaga solidaridad aliada. Era una línea presupuestaria. Corea del Sur paga más; Estados Unidos agiliza el tema de los submarinos nucleares. El marco —repetido en múltiples brevesings de la Casa Azul— señala una recalibración clara en el cálculo de Seúl. Durante décadas, la ROK aceptó la generosidad estratégica estadounidense dentro del tabú nuclear. Ahora intenta comprarse su salida de esa restricción gastando su camino hacia arriba.

Los números importan. Corea del Sur ha estado incrementando sus contribuciones al presupuesto de defensa bajo el Acuerdo de Medidas Especiales bilateral, pero el control central de la tecnología —gobernado por el Acuerdo de Energía Nuclear entre EE.UU. y la ROK de 1977— permanece intacto. Ese acuerdo restringe el enriquecimiento de uranio y el reprocesamiento, y efectivamente bloquea el tipo de tecnología de propulsión nuclear que Seúl desea ahora. La apertura de Trump a reconsiderar estas barreras sería histórica, ya sea mediante renegociación o flexibilidad ejecutiva.

Quién gana, quién pierde

Corea del Sur es quien más gana si este acuerdo se concreta. Una flota de submarinos de propulsión nuclear transformaríamos a la Armada de la ROK de una fuerza regional de defensa costera en una verdadera capacidad azul profundo —capaz de patrullajes extendidos a través del Pacífico, independientemente de las restricciones de reabastecimiento, y con una carga útil muy superior a la de los submarinos diésel-eléctricos convencionales. Las matemáticas estratégicas de la península coreana cambian dramáticamente cuando Seúl posee submarinos que pueden operar indetectables durante meses a la vez.

Estados Unidos gana un aliado predecible que asume más carga propia, un punto de venta para cualquier miembro escéptico del Congreso. Pero hay riesgos reales. Los defensores de la no proliferación nuclear en Washington y Tokio verán esto como un peligroso precedente. Japón, ya restringido por su constitución pacifista y la política nuclear estadounidense, observará cómo Seúl adquiere capacidades que Tokio no puede igualar por canales formales. El régimen de no proliferación, construido a lo largo de décadas, se desfibra aún más.

Corea del Norte, previsiblemente, pierde. Todo el racional del programa nuclear de Pyongyang —la disuasión contra una fuerza convencional superior— se erosiona si la ROK obtiene plataformas de удар sigilosas y de larga resistencia. El cálculo de Pyongyang ya está tenso por su propia fragilidad económica. Una flota de submarinos nucleares de la ROK agregaría otra capa de ansiedad estratégica.

La cuestión del control en tiempos de guerra

Si la vía de los submarinos nucleares tiene éxito, el segundo tema importante en la agenda —la transferencia del control operacional en tiempos de guerra, o Wonjeon-gwak— se convierte en la verdadera prueba de madurez de la alianza.

Según fuentes de la Casa Azul, los negociadores surcoreanos dedicaron tiempo significativo a este tema durante la cumbre. El presidente Lee argumentó que las condiciones de la ROK para recuperar el mando de sus propias fuerzas en tiempos de guerra se estaban cumpliendo, y que la transición debería acelerarse. Trump supuestamente escuchó.

Esta no es una demanda nueva. La ROK busca el control total en tiempos de guerra desde hace más de una década, con múltiples cronogramas propuestos y retrasados. Los obstáculos siempre han sido tanto prácticos como políticos —EE.UU. quiere preservar una cadena de mando de la que confía, y los gobiernos surcoreanos han dudado en cruzar la meta en medio de las amenazas norcoreanas. El marco actual, sin embargo, es diferente. Seúl está vinculando explícitamente ambos temas: la cooperación en submarinos nucleares se acelera con los aumentos del gasto de defensa, y la misma lógica se aplica al control operacional.

Esa vinculación es significativa. Sugiere que Seúl ya no está dispuesta a esperar a que Washington marque el ritmo. La ROK está ofreciendo algo tangible —más dinero, más inversión— a cambio de autonomía estratégica.

La dimensión de Corea del Norte

Un detalle de la cumbre merece atención. Según la Casa Azul, el presidente Lee le pidió a Trump que asumiera un rol más activo para reabrir el diálogo con Corea del Norte. La respuesta de Trump, parafraseada por funcionarios, fue esencialmente que entendía —y, notablemente, afirmó que Kim Jong Un mismo había descrito su relación como positiva, algo que Trump enmarcó como prácticamente único.

No se confirmó ningún canal de comunicación específico. Pero el mero hecho de que el presidente de la ROK le pida a EE.UU. liderar sobre Corea del Norte —en lugar de insistir en un compromiso directo Seúl-Pyongyang— marca una postura notable. Refleja ya sea un reconocimiento pragmático de que Washington detenta la palanca con Pyongyang, o un cálculo de que el momento aún no es el adecuado para una diplomacia directa intercoreana.

En cualquier caso, señala que la prioridad inmediata de Seúl es fortalecer la arquitectura de defensa bilateral, no resolver la cuestión de Corea del Norte por sí sola.

Qué sigue

Según se reportó, los dos líderes acordaron profundizar las consultas sobre el combustible, el enriquecimiento y el reprocesamiento nuclear de los submarinos, y la transición del control operacional. Se espera que una cumbre de seguimiento en noviembre produzca resultados más concretos.

El cronograma es ajustado. Si EE.UU. acepta reabrir las discusiones del Acuerdo de Energía Nuclear —una decisión política que requeriría la participación personal de Trump— el trabajo técnico podría comenzar en cuestión de meses. Pero la legislación, la coordinación entre agencias y la consulta al Congreso ralentizarían todo considerablemente. Es poco probable que la Armada de la ROK vea un vessels de propulsión nuclear antes de principios de la década de 2030, como mínimo.

Aún así, el cambio simbólico es enorme. Corea del Sur entró en el siglo XXI aceptando un paraguas nuclear que no ayudó a construir. Ahora intenta forjar su propia ventaja nuclear, y está pagando por el privilegio. Si Washington acepta el trueque depende de si Trump ve valor estratégico en una Seúl más empoderada —o si solo ve una complicación contra la que lucharía su establishment de no proliferación.

La invitación al golf en el G20 de diciembre se reportó como un comentario casual. En la diplomacia aliada, lo casual suele significar algo.