Dentro de la máquina asesina de Israel: Las entrevistas secretas detrás de Naza
Durante tres años en total secreto, los directores de No Other Land se infiltraron en el aparato de inteligencia militar israelí para documentar el sistema detrás de las muertes civiles en Gaza. Su nueva película Naza obliga a enfrentar lo que ocurre cuando la negación se convierte en política.
La palabra que nadie debería tener que conocer
NAZA no es un nombre. Es un acrónimo —derivado de la palabra hebrea para «daños colaterales»— usado dentro de los servicios de inteligencia israelíes para cuantificar cuántos civiles se espera que mate un ataque aéreo dirigido. Aparece en el documental Naza tanto como título como como tema central: ese tipo de lenguaje burocrático y gélido que convierte a los seres humanos en números.
Yuval Abraham y Rachel Szor, los cineastas israelíes detrás del documental ganador del Oscar en 2025 No Other Land, regresan con algo más duro y concentrado. Su nueva película, la única documental en competencia en este año del Festival de Cine de Venecia, rastrea ese lenguaje burocrático hasta la maquinaria que lo produce. Cuenta con 24 oficiales y soldados de la inteligencia militar israelí que describen, con detalle, las operaciones de vigilancia y ataque a distancia que tomaron como blancos a civiles palestinos en Gaza. Todos hablaron bajo condición de anonimato. Sus rostros y voces fueron alterados digitalmente. Fueron filmados de noche, en azoteas repartidas por Tel Aviv, porque tres años de secreto absoluto fueron la única forma en que esta película pudo existir.
El proyecto estuvo producido ejecutivamente por Jonathan Glazer —director de The Zone of Interest— y producido por Guardian Films y JW Films. Lleva consigo el peso de esa línea filiatoria. Pero, a diferencia de la alegoría holocaustista meticulosamente compuesta por Glazer, Naza es inconfundiblemente sobre el presente.
Cómo construir una base de testimonios en secreto
Abraham trabaja como periodista de investigación. Ese trasfondo profesional importa aquí. Había estado buscando a informantes dentro del sistema israelí durante años, creando fuentes al mismo tiempo que se publicaban reportajes en The Guardian, +972 Magazine y Local Call. Naza no inventa sus revelaciones. Amplifica una red que ya existía.
Los cineastas dedicaron tres años al proyecto, asumiendo en cada paso que las agencias del Estado israelí intentarían impedir su finalización. Convencer a 24 soldados para que hablaran requirió más que acceso; requirió persuadir a personas que habían participado en una guerra que la mayoría de los israelíes prefieren no examinar en detalle. Como señaló Szor, los medios israelíes mainstream no ofrecen una plataforma para este tipo de testimonios. Esa ausencia podría ser precisamente la razón por la que tantos estuvieron dispuestos a hablar: les estaban preguntando algo que las redacciones de su propio país no les habían preguntado.
La arquitectura de la negación
El argumento más estructural de la película es también su formulación más sencilla: la negación no es un fallo pasivo de conciencia. Es una condición que permite que la violencia continúe. Abraham fue tajante al respecto en Venecia. La negación de lo que sucede en Gaza —dijo— es, en sí misma, un factor que permite que los crímenes persistan.
Basten estas fechas. La entrevista se realizó durante una semana en la que una niña de ocho años, Wafaa Akila, fue asesinada en Gaza junto con su padre, e Israel bombardeó una escuela el mismo día, matando a una niña de primer grado. Estos eventos no son anomalías dentro de la lógica de la película. Son productos del sistema que describen los soldados.
Los cineastas argumentan que los medios internacionales han normalizado la normalización de estas muertes. Cuando los asesinatos ocurren a diario durante dos años, dejan de registrarse como noticia y comienzan a registrarse como rutina. El aparato que sostiene esa rutina —en Washington, en las capitales europeas— se beneficia de ese desdibujamiento. La ayuda militar incondicional y la cobertura diplomática fluyen a través de ese borrones.
Naza intenta reemplazar ese desdibujamiento con una visión específica desde el interior de la máquina. Los soldados describen el uso de inteligencia artificial para seleccionar objetivos. Describen ataques contra puntos de distribución humanitaria de alimentos. Describen la toma como blanco de desplazados que regresan a sus barrios. Y describen, de manera más escalofriante, el ataque deliberado contra familias enteras en sus hogares: el cálculo preciso que da título a la película.
Tel Aviv de noche
Las elecciones estéticas de la película no son decorativas. Grabar en las azoteas de Tel Aviv durante la noche cumple múltiples propósitos a la vez. El fondo no puede ser neutral; debe recordar al espectador que esta es la ciudad que alberga el principal cuartel general militar de Israel, y que las órdenes descritas en las entrevistas原igenan en estas calles. Sin embargo, esa misma ciudad, a solo 60 kilómetros de Gaza, funciona como un lugar donde la mayoría de sus residentes viven como si la guerra fuera una pantalla en sus teléfonos en lugar de una estructura que sostienen.
Szor y Abraham minimizaron deliberadamente el material de Gaza hasta el último acto de la película. La decisión estuvo influenciada por el enfoque de Glazer en The Zone of Interest: las víctimas permanecen fuera de la vista pero nunca fuera de la mente. Lo que Naza muestra en cambio es la banalidad de la que emana la violencia —las conversaciones, los sistemas, el lenguaje casual de la toma de blancos—. La película invita a los espectadores a quedarse con la idea de que israelíes comunes y corrientes llevan a cabo violencia extraordinaria como materia de deber, no de fanatismo.
La pregunta electoral que todos hacen
Cuando Europa y Estados Unidos dudan en imponer sanciones o aplicar presión diplomática, la excusa por defecto suele ser la misma: viene otro gobierno israelí, y las cosas cambiarán. Abraham desmanteló esta suposición con limpieza.
Israel celebró elecciones en octubre de 2026. Reconoció que la democracia judía israelí podría mejorar —el gobierno actual es corrupto y ha debilitado los mecanismos democráticos para su propia ciudadanía—. Pero, para los palestinos, dijo, no prevé ningún cambio sustancial. Las elecciones de 2022 produjeron un gobierno de cambio, y las demoliciones de casas y la violencia de los colonos en Cisjordania se agravaron. Las políticas hacia Gaza bajo ese gobierno fueron casi idénticas a las del gobierno actual.
El consenso a través del espectro político israelí —incluyendo lo que Abraham llama los partidos de izquierda sionistas— es notablemente profundo. Son partidos que no discuten públicamente el asesinato de más de 70 000 palestinos en la vida política. Ese silencio, argumentó, es en sí mismo evidencia de la naturaleza sistémica de la violencia. No se trata de unos pocos actores malas. Es una estructura que opera con acuerdo casi total en todo el espectro político.
¿Puede la película sobrevivir en el país de sus creadores?
Abraham y Szor no hicieron esta película en el exilio. Viven en Israel. Sus familias, amigos y sentido de pertenencia están arraigados allí. Cuando les preguntaron si podrían regresar, la respuesta de Abraham fue directa: no ve razón por la que no deberían poder. También reconoció que el Estado israelí podría represaliarlos y esperaba que no lo hiciera.
Mostrar Naza dentro de Israel sigue siendo un objetivo central. Abraham lo calificó de esencial: una película que la sociedad israelí debería ver, una oportunidad para confrontar lo que hizo el ejército, lo que hizo el gobierno y lo en lo que participaron tantos ciudadanos. Los obstáculos son numerosos. Pero los cineastas tienen la intención de salvar tantos como puedan.
Por qué esto importa más allá de Venecia
Naza llega en un momento en que la comunidad internacional ha aceptado mayormente un horror congelado —suficiente dolor para provocar declaraciones, pero no suficiente indignación para alterar la política—. La contribución de la película no es nueva información en el sentido más estricto. Los palestinos han estado describiendo estos eventos durante dos años. La innovación es la visión interna: soldados describiendo su propia participación, no como monstruos, sino como funcionarios que siguen un sistema que ayudan a sostener.
Esa distinción importa. Los soldados en Naza no se confiesan culpables de acciones por cuenta propia. Describen procesos institucionales —selección de blancos por IA, cálculos de daños colaterales, operaciones remotas desde centros de mando en Tel Aviv—. La horror no está en la crueldad individual. Está en la normalidad administrativa.
Si la película logra lo que Abraham y Szor desean —si hace más difícil la negación, si obliga a los espectadores en Washington, Londres, Berlín y Roma a confrontar la especificidad de lo que sus gobiernos permiten—, entonces Naza habrá hecho lo que los documentales rara vez logran. Habrá convertido la abstracción moral en algo que se ve, suena y se siente como un sistema al que puedes señalar y decir: así es como funciona.
Los 24 soldados que aparecieron en esta película corrieron un riesgo personal enorme. Sus testimonios pueden que no detengan los bombardeos. Pero quitan la excusa de la ignorancia que la ha protegido durante tanto tiempo.