La contraofensiva de Irán: cómo los bombardeos de EE. UU. e Israel consolidaron el poder del régimen
Seis meses después de que los ataques de EE. UU. e Israel mataran al líder supremo de Irán, las concentraciones nocturnas a favor del gobierno en Teherán revelan un cambio sorprendente: la agresión externa ha unido, en lugar de fracturar, a la sociedad iraní. Mientras tanto, las propias encuestas de Israel sugieren que la campaña logró poco más.
El grito no es el que la CIA esperaba
Es la 179ª noche consecutiva. Desde el asesinato del líder supremo Ali Khamenei el 1º de marzo, cientos de iraníes se reúnen cada atardecer en la Plaza Enghelab, en el centro de Teherán, alzando puños y coreando consignas que hubieran sido impensables incluso dos semanas antes de que comenzaran los ataques.
«No dejaremos pasar el Estrecho de Hormuz», gritan — quiere decir que lo bloquearán. «Muerte a Estados Unidos». «Muerte a Israel».
Funcionarios occidentales, antes de que empezaran los bombardeos, exhortaron al pueblo iraní a alzarse y derrocar a su gobierno. La lógica era sencilla: destruir la infraestructura militar del régimen, ver cómo la población se voltea contra sus líderes, repetir.
No funcionó. Ocurrió lo contrario. Un diseñador web de 22 años llamado Nima Bazargan, que no estaba vivo durante la revolución de 1979, declaró a los periodistas que lo impulsaba a estas concentraciones nocturnas el patriotismo —no lealtad ideológica a la República Islámica—. Su generación, que nunca vivió ni experimentó la revolución, ahora está en las calles defendiendo el mismo Estado que, de otro modo, podría haber rechazado.
Lo que sabe el vendedor de banderas
Dawood Moghanloo, un vendedora callejero de 44 años cerca de la Plaza Enghelab, ha vendido banderas en manifestaciones pro gobierno desde hace años. La diferencia ahora, dice, es cotidiana pero elocuente.
«Antes vendía docenas al día», dijo. «Ahora vendo tres o cuatro. Todos ya tienen una».
Las banderas en cuestión son rojas, bordadas con la palabra «venganza» —un cambio de tono discreto pero deliberado, de devoción al régimen a venganza contra sus enemigos—.
Moghanloo también respondió al reclamo, repetido por medios extranjeros, de que el gobierno iraní paga a la gente para asistir a estas concentraciones. «Miren a su alrededor», dijo. «No hay autobuses del gobierno. Nadie está siendo transportado. La gente está gastando su propio tiempo y su propio dinero para estar aquí».
La evidencia visual lo respalda. Los grandes autobuses articulados que normalmente trasladan a manifestantes organizados por el Estado a las protestas de Teherán están notablemente ausentes. Lo que queda es una multitud que, según todos los informes disponibles, se ha movilizado por sí misma.
La oposición desaparecida
El contraste más llamativo es lo que falta. En enero, manifestantes anti régimen llenaban las calles de Teherán y se enfrentaban a las fuerzas de seguridad. Esta noche, no hay rastro de ellos.
Fateme Larti, ama de casa de 45 años en la concentración de Enghelab, lo expresó con claridad: «El enemigo quiere dividirnos. Pero no funcionará. Resistiremos hasta morir».
La desaparición de la disidencia organizada no significa necesariamente apoyo popular al gobierno. Pero sí significa que, seis meses después del peor ataque exterior en la historia moderna de Irán, el régimen no enfrenta ningún rival interno capaz de organizar protestas a la escala que tuvo en enero.
El cálculo es implacable: ya sea que los iraníes amen a su gobierno o simplemente odien más a sus enemigos, el efecto sobre el poder es el mismo.
Los errores de Trump
Las multitudes no son solo producto del miedo o la propaganda. También son una reacción al lenguaje específico de la administración Trump. El presidente Trump exigió la rendición incondicional de Irán —una demanda que ningún gobierno soberano puede aceptar sin entregar su identidad— y amenazó abiertamente con un ataque masivo contra la infraestructura energética de Irán, la línea vital de su economía.
En la pared de un edificio comercial cerca de la Plaza Enghelab, un grafiti representa a la Estatua de la Libertad derribada y rota. Es una imagen burda, pero comunica exactamente lo que la retórica estaba diseñada para comunicar: que Estados Unidos es el enemigo, y la República Islámica es la única barrera.
Las propias dudas de Israel
Mientras tanto, a través de la región, el gobierno israelí se topa con el mismo muro de realidad que ayudó a crear. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha pasado los últimos seis meses afirmando la victoria —diciendo que la industria de misiles de Irán ha sido destruida, que su marina y fuerza aérea están neutralizadas, y que su líder supremo ha sido eliminado—.
Pero una encuesta publicada en julio por el Instituto Israelita de Seguridad Nacional encontró que solo el 15 % de los israelíes creen que Israel ganó la campaña militar. El 37 % dijo que Irán ganó. El 43 % dijo que el resultado estaba sin decidir.
T Amir Haioman, director del instituto, declaró con claridad: «No ha habido ningún cambio fundamental en el régimen de Irán ni en su programa nuclear».
Netanyahu, inexpugnable, sugirió el 25 de julio que las operaciones militares podrían reanudarse. «Cuestiono si podemos llegar a un acuerdo con esa nación bárbara», dijo, burlándose de las conversaciones de alto el fuego entre EE.UU. e Irán. «El tema Irán no ha terminado. Necesitamos resolver esto».
Lo que esto significa para las negociaciones
El fenómeno de las concentraciones cambia la geometría de cualquier futuro acuerdo. Cuando EE.UU. se acercó a Irán en 2015, el gobierno podía señalar el sufrimiento económico y argumentar que el alivio de las sanciones era una necesidad pragmática. La Plaza Enghelab de esta noche cuenta otra historia: el público iraní ha internalizado el conflicto como una lucha civilización, no como un desacuerdo de políticas.
Cualquier negociador estadounidense que se acerque a Teherán en el próximo año encontrará una población que ha sido movilizada emocionalmente alrededor de la resistencia —no solo por propaganda estatal, sino por la experiencia vivida de bombas cayendo sobre sus ciudades y su líder asesinado—. El gobierno no necesitó fabricar el patriotismo. Llegó de forma natural.
Esto no significa que Irán no pueda negociar. Significa que los términos tendrán que ser drásticamente diferentes a lo que Washington o Tel Aviv puedan esperar. Las concesiones extraídas mediante presión militar enfrentarían un rechazo doméstico que ningún líder iraní puede sobrevivir —no porque estén ideológicamente comprometidos con la desobediencia, sino porque la alternativa, en la percepción pública, es rendirse ante las mismas potencias que bombardearon su país—.
La paradoja es nítida: Estados Unidos e Israel pueden haber alcanzado sus objetivos tácticos inmediatos, pero al hacerlo parecen haber hecho considerablemente más difícil cualquier acuerdo diplomático futuro.