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La silenciosa bienvenida de Trump al gobierno de extrema derecha en Alemania

La sorprendente victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt anuncia un gobierno de extrema derecha por primera vez en Alemania desde los nazis. La aprobación de la administración Trump revela cómo Washington está recalibrando su enfoque de la política europea y qué significa para la OTAN.

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El terremoto en Sajonia-Anhalt

Las elecciones estatales alemanas rara vez trascienden las fronteras del país. Pero el resultado en Sajonia-Anhalt, este domingo, fue algo completamente distinto. La Alternativa para Alemania, o AfD, logró el 43,8 % de los votos —una pluralidad que la sitúa a solo un paso de la mayoría en el parlamento estatal. Por primera vez desde la caída del régimen nazi, un partido de extrema derecha está a punto de gobernar en Alemania.

La AfD no es un actor político normal. Los servicios de inteligencia alemanes tienen al partido bajo vigilancia, monitoreándolo como organización extremista presunta. Su dirigencia se encuentra ahora en negociaciones de coalición, aunque aún no está claro si podrán mantener unidos a suficientes aliados para formar gobierno. Lo que sí es claro es el shock que recorre la política alemana. El canciller Friedrich Merz, de la Unión Demócrata Cristiana, declaró que el resultado había sacudido a su partido “hasta sus cimientos más profundos”.

Con elecciones previstas a finales de este mes en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el temor es que la AfD pueda convertir estos avances estatales en una oleada nacional.

Cas Mudde, quien ha estudiado durante décadas los movimientos de extrema derecha europeos, dijo a Vox que el debate nacional ha entrado en modo de crisis. “El debate nacional es ahora uno de crisis, centrando la atención en el éxito de la AfD y en las presuntas razones de este”, afirmó Mudde.

Pero quizás el detalle más impactante de esta elección no es lo ocurrido en Sajonia-Anhalt, sino quién parece celebrarlo.

El cálculo de Trump

Según los reportes, el resultado encaja exactamente con lo que la administración Trump ha querido durante mucho tiempo. Esta es la implicación no obvia que la cobertura en inglés ha pasado por alto en gran medida: la aprobación tácita de Washington a un gobierno alemán de extrema derecha representa una recalibración fundamental de la postura de EE. UU. hacia Europa —un intercambio de solidaridad democrática liberal por apalancamiento transaccional.

Las matemáticas detrás del cálculo son sencillas, aunque alarmantes. Una Alemania gobernada por o dependiente de la AfD tendría menos probabilidad de impulsar una autonomía estratégica dentro de la UE. Sería más simpatizante de la orientación “América primero” de Trump. Y sería materialmente más débil para resistir la influencia económica china —precisamente porque la agenda doméstica de la AfD prioriza el conservadurismo cultural sobre la diversificación geopolítica.

Esta no es una teoría conspirativa. Es realpolitik que se despliega más allá del Atlántico, con el electorado alemán como peón.

Cómo se ve la OTAN con la AfD en el poder

Las implicaciones para la OTAN son inmediatas y concretas. Alemania es la columna financiera de la alianza y su mayor contribuyente de tropas en Europa. Un gobierno alemán de extrema derecha casi con certeza exigirá concesiones a Washington antes de honrar esos compromisos —o, más probablemente, le dará a Trump exactamente la apertura que ha estado buscando para cuestionar toda la empresa.

Consideren el debate sobre el gasto en defensa. Trump ha exigido repetidamente que los miembros europeos de la OTAN eleven sus contribuciones al 5 % del PIB. Un gobierno liderado por Merz ya estaba bajo presión para cumplir. Una coalición influenciada o liderada por la AfD enfrentaría oposición doméstica aún más feroz a mayor gasto militar, precisamente porque la base del partido es escéptica ante los compromisos institucionales internacionales.

Mientras tanto, la estrategia de defensa de la UE —que ha ido cohesionándose lentamente alrededor de la idea de una capacidad militar europea más independiente— perdería a su principal defensora. Alemania ha sido el motor silencioso detrás de la autonomía estratégica europea. Retiren ese motor, y el proyecto se estanca o colapsa.

La cuestión china

Aquí es donde el cálculo de la administración Trump se vuelve más claro —y más peligroso. China es el competidor estratégico declarado de Estados Unidos. Pero Trump nunca ha tratado la política hacia China como una doctrina coherente. La ha tratado como un problema de negociación, y ha señalado repetidamente que preferiría acuerdos transaccionales a la alineación ideológica.

Un gobierno de la AfD en Berlín sería más susceptible a las propuestas económicas chinas. La industria automotriz alemana, ya de por sí luchando con la transición a vehículos eléctricos, tiene profundas dependencias del mercado chino. Un gobierno liderado por la AfD sería menos propenso a apoyar medidas restrictivas sobre tecnología o inversión china, y más propenso a resistir la presión estadounidense para desacoplarse de China.

Esto no es especulación. Es la extensión lógica de la plataforma de la AfD combinada con la evidente preferencia de Trump por tratar con líderes autoritarios sin importar sus registros domésticos.

Qué sucede a continuación

El futuro inmediato es incierto. Las negociaciones de coalición en Sajonia-Anhalt podrían fallar. La AfD podría quedar aislada por otros partidos que se nieguen a gobernar con ella —una estrategia conocida como el cordon sanitaire que se ha mantenido en Alemania durante décadas. Pero el hecho de que esta estrategia esté siendo probada en absoluto señala cuánto se ha desplazado el centro político.

Las elecciones en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental serán la siguiente prueba. Si la AfD gana allí también, el cerco podría agrietarse por completo. Si pierde, Merz y la CDU aún tendrán que enfrentar a un partido que ha demostrado que puede movilizar a casi la mitad del electorado en el este de Alemania.

Para Washington, la opción es nítida. La administración Trump puede intensificar su apoyo implícito a movimientos de extrema derecha en toda Europa —tratando las normas democráticas como negociables a cambio de ganancias transaccionales a corto plazo—, o puede reafirmar que el orden de posguerra, por imperfecto que fuera, se construyó sobre algo más duradero que la pura fuerza bruta.

Las apuestas van mucho más allá de los dos millones de residentes de Sajonia-Anhalt. Se extienden al futuro de la propia alianza transatlántica.