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El trueque de oligarcas: cómo Francia y Eslovaquia debilitaron las sanciones de la UE

Francia y Eslovaquia intercambiaron la eliminación de dos oligarcas cercanos a Putin por un plazo más largo de sanciones, una negociación que expone cómo la unidad occidental sobre Rusia se está fracturando bajo presión bilateral.

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El acuerdo que no debería haberse firmado

La tarde del 21 de septiembre de 2026, dos socios improbables —Francia y Eslovaquia— lograron algo que habría sido impensable hace dieciocho meses. Convencieron a la Unión Europea de retirar a dos de los allegados más cercanos de Vladímir Putin de su lista de sancionados. A cambio, Bruselas acordó prorrogar el régimen general de sanciones durante treinta y seis meses, en lugar de los doce originalmente propuestos.

Los oligarcas son Alísher Usmánov y Mijaíl Fridman. Ambos son, según la propia decisión de sanciones de la UE de 2022, miembros del «círculo íntimo» de Putin. El pacto que cerraron en Bruslas ha dejado a Kiev furiosa y ha puesto al descubierto una fisura en la unidad occidental que Moscú no pasará por alto.

Quiénes son estos hombres — y por qué importan

Fridman es cofundador de Alfa-Group, el mayor conglomerado privado de Rusia. Sus filiales prestaron seguros para vehículos utilizados por las fuerzas rusas en Ucrania. También daban servicio a la Oficina Central de Programas Especiales, el organismo reservado a la guarda de Putin. Antes de que Ucrania nacionalizara su banco en 2023, Fridman era dueño de Sense Bank —antiguo Alfa-Bank—, una de las mayores instituciones financieras del país.

Usmanov forjó su fortuna en metales y minería tras el colapso soviético. La inclusión original de la UE lo describía sin rodeos: «uno de los oligarcas favoritos de Putin». Ambos hombres se sitúan en la intersección entre el capital ruso y el poder ruso. Su eliminación de la lista no es un ajuste técnico. Es una señal.

El vínculo con Azerbaiyán

Esto es lo que hacía tan sorprendente la alianza repentina entre Francia y Eslovaquia. París no se sumó a la demanda de deslisting por simpatía hacia los oligarcas rusos ni por un cambio súbito en su política hacia Rusia. Según diplomáticos de la UE, Francia entró en el pacto porque Azerbaiyán —un socio energético clave en el Cáucaso Sur— retenía supuestamente a dos ciudadanos franceses como prisioneros políticos. Bakú, dijo Francia a otros países de la UE, era la baza detrás de la solicitud.

Se trata del tipo de trueque bilateral que hace frágiles los regímenes de sanciones. Francia intercambió principios ucranianos por dos de los suyos. Eslovaquia, que lleva meses presionando por la exclusión de oligarcas, consiguió su premio. Moscú obtuvo algo mucho más valioso: la prueba de que la coalición occidental contra Rusia es negociable.

La furia de Ucrania

La respuesta de Ucrania fue inmediata y devastadora. El ministro de Exteriores, Andrii Sybiha, se expresó en redes sociales: «¿Qué ha cambiado? Nada. La deslisting es inaceptable y enviaría la señal equivocada a Moscú en un momento en el que hay que intensificar la presión».

Vladislav Vlasiuk, enviado de Ucrania para temas de sanciones, preguntó con claridad: «¿Cómo puede alguien discutir en serio la exclusión de sanciones mientras la guerra de Rusia continúa?» Su réplica fue aún más contundente: «Eliminar nombres de la lista sin un cambio fundamental en la conducta envía exactamente la señal equivocada: la presión es temporal, la rendición de cuentas es negociable y las sanciones simplemente pueden esperarse».

El nuevo embajador de Ucrania ante la UE, Taras Kachka, advirtió: «La concesión solo invita a Moscú a subir la apuesta».

Lo que esto revela sobre la toma de decisiones de la UE

El régimen de sanciones de la UE sobre Rusia siempre ha funcionado por consenso. Cada prórroga, cada inclusión, cada exclusión requiere la unanimidad de los veintisiete Estados miembros. Ese sistema produjo una coherencia notable durante 2024 y la mayor parte de 2025. También generó una vulnerabilidad: cualquier país puede tomar como rehén a todo el régimen en beneficio de intereses bilaterales.

Eslovaquia ha sido la voz persistente que exige la exclusión de oligarcas. Su gobierno argumenta que ciertos oligarcas no merecen sanciones, una postura que tenía sentido en la política interna de Bratislava pero que por fuera parecía blandeza. La decisión de Francia de unirse a la campaña de Eslovaquia tomó por sorpresa a algunas capitales de la UE. París había sido una de las voces más duras sobre Rusia desde el inicio de la invasión.

Ahora París ha cambiado de perfil. La razón —la baza de Azerbaiyán sobre ciudadanos franceses— es comprensible en términos humanos. Dos nacionales retenidos en el extranjero no son un problema diplomático abstracto. Pero el precedente que establece es peligroso. Si Francia puede intercambiar la exclusión de oligarcas por la liberación de prisioneros, ¿qué evita que otros Estados miembros hagan tratos similares? ¿Qué evita que Moscú descubra qué capitales europeas son más fáciles de presionar?

La prórroga de 36 meses: ¿confort o tapadera?

La concesión parcial a Francia y Eslovaquia fue una línea temporal de sanciones más larga: treinta y seis meses en lugar de doce. En apariencia, esto parece un triunfo para el campo sancionador. Más restricciones significan más años de presión económica sobre Rusia. También significa menos renegociaciones frecuentes y menos oportunidades para que Moscú explote las divisiones.

Pero la prórroga vino acompañada de una exclusión que socava la autoridad moral de todo el régimen. Las sanciones no son solo instrumentos económicos. Son señales: sobre quién considera la UE cómplice de la guerra de Putin, sobre qué conducta cruza la línea, sobre si las promesas occidentales son vinculantes. Cuando dos miembros del círculo íntimo de Putin caminan en libertad mientras el reloj de las sanciones avanza, la señal se enturbia.

Los funcionarios ucranianos entienden esto de forma intuitiva. Su frustración no es contable. Es de confianza. Cada exclusión erosiona la credibilidad del edificio de sanciones. Cada compromiso le enseña a Moscú que la paciencia rinde frutos.

Qué sigue

Los embajadores se reunieron por tercera vez en un solo día para confirmar el acuerdo. Los ministros de los veintisiete países votarán para adoptarlo —una formalidad— antes del plazo del 22 de septiembre. Las sanciones se prorrogarán. Dos oligarcas serán excluidos. Kiev protestará. Moscú tomará nota.

La verdadera pregunta no es lo que ocurrió esta semana. Es lo que esta semana revela sobre la durabilidad de la unidad occidental. Francia y Eslovaquia demostraron que cualquier Estado miembro puede arrancar concesiones tomando como rehén el régimen de sanciones. El mecanismo es sencillo: retrasar la renovación, exigir la exclusión, arrancar ganancia bilateral. El precedente es más difícil de contener.

Si otros países aprenden esta fórmula —si Polonia o Hungría o incluso un futuro gobierno francés decide que la exclusión de oligarcas es el precio por liberaciones de prisioneros, acuerdos energéticos o pactos migratorios—, el régimen sancionador se convierte en un menú en lugar de un muro. Moscú estudiará el menú. Aprenderá qué artículos están disponibles para el trueque y cuáles no.

La advertencia de Ucrania fue precisa: «La presión es temporal, la rendición de cuentas es negociable y las sanciones simplemente pueden esperarse». El régimen de tres mil sanciones nunca estuvo pensado como permanente. Pero su credibilidad depende de la coherencia. Una vez que esa coherencia se fractura, el poder del régimen disminuye: no porque cambie la economía, sino porque cambia la señal.

La UE prorrogó sus sanciones. También abrió una puerta. Qué tan ancha se vuelva esa puerta dependerá de si las veintisiete capitales tratan esta semana como una anomalía o como un modelo.