Un acuerdo Trump-Kim previo a las legislativas dejaría a Tokio y Seúl expuestos
Un antiguo negociador de Corea del Norte durante la administración Trump está discutiendo abiertamente un escenario donde Kim Jong-un y Donald Trump se reúnan antes de las elecciones de medio término, lo que cambiaría por completo la planificación defensiva de Seúl y Tokio de la noche a la mañana.
Qué está diciendo realmente Anthony Lugiato
Anthony Lugiato no es un comentarista marginal. Ejerció como director de Corea del Norte en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump, asesorando directamente sobre las cumbres de Singapur y Hanoi. Cuando aparece en PBS y afirma que Trump probablemente se reunirá con Kim Jong-un «de alguna forma» para abrir diálogo antes de las elecciones intermedias, eso no es especulación desde las afueras: es una ventana a cómo el equipo de Trump para su segundo mandato está evaluando su primer movimiento en el noreste de Asia.
El escenario que pinta es específico y peligroso para los aliados de Washington. Trump se reúne primero con Kim. Cierran un acuerdo inicial —posiblemente un acuerdo marco, quizás incluso una declaración simbólica de paz para poner fin formalmente a la guerra de Corea—. Luego, tras las elecciones intermedias de noviembre o hacia el próximo año, una segunda cumbre consolida términos más sustanciales. A cambio, Pyongyang obtiene alivio de sanciones, normalización diplomática y quizás una garantía de seguridad del régimen. El percance para Seúl y Tokio: no están en la mesa.
Lugiato también dejó entrever algo que habría sido impensable en el primer mandato de Trump. Dijo que su propia posición ha cambiado: ahora cree que Estados Unidos debería «aceptar implícitamente» la posesión nuclear de Corea del Norte y reorientar la palanca negociadora hacia temas concretos, como poner fin al apoyo de tropas norcoreanas a Rusia en Ucrania. Eso representa un abandono fundamental de la postura de desarmar primero que ha sostenido la estrategia estadounidense durante décadas. Y significa que el próximo gobierno de Trump probablemente le ofrecerá a Seúl y Tokio un acuerdo ya cerrado, no uno negociado.
Por qué esto es peor para Seúl de lo que parece
Corea del Sur es la alianza más expuesta. El artículo señala el comentario de Lugiato sobre que Trump «reduciría» los ejercicios conjuntos de las Fuerzas Estadounidenses en Corea (USFK) —algo que calificó de sorprendente solo porque Trump no lo hizo el año pasado—. En otras palabras, una suspensión completa de los ejercicios militares anuales conjuntos está sobre la mesa como un obsequio que Trump podría ofrecer a Kim. La planificación defensiva de Seúl durante los últimos cinco años se ha construido en torno a una disuasión calibrada, ejercicios de preparación conjunta y el desarrollo progresivo de sus propias capacidades de ataque para complementar a las USFK. Todo eso se vuelve redundante si los ejercicios cesan y las tropas estadounidenses rotan bajo un acuerdo bilateral entre Washington y Pyongyang.
Esto no es apalancamiento hipotético. Trump ya ha dejado entrever que quiere poner fin a la guerra de Corea con un tratado de paz en lugar de un alto el fuego. El artículo de Lugiato en The Hill describía un paquete que podría incluir una declaración formal de paz, la normalización de relaciones políticas y económicas entre Washington y Pyongyang, y el cese permanente del entrenamiento de las USFK; todo ello a cambio de límites verificables sobre los programas de misiles y nucleares norcoreanos y la retirada de tropas norcoreanas de Rusia. Esa es una concesión masiva a cambio de resultados mínimos.
El gobierno del presidente Yoon Suk Yeol ha invertidobillones expandiendo su propia red de ataques, desarrollando misiles de crucero lanzados desde submarinos y coordinándose estrechamente con las USFK. Un acuerdo previo a las elecciones intermedias que elimine el calendario de ejercicios y reposicione a las fuerzas estadounidenses borraría efectivamente años de planificación de la noche a la mañana. La señal para Corea del Norte es aún peor: la alianza que suponía contenerla está siendo desmantelada unilateralmente por su socio estadounidense.
La exposición invisible de Japón
Japón tiene un cálculo diferente pero el mismo riesgo estructural. Tokio ha estado usando la amenaza norcoreana para justificar cambios históricos en su propia postura de defensa: aumentando el gasto militar, adquiriendo capacidad de contraataque y profundizando su vínculo de seguridad con Estados Unidos. Un acuerdo Trump-Kim que reduzca o elimine el papel de las USFK cambia el panorama estratégico que Japón está intentando endurecer.
Más críticamente, Japón no aparece mencionador en el escenario de Lugiato en absoluto. La arquitectura que describe es estrictamente bilateralismo Washington-Pyongyang. Eso significa que Tokio no tiene asiento, ni garantías, ni ninguna seguridad de que el acuerdo incluya algún marco para las abductiones japonesas o el desarme nuclear. Si Estados Unidos queda satisfecho con una congelación nuclear norcoreana a cambio de alivio de sanciones y reducciones de tropas, la amenaza de misiles de largo alcance de Pyongyang hacia Japón permanece intacta.
Tokio ha estado impulsando discretamente la coordinación trilateral con Seúl y Washington sobre Corea del Norte. Un acuerdo que excluda a ambos aliados sería la mayor reprensión estratégica que Japón pudiera recibir de Washington en décadas, y obligaría a un recalibrado urgente de los planes de su industria de defensa, especialmente en materia de defensa antimisiles y capacidades submarinas.
El efecto dominó regional
Lo que Lugiato cuida más no decir es lo que ya calculan todas las capitales de la región: si Estados Unidos acepta tácitamente a Corea del Norte como Estado nuclear en un acuerdo negociado para ganancia política doméstica, el mensaje para Seúl, Tokio, Taipéi e incluso Riad y Teherán es inequívoco. Las armas nucleares son una vía válida hacia la seguridad si puedes esperar a que termine el presidente estadounidense.
El propio Lugiato señaló este riesgo, diciendo que la administración deberá asegurar que el acuerdo no se convierta en luz verde para que otros países desarrollen sus propios arsenales nucleares. Pero su confianza en que «tenemos incentivos y disuasivos suficientes para impedirlo» suena hueca en una región donde Estados Unidos retrocede de su arquitectura de seguridad desplegada y China expande su propia influencia.
La imagen general
La verdadera historia aquí no es si Trump y Kim se reunirán o no. Es que un exnegociador senior sobre Corea del Norte en el entorno de Trump está delineando públicamente una estructura de acuerdo que prioriza la política doméstica estadounidense sobre la arquitectura de seguridad de sus aliados. Los comentarios de Lugiato en PBS y su editorial en The Hill leen como un plan de política exterior. Describen exactamente cómo una administración Trump de segundo mandato podría reclamar una victoria diplomática con mínimas concesiones y máxima rapidez —yendo de forma bilateral, rodeando a los aliados y aceptando el estatus nuclear norcoreano como punto de partida en lugar de un obstáculo.
Para Seúl y Tokio, el problema es el cronograma. Las elecciones intermedias son en noviembre. Si el objetivo es un acuerdo previo a esas elecciones, el reloj ya corre. Japón y Corea del Sur no tienen el lujo de esperar a ver qué tipo de marco surge. Sus bases industriales de defensa, sus posturas de fuerza y sus alianzas estratégicas han sido calibradas para un compromiso estadounidense que ahora se discute abiertamente como negociable en un acuerdo de pasillo entre Washington y Pyongyang.
La pregunta no es si Trump y Kim se sentarán frente a una mesa. Es qué heredarán Seúl y Tokio cuando el acuerdo se firme y nunca fueron invitados.