La campaña anticorrupción de Xi es guerra política, no gobernanza
El Quinto Pleno Plenario de China gira en torno a la disciplina y la lealtad mientras Xi depura a altos mandos militares y políticos. La campaña anticorrupción es menos una limpieza del partido que una forma de mantenerlo aterrorizado.
Las purgas tienen un patrón, y el patrón apunta hacia arriba
La Comisión Militar Central de China solía tener siete miembros. Ahora solo tiene dos.
Uno es Xi Jinping. El otro es Zhang Shengmin, quien dirige la oficina de disciplina interna de la comisión. El resto ha caído: algunos bajo investigación, otros con destituciones silenciosas, otros con arrestos que llegan con ese timing teatral que los observadores de la política china ya han aprendido a esperar.
Zhang Youxia, el general más poderoso después del propio Xi, fue colocado bajo investigación en enero. El mes pasado, fue expulsado del partido. Ma Xingrui, el ex jefe del Partido Comunista en Xinjiang, siguió luego. Huang Qifan, ex alcalde de Chongqing que había sobrevivido al escándalo Bo Xilai una década antes: ese caso en el que el rival político de Xi fue condenado, esta vez fue declarado corrupto. Ya no era el superviviente.
El mensaje no es sutil. La disciplina no se está aplicando. Se está usando como arma.
Qué es realmente la Quinta Sesión Plenaria
El encuentro actual de líderes del Partido Comunista, descrito en los medios estatales como enfocado en “problemas mayores sobre el avance del gobierno integral y riguroso del partido”, es código para algo mucho más específico.
En el lenguaje político chino, “gobierno propio” significa lealtad. Significa obediencia. Significa permanecer al lado correcto de quien controla el aparato disciplinario. La plenaria, que reúne a más de 300 de los funcionarios más senior del partido, está ocurriendo porque hay un problema que no puede resolverse por mecanismos burocráticos normales.
Solo el año pasado, las autoridades disciplinarias de China abrieron investigaciones contra más de un millón de personas. Más de un centenar estaban en rango ministerial o provincial. Estas no son infracciones menores. Son personas que controlaban presupuestos, designaciones y economías regionales. Son personas que habían construido redes.
La campaña anticorrupción que Xi Jinping lanzó cuando llegó al poder en 2012 ya tiene más de una década. Su ritmo no ha disminuido. Su alcance se ha expandido. Sus blancos han llegado a instituciones que se suponía estaban fuera de límites, particularmente la militar.
El dilema de la disciplina
Kerry Brown, director del Instituto Lau de China en King’s College London, expone la lógica claramente. En la cosmovisión de Xi, la corrupción y la deslealtad política no son problemas distintos. Si eres corrupto, no eres leal. Si eres leal, no eres corrupto.
La distinción importa porque explica por qué la campaña nunca termina.
Neil Thomas, investigador senior de la Sociedad Asia, argumenta que la corrupción en el sistema chino es “una característica, no un bug”: un problema estructural inherente a gobernar 1.400 millones de personas a través de una burocracia autoritaria extensa. Pero la solución no es reforma estructural. Es vigilancia permanente. Es la amenaza constante de que cualquier funcionario, en cualquier momento, pueda ser investigado.
“Xi ha hecho que el partido sea menos corrupto y ha fortalecido su控制,” dijo Thomas. “Pero sabe que castigos más duros no pueden resolver completamente el problema de los funcionarios que ponen sus propios intereses por encima del partido.”
La respuesta, entonces, es seguir apretando. Hacer de la anticorrupción un método permanente de gobernar sin un punto obvio en el que el trabajo se declare terminado.
Esto no es gobernar en ningún sentido convencional. Es control a través de vigilancia perpetua.
El XXI Congreso del Partido se acerca
El timing lo es todo en la política china. La Quinta Sesión Plenaria es significativa no solo por lo que dice, sino por cuándo ocurre.
Es casi con toda seguridad la última reunión sustantiva del Comité Central antes del XX Congreso del Partido del próximo año. Ese evento elegirá un nuevo Comité Central. También consagrará a Xi Jinping para un cuarto mandato como jefe del Partido Comunista: un resultado que es casi seguro, pero que aún requiere la representación del consenso.
Entre ahora y entonces, cualquier figura que pueda desafiar ese consenso, o cuya existencia lo complique, necesita ser manejada. Las purgas cumplen esta función.
La caída de Zhang Youxia es especialmente notable. Como segundo al mando del aparato militar, representaba un centro de poder institucional que existía independientemente de Xi. Removerlo envía una señal clara: ninguna rama del partido-estado opera fuera del control de Xi.
El caso de Huang Qifan profundiza más. Había sobrevivido al escándalo Bo Xilai: un escándalo en el que el rival de Xi fue condenado y enviado a prisión de por vida. Huang estaba conectado a esos eventos. Era testigo, confidente, un hombre que sabía cosas. Por más de una década, permaneció en el sistema. Ahora se fue.
La lección es clara: nadie está a salvo. Ninguna red es permanente.
Qué significa esto para los observadores globales
Algunos analistas interpretan estas purgas como evidencia de inestabilidad en el régimen chino. El lenguaje que usan —“mostrando señales de fracturosidad,” “divisiones internas”— sugiere un sistema bajo estrés.
Pero Xi probablemente no lo ve así. En su marco, las investigaciones de corrupción demuestran quién está al mando. Son, como dice Brown, “la herramienta más fácil y natural con la que imponer unidad y disciplina.”
La pregunta es si este enfoque es sostenible. Una campaña que nunca termina requiere movilización constante. Exige que los funcionarios permanezcan perpetuamente ansiosos. Crea un sistema donde el ascenso depende no de la competencia o el desempeño, sino de la lealtad y la supervivencia.
Eso tiene consecuencias para la gobernanza. Funcionarios que tienen miedo no toman riesgos. No innovan. No resuelven problemas: evitan tomar decisiones que podrían ser interpretadas después como evidencia de deslealtad o incompetencia.
Esta es la paradoja del impulso anticorrupción de Xi: ha fortalecido su autoridad personal mientras potencialmente debilita la capacidad del estado para gobernar efectivamente.
La implicación más profunda
Xi Jinping ha advertido que el partido podría “perder su estatus de gobierno y ser inevitavelmente eliminado por la historia” si no pone orden en casa. Ha calificado esto de “nunca una exageración.”
La lógica de esa advertencia es que el partido debe mantenerse en un estado de preparación permanente. No reforma. No modernización. Preparación. El enemigo está siempre en la puerta —ya sean potencias extranjeras, disenso interno, o funcionarios que han perdido su camino.
La Quinta Sesión Plenaria no trata de resolver la corrupción. Trata de reforzar la premisa de que la corrupción es una amenaza permanente, y que solo Xi puede manejarla.
Las purgas no son patología. Son política.
Y el próximo capítulo se desarrollará en el XXI Congreso del Partido, donde la pregunta no será si Xi permanece en el poder, sino qué tipo de sistema deja atrás: uno gobernado por reglas, o uno dominado por el miedo.